Sin pedir permiso

Por Ariana González

Cuando decidí participar activamente en la política, el primer consejo que recibí de un amigo fue:

Debes saber que como eres mujer, no podrás relacionarte sentimentalmente con ningún hombre de tu organización porque todo tu trabajo se lo atribuirán a esa relación y no a tu esfuerzo.

Esta frase me marcó porque, ¿cómo es que una mujer se tiene que negar a ciertas cosas en el ámbito personal por haber escogido hacer política?

Ciertamente para las mujeres es más difícil todo porque nuestro sistema está hecho por y para hombres. Ese consejo fue la primera vez que identifiqué un tipo de discriminación en el terreno político, y a medida que fui conociendo la dinámica y conviviendo con mis compañeros de partido, hice una lista mental de elementos ligados a mi género que podrían afectar mi desarrollo en este mundo.

Los partidos políticos en general se dividen en tres niveles: local, regional y nacional. No es que un nivel sea más importante que otro, solo que inciden en diferentes escalas. La participación de la mujer en política puede ser vista principalmente en la base.

La mayoría de los dirigentes locales en Latinoamérica son mujeres. Se dedican a organizar cuanta actividad se les ocurre, forman parte de la discusión política de sus equipos, buscan soluciones a los problemas de su comunidad, son aguerridas y están motivadas al logro por sobre todas las cosas. Esto probablemente se deba a que la figura de la mujer generalmente está relacionada con la de la madre.

Las madres siempre se preocupan porque sus hijos estén bien y tengan espacios de recreación cerca de su casa, porque la policía local resguarde su seguridad y porque el centro de salud más próximo esté bien dotado ante cualquier caída indeseada.

Cuando observamos el nivel medio (regional), podemos apreciar la disminución de la participación femenina en estos espacios. Surge la curiosa situación donde la figura de la mujer representa cargos más operativos y no tan políticos debido a que “somos buenas para ellos porque somos muy organizadas”, lo que nos va alejando de la toma de decisiones políticas sin notarlo demasiado.

Si esto es así a nivel regional, imagínense en el nacional. ¿Cuántos nombres de mujeres conocen que tengan cargos políticos —obtenidos por voto popular o nombramientos— de incidencia nacional? Seguramente menos que los que conocen de hombres.

Para que una mujer llegue a un cargo de incidencia nacional, tiene que superar todo el sistema establecido: debe demostrar sus capacidades, hacer alianzas con sus pares y trabajar el doble que cualquiera para ser “la indiscutible candidata”, lo cual es como la base de la cúspide de la pirámide. Luego de eso, aún queda camino, pero lograste lo más difícil.

Por mi parte fui haciendo el ejercicio de hablar de este tema con mujeres de todas las edades que participan en política y juntas llegamos a la misma conclusión: el  machismo en el mundo político es real. Suceden cosas como estar en una reunión donde escuchas atentamente a la mayoría de los participantes, que son hombres, pero cuando es tu turno de decir algo, estos hablan encima de ti, toman el celular o el tiempo de la reunión mágicamente comienza a correr más rápido y hay que terminar. También pasa que la mujer es quien lleva la minuta de la reunión y queda encargada de temas operativos como coordinar la logística de una actividad. En otros casos, cuando necesitan que alguien se encargue de algún tema político, pueden pensar hasta en el personal administrativo masculino antes de considerar a una mujer para el trabajo.

Todo esto nos discrimina de alguna manera; sin embargo, no llegas a esa conclusión fácilmente. Primero piensas que quizás le caes mal a alguien —que pasa—, que la persona que coordina una actividad no te tiene “en el radar” y debes buscar la manera de comunicar mejor tus fortalezas, o que llegaste tarde a la reunión donde se discutió qué haría cada quien, pero la verdad es que no te convocaron a tiempo.

Una vez otro amigo me dijo:

Ariana, en política nadie te abre la puerta. Tienes que tumbarla con una mandarria.

Y ahí desperté.  

A medida que iba adquiriendo más experiencia en este terreno, perdía el miedo a aspirar. Desde mis comienzos, apoyé siempre a líderes con los que me identificaba y ayudaba en todo lo que podía o necesitaban que hiciera, pero no fue sino hasta 5 años después que me confronté a mí misma y me di cuenta de que, si bien es cierto que debemos protegernos entre todos, también tenía que trabajar para abrirme mi propio espacio.

Es curioso que América Latina sea la única región del mundo que ha tenido seis presidentas y seamos el segundo territorio con mayor representación parlamentaria femenina, pero que no logremos garantizar la igualdad de género en nuestros países o que nuestra legislación aún juegue en contra de nuestro desarrollo.

Hace poco vimos el ejemplo de Alabama, donde se aprobó la ley contra el aborto. Rápidamente se viralizó una imagen que decía: “Los hombres no deberían hacer leyes sobre los cuerpos de las mujeres”. Y es verdad, es cierto. Por eso y muchas otras cosas más las mujeres luchamos por la igualdad de género en este mundo. Necesitamos políticas públicas que realmente garanticen nuestro desarrollo, que acompañen a las madres jóvenes solteras a culminar sus estudios y tener un trabajo estable, y que también impulsen a las que son profesionales y no buscan construir una familia.

Para lograr cambiar las cosas que aspiro, entendí que es necesario y fundamental construir un equipo. Su crecimiento significa el mío propio y por eso trabajo todos los días disciplinadamente para mantenerlo fuerte, sano y libre de sombras que puedan perjudicar nuestro desarrollo. Comprendí que los integrantes de mi equipo son un reflejo de lo que soy como líder y que el trabajo nunca termina. Tener gente que te cubra las espaldas, que te aconseje y que te guíe siempre será necesario. La mayoría de las personas que integran mi equipo son mujeres. Mujeres que superan los cincuenta años de edad y que trabajan duro para que progresemos tanto a nivel interno en nuestro partido como en otros factores.

Algunos de nuestros detractores usan elementos como mi edad y mi género para desprestigiarme frente a la comunidad o frente a miembros de mi propio equipo. Cada vez que algo así sucede, nos defendemos desmontando esos argumentos tontos verbalmente, siempre apoyándonos en nuestro trabajo.

Mi equipo de hombres y mujeres no dejará de apoyarme porque sea una mujer de treinta años que podría, incluso, ser hija de cualquiera de ellos. De la misma manera, yo tampoco dejaré de proteger a los más jóvenes cuando se les ataque por razones similares. Todos tenemos voz y voto, y valemos lo mismo. Esa ha sido la clave para superar cada obstáculo.

Al comienzo les comenté la primera recomendación que me dieron cuando elegí el camino político. No solo hice caso omiso a eso, sino que ahora me comprometí con un dirigente nacional y lidero mi partido a nivel local sin ningún tipo de complejo.

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