Es hora de cancelar la cultura de cancelación

Chris Brown. Kevin Spacey. Aziz Ansari. J Balvin. Domenico Dolce y Stefano Gabbana. Taylor Swift. Todos estos nombres les pertenecen a personas que en algún punto de sus carreras fueron canceladas ya fuese por arremeter físicamente en contra de sus parejas o por haber sido grabadas teniendo una conversación telefónica con Kanye West. Dicho así, podría sonar hasta absurdo el hecho de que ambas acciones sean condenadas de igual forma y metidas en un mismo saco. Sin embargo, la cultura de cancelación no tiene grados.

La cultura de cancelación —también conocida por su nombre en inglés, cancel culture— es definida como un fenómeno que se basa en “cancelar” o dejar de apoyar moral, financiera o digitalmente a personas —usualmente celebridades—, eventos, películas, series de televisión, obras de arte o cualquier cosa que pueda ser calificada como “problemática”. En otras palabras, es un “boicoteo cultural”, según afirma Lisa Nakamura, profesora de la Universidad de Michigan.

La tecnología ha hecho más fácil el acceso a la información, de alguna manera somos partícipes de los sucesos de la actualidad. Involucrarnos en los hechos nos da una sensación de poder que abarca, entre otras cosas, la posibilidad de juzgar a otros y la responsabilidad de condenar sus acciones. Si a nuestros oídos llega la noticia de que Chris Brown tiene múltiples acusaciones de abuso sexual y doméstico que abarcan una década entera, la gran mayoría de las personas sensatas se sentirán comprometidas a dejar de escuchar su música con el fin de minimizar su relevancia e influencia en la cultura pop. Hasta ahora, no parece haber nada malo en eso; no obstante, ¿qué sucede cuando ese mismo castigo se le otorga a Taylor Swift por haber mentido acerca del conocimiento que poseía de la mención que hace Kanye West a ella en su canción Famous?

Uno de los grandes problemas con la cultura de cancelación es que reduce la lupa con la que se pretende examinar las situaciones a un sistema binario: inocente-culpable, bien-mal o —en la jerga 2.0— woke-problemático. Esta última clasificación implica que aquellos que hayan cometido algún error a lo largo de su carrera, sin importar la gravedad de este, son incapaces de convertirse en personas conscientes o woke, como se les dice coloquialmente en el mundo digital. Dado que no todos los que fueron cancelados alguna vez tienen una década de acusaciones en su contra, este no siempre es el caso. Sin embargo, el internet nos ha dado herramientas que nos hacen sentir como justicieros que deben responsabilizarse de castigar a quienes puedan ser catalogados como problemáticos.

Por esta razón, el término social justice warrior (SJW) —en español, guerrero de la justicia social— ha adquirido una connotación peyorativa. Hoy en día, las personas no solo resaltan las acciones erradas de otros y las condenan, sino que este es un acto que disfrutan ejecutar. Los SJW son mal vistos precisamente porque sus puntos de vista progresistas sirven un cometido y este no siempre es el de generar conciencia y hacer el bien, sino el de causar controversia y buscar la validación personal. En un podcast perteneciente a la serie Invisibilia de NPR, se relata la historia de un hombre llamado Herbert, el cual denunció a Emily, la líder de una banda punk, por algo que había hecho hacía una década: haber comentado, en forma de burla, un emoji en una foto en la que aparecía una de sus compañeras de la secundaria desnuda. Posteriormente, Emily fue sacada de la agrupación musical a la que pertenecía, sus amigos la abandonaron y se le prohibió la entrada a la escena punk. Cuando se le preguntó a Herbert si se arrepentía de sus acciones tras observar las repercusiones de las mismas, este respondió: “No, no me importa. No me importa porque obviamente es algo que se merecía. Literalmente no me importa lo que le pase luego de esto. No me importa si está viva o muerta, lo que sea” e incluso llegó a comparar la sensación de placer que le generaba la infelicidad de Emily con un orgasmo.

Este tipo de comportamiento no solo es preocupante, sino que deja entrever que hay un problema mucho más grande que trasciende el simple hecho de acusar a X o Y de haber hecho esto o aquello. “La vergüenza es un producto y la humillación pública, una industria”, afirmó Monica Lewinsky durante la TED Talk que dio en el 2015 titulada El precio de la vergüenza. La protagonista del escándalo sexual más famoso de nuestros tiempos se llama a sí misma la “paciente cero” de la humillación digital, puesto que antes de este suceso, las noticias podían ser consumidas únicamente de tres maneras: leyendo el periódico, viendo la televisión y escuchando la radio. El destino de esta joven de 24 años, sin embargo, fue otro en 1998. Lewinsky tuvo que enfrentarse a la furia del internet, ya que el escándalo fue revelado por esta vía, la cual se usaba por primera vez para compartir un hecho noticioso de semejante magnitud. En la actualidad, con 21 años más, la ahora activista asegura que hay quienes se benefician económicamente de estas acusaciones que dañan la reputación de otros casi de forma inmediata. Así como su rostro fue puesto en millones de medios internacionales para aumentar los ingresos de los mismos, hoy en día los clics que este tipo de historias reciben también se traducen en dinero. Salvatore Scibona del New York Times concuerda con esto y llama “la revolución industrial de la vergüenza” a este monstruo frente al cual nos encontramos.

Desde 1998 han pasado muchas cosas: se destruyeron las torres gemelas, se descubrió el origen del sida, Saddam Hussein fue capturado y ejecutado, Estados Unidos tuvo su primer presidente de color y Steve Jobs murió de cáncer. Aun así, el escrutinio al cual se somete a incontables figuras públicas con el fin de dañar su reputación no se ha ido a ninguna parte; al contrario, ha evolucionado. Con el surgimiento de las redes sociales, la opinión de quienes consumen noticias o, realmente, de cualquiera con acceso a una cuenta de Instagram, Twitter o Facebook tiene un impacto más grande del que alguna vez se pudo haber pensado. A su vez, con este impacto vienen la autoridad y el poder de los usuarios del internet, aquellos dueños de la verdad y la justicia, partícipes de la llamada cultura de cancelación.

El nacimiento de la cultura de cancelación podría fácilmente vincularse con la paciente cero previamente mencionada. Para el momento en el que ocurrió el escándalo Clinton-Lewinsky, la generación más joven del planeta era la de los millennials y como suele ser el caso, mientras menor sea nuestra edad, más impresionables somos. Los millennials mayores tenían apenas 17 cuando este suceso salió a la luz mientras que, dependiendo del año que se tome en consideración a la hora de delimitar el final de la también llamada Gen Y, una gran parte del resto de la generación ni siquiera había nacido. Incluso quienes aún no tenían edad para entender del todo las implicaciones de un hecho como este podían impactarse fácilmente al observar lo notablemente alarmados que estaban los adultos de la época. Fue un acontecimiento que sentó precedentes para lo que hoy en día nos parece casi rutinario. Bret Easton Ellis, autor de libros como American Psycho y Less Than Zero, se preguntó: “¿Qué es la cultura millennial? No escriben. No les importa la literatura. Ninguno lee libros. La única cultura que tienen es la cultura de cancelación”. Está de más decir que dadas estas declaraciones, Ellis también fue cancelado.

Seguro, algunos escriben, aprecian el arte y la literatura, pero eso no es algo por lo que nuestra generación se defina. Más bien, y muy lamentablemente, es la cultura de cancelación una de las cosas que predominan en nuestro ADN. El lado positivo de esto —porque, a pesar de todo, lo tiene— es que demuestra que los millennials nos preocupamos por lo que sucede en nuestro entorno y la intención de luchar en contra de las injusticias existe, está allí. El feminismo, los derechos civiles y el multiculturalismo son causas que la mayoría de nosotros está dispuesta a defender fervientemente. De hecho, en un estudio realizado por Cathy J. Cohen, Matthew Fowler, Vladimir E. Medenica y Jon C. Rogowski en el 2017, los millennials son llamados “la generación woke”. Somos conscientes e intentamos hacer que aquellos a nuestro alrededor también lo sean. Es en esta última parte, sin embargo, donde podemos apreciar los primeros vestigios del inconveniente central. Ninguno de nosotros tiene la potestad de decirle a los demás cómo tienen que actuar, qué tienen que pensar y a quién pueden apoyar. Mucho menos somos dueños de un poder que nos permita cancelar a todo aquel cuyo comportamiento no se corresponda con nuestros valores. Hay límites y debemos conocerlos.

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