el clóset de Hollywood

Los rumores sobre la sexualidad de Taylor Swift y el clóset en Hollywood

En una entrevista reciente para la revista Net-A-Porter, la actriz y modelo Cara Delevigne confesó haber sido obligada por el productor Harvey Weinstein a besar frente a él a otra mujer; anteriormente al hecho, el empresario, ahora acusado de varios casos de acoso sexual y violación, solía preguntarle con qué mujer famosa se había acostado e incluso llegó a recomendarle buscarse un novio para ocultar su sexualidad puesto que de no ser así, le sería muy difícil conseguir papeles como actriz en Hollywood.

Días antes, en una entrevista para Harper’s Bazaar, Kristen Stewart aseguró que personas de poder en la industria le habían aconsejado que no hiciera demostraciones públicas de afecto hacia su novia, puesto que no obtendría ninguna película de Marvel jamás. No obstante, según señala en esa misma entrevista, es justamente su sexualidad lo que actualmente le está abriendo puertas en Hollywood. 

Salir de ese clóset de cristal tanto para Delevingne como para Stewart ha sido beneficioso, pero, ¿eso significa que el conservadurismo en la industria cultural estadounidense se ha desvanecido por completo? ¿Existen figuras públicas en el clóset, aún hoy, cuando el mundo parece estar mucho más abierto a la diversidad que hace diez años? Si bien se trata de un proceso que poco a poco ha destapado el espectro de artistas y figuras públicas hacia la aceptación de su individualidad, los rumores, la curiosidad del público y la fantasía oculta dentro de la comunidad LGBTQ+ de que su celebridad favorita pertenezca a este grupo, mantienen las sospechas de que aún existe un clóset en Hollywood.

De pronto un caso que agrupa esas tres condiciones y que sin duda ha persistido por años, para sorpresa de muchos o de pocos, es el de los rumores en torno a la sexualidad de la cantante Taylor Swift. Se supone que la intérprete de Blank Space ha tenido al menos ocho relaciones de alto perfil con hombres famosos, entre ellos Jake Gyllenhaal, Taylor Lautner, Harry Styles y Calvin Harris, pero, ¿puede ser que una de las cantantes pop que más se ha beneficiado de sus dramas amorosos heterosexuales posiblemente sea lesbiana o bisexual? Un grupo de fanáticos de la artista se ha dedicado por años a desglosar la ristra de evidencias que prueban que esta posibilidad es real y que por lo tanto existe un clóset que prevalece en la industria cultural estadounidense. Las pruebas que respaldan estas afirmaciones están recopiladas en blogs de Tumblr y videos de YouTube; si buscamos por las palabras #gaylor, #kaylor —Karlie Kloss y Taylor Swift— o #swiftgron —Dianna Agron y Taylor Swift—, podremos tener una idea de la magnitud de las teorías. 

El ruido que ha hecho este grupo de fanáticos ha despertado el interés de medios mainstream como Vice, Vulture o Buzzfeed, que han reseñado la presencia de estas teorías conspirativas y la fascinación que este tema ha producido en Internet. El asunto aquí no es debatir ni demostrar que Taylor Swift es esto o aquello, sino más bien tratar de entender cómo todavía hoy existe interés por la sexualidad de las figuras públicas y cómo la industria muestra señales de conservadurismo y anquilosamiento, avivando estos rumores y demostrando la existencia de un clóset o de un código moral que favorece la heteronormatividad por encima de la diferencia. 

Cuando la cantante de música country Chely Wright salió del clóset en el 2010, convirtiéndose en la primera músico del género en declarar su homosexualidad públicamente, declaró que la industria del entretenimiento en Estados Unidos suele operar como una maquinaria que controla y oculta la diversidad, que destruye carreras y niega derechos fundamentales como tener una vida romántica y sexual normal sin que esconderse sea una obligación. Señaló que existe un efecto licuadora que toma lo necesario y expulsa del medio lo anómalo, la opción más arriesgada y menos digerible para el público.

Esta maquinaria que censura y controla la diferencia para promover una imagen “normal” de la industria cultural tuvo sus orígenes en julio de 1934, cuando “los representantes de la Iglesia católica declararon que los ‘comerciantes de estiércol’ de Hollywood habían estado destruyendo el tejido moral de los estadounidenses”, resquebrajando los principios de la decencia católica, como señala el historiador Gregory D. Black en su artículo Hollywood Censored, publicado en la revista Film History. En menos de un año, la Iglesia logró congregar a los máximos representantes de otras religiones para hacer un llamado a la feligresía a no ver esas “inmorales” películas. 

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Con la depresión económica amenazando la estabilidad financiera de la naciente industria cinematográfica, empresarios como Will Hays, presidente de la Motion Picture Producers and Distributors of America (MPPDA), aceptaron las condiciones exigidas por la Iglesia, creando un departamento dentro de ese mismo organismo que se encargaría de la censura y el control de los contenidos en las películas. La PCA (Production Code Administration) se encargaría de hacer cumplir el exigente código redactado por los mismos clérigos, controlando así todos los aspectos morales dentro de la industria cinematográfica, lo cual incluía que los actores firmaran cláusulas específicas para cumplir con dicho código, el cual evidentemente involucraba temas sobre sexualidad y vida conyugal. Igualmente, antes de iniciar la producción de una película el guion debía ser revisado por miembros de la Iglesia y si el resultado final era calificado por estos como inmoral, pues rápidamente las productoras estaban obligadas a retirar el filme de circulación, explica Black. 

De este modo, Hollywood poco a poco fue cimentándose no solo como la industria de entretenimiento que es hoy, sino como una fantasía lucrativa, glamurosa y fabricante de sueños en la que la heteronormatividad regulada por el estricto código moral controlado por la Iglesia debía cumplirse, al menos ante los ojos del público. Según David Ehrenstein, autor de Open Secret: Gay Hollywood 1928-1998, aunque esta fantasía sea la que predomine ante el grueso de los fanáticos, la forma en que se comenzó a elucubrar acerca de la verdadera sexualidad de los actores y músicos de la industria tiene su raíz en ese Hollywood conservador y glamuroso. Rumores sobre la sexualidad de Marlene Dietrich, Cary Grant, Montgomery Clift y Marilyn Monroe comenzaron a correr por las calles de Los Ángeles, a pesar de los matrimonios y de la imagen innegablemente heterosexual de estas celebridades. Irónicamente, como asegura el autor, fueron actores homosexuales y bisexuales los que contribuyeron a definir la imagen heteronormada de los Estados Unidos. 

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Los romances entre Greta Garbo y Marlene Dietrich, entre Marilyn Monroe y Joan Crawford, la relación de Anthony Perkins con el bailarín ruso Rudolf Nureyev, la de Cary Grant con Randolph Scott, la fascinación de James Dean con el sadomasoquismo, los sonados encuentros de Marlon Brando con jóvenes de ambos sexos y el matrimonio arreglado o “matrimonio lavanda” entre Katharine Hepburn y Spencer Tracy —los dos homosexuales— conformaron lo que se conoce como el clóset de cristal: secretos abiertos que todos en la industria conocían, pero que permanecían completamente ocultos para el público espectador. Muchos de estos romances fueron confirmados décadas después de las muertes de las celebridades, como explica Diana McLellan en su libro The Girls: Sappho Goes to Hollywood.

Quizá el momento más difícil para los actores y músicos en el clóset de Hollywood fue el macartismo. Instaurado en los primeros años de la guerra fría durante la presidencia de Eisenhower, el macartismo fue el período en que el conservadurismo y la persecución a homosexuales —considerados aliados del comunismo— harían más hermético el clóset en la industria cultural, generando una imagen heteronormada de gran arraigo en la sociedad estadounidense como símbolo del American way of life, ideología que el gobierno buscaba propagar en el mundo como antítesis del comunismo. Las listas negras y los juicios a personajes puestos bajo sospecha de traición a la patria por ser homosexuales crearon un clima de paranoia que promovió estrategias de matrimonios arreglados por las mismas compañías productoras y la cristalización de la heteronormatividad en Hollywood como regla general. 

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Así, el principio conservador tan arraigado en Hollywood ha anquilosado a toda una industria cultural, organizada en una maquinaria de relaciones públicas y mercadeo que busca al actor o al músico menos problemático posible, al más fácil de vender, al más digerible, al que despierte menos controversia no deseada. Por esta razón, el consejo predominante para los artistas LGBTQ+ por parte de los empresarios de la industrias ha sido el de ocultar su verdadera orientación para poder mercadear determinado tipo de imagen y vender una fantasía específica. Actualmente, con la proliferación de iniciativas independientes y la emergencia de un público más activista que exige representación, ese clóset de cristal ha empezado a romperse. 

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No importa que los tabloides presenten todavía a dos mujeres besándose como “buenas amigas” o que ciertos actores y músicos aún no se sientan con la suficiente seguridad para salir del clóset, puesto que estamos viviendo épocas transformadoras en las que famosos de alto perfil como Taylor Swift o Lady Gaga defienden abiertamente el respeto a la diferencia y el reconocimiento de los derechos de los miembros LGBTQ+, sea porque pertenezcan a la comunidad o no, y eso es importante para la visibilidad y para la propia metamorfosis de una industria cultural tan dominante e importante como la estadounidense.

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