Siete libros que han modelado mi pensamiento político

Siete libros que han modelado mi pensamiento político

Estudiar Letras, a veces, puede causarte daño cerebral. Es una metáfora, pero tras leer tantas visiones de tantos objetos culturales en tantas edades tan disímiles, los huecos en la cabeza duelen. Las varias maneras de pintar el mundo suelen llevar al cinismo, a desconfiar de las formas tras entenderlas como verdades impuestas o manipulaciones de unos poquitos a las masas. Al menos tal cinismo caracteriza a muchos de mis compañeros de clase.

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Pero tras contrastar las lecturas con las experiencias propias –en mi caso, la Venezuela del s. xxi–, no resulta tan complicado descartar algunas y priorizar otras. Cuando lo más ruin del día a día permite ver las costuras de ciertos libros, uno puede divisar con mayor claridad cuál es su camino. Estos siete textos, entre los cuales aprovecharé el espacio para comentar otros, han sido mis peldaños en materia política:

‘La decadencia de occidente’ de Oswald Spengler

Creo que como los libros de Friedrich Nietzsche, este ensayo se ha asociado incorrectamente a una Alemania poco admirable. Es sencillo: la noción de que hay diferentes culturas con sus series de verdades contra una noción lineal de la historia, el vínculo de la raza al alma y no a la sangre, el pesimismo sobre el hombre moderno, nada tienen que ver con el movimiento nazi. El escrito de Spengler es una mina de oro de conocimiento, si entendemos el conocimiento como Sócrates, si lo basamos en las preguntas y no en las respuestas. Según Spengler, el hombre de Occidente, entonces cultura dominante, tiene una condición fáustica: su ambición imparable, sus ganas de expandir el conocimiento y sus tecnologías, lo condena a la decepción. El alemán insiste que la cultura occidental estaba en su declive, ¿será Internet una herramienta que de paso a otra cultura, o será nuestra última estocada?

Un libro que puede leerse a la par de La decadencia de occidente es Ariel, de José Enrique Rodó. Ambos pensadores temían que los objetos tuviesen mayor prioridad que las personas –cosa que en Venezuela vivimos a partir de tanta hambre y tanto deseo insatisfecho. Para el uruguayo, la educación y la conformación de una identidad que tomasen a Europa como norte, eran pasos necesarios para ejercer una verdadera democracia. Si no, el materialismo consumirá nuestras decisiones y nuestro intelecto. Como Spengler, Rodó veía su continente en decadencia, pero también veía la posibilidad de un futuro. 

‘La sociedad del espectáculo’ de Guy Debord

Lo que hoy llaman posverdad o fake news, lo previó el fundador de la Situacionista Internacional en este clásico. Las imágenes y las representaciones que han proliferado desde el nacimiento de los mass media, ahora modelan la realidad y dirigen el curso de las cosas. Son espectáculo, pues no dan el mundo a conocer como tal, sino que entretienen y persuaden a ver el mundo de tal o cual manera.

Si hacemos una lectura comparada, en Realismo capitalista de Mark Fisher y Psicopolítica de Byung-Chul Han podemos entender modos en que el espectáculo actúa en la contemporaneidad. En el primero, se explayan distintos escenarios en que se es “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo;” en el segundo, se divisa cómo se ejerce la dominación y cómo se da el sentido en una era sobre todo virtual. Estos textos nos dejan muy claro que no hay imparcialidad detrás de cualquier noticia o vídeo de YouTube.

‘Por qué no soy bolivariano’ de Manuel Caballero

El tono polémico de Manuel Caballero ha inspirado mi escritura desde que lo leí por primera vez. Su obra ocupa un lugar muy importante en mi corazón: a través de un tío muy querido, Caballero fue mi puerta de entrada a la Historia de Venezuela. Este libro, en particular, me brindó muchas luces. De mano de ciertas tesis de Germán Carrera Damas y Luis Castro Leiva, el historiador desmonta el mito de nuestro –a mi parecer, detestable– dios: Simón Bolívar. El caudillismo, el mesianismo y el militarismo que tanto nos limitan, son consecuencia de la glorificación del prócer.

Otro libro importante para mi concepción del país y del poder dentro de sus fronteras, es El Estado mágico de Fernando Coronil. Los cuarenta años de la democracia tuvieron demasiados vicios, todos exagerados en estas últimas décadas. ¿El origen de los vicios?, el poder casi absoluto que otorga el petróleo a un Estado centralizado. Ningún tiempo por pasado fue mejor. Solo podemos mirar hacia delante si sabemos qué nos llevó al abismo.

‘Contra el tiempo’ de Luciano Concheiro

El autor de este libro no llega a los treinta años, ahora cursa sus estudios de posgrado en Harvard. Su precocidad, creo, tiene mucho que ver con cómo describe nuestros tiempos: sumamente veloces acelerados y ansiosos. El consumo desaforado y la facilidad de acceder a todo de tipo de información, sea coherente o no, han eliminado la concepción de un futuro. El Xanax y la revuelta han sustituido la paciencia y la revolución. La depresión está a la vuelta de la esquina.

Son de un tono más militante, pero creo que podemos ligar las digresiones sobre la aceleración del mexicano con las tesis compiladas en #Accelerate: The Accelerationist Reader. Esta movida, que parte de blogueros ingleses, asegura que para arribar a una sociedad post-capitalista, más igualitaria, no queda sino acelerar el capitalismo. Pretender lucharlo desde cuestiones de identidad no lo subvierte, más bien amplía su mercado. Quién sabe: alguna vez un amigo canadiense me comentó que con Airbnb, Netflix y Spotify, iniciativas imposibles sin un mercado particularmente libre, ya nadie es dueño de nada. El ejemplo es radical, pero el presente nos abruma, y la posibilidad de imaginar algo que rompa con sus cimientos también. 

‘El género en disputa’ de Judith Butler

Creo que este tratado sobre la identidad de género es una excelente introducción al feminismo. El recuento que hace Butler sobre las ideas de Simone de Beauvoir, Luce Irigaray y Monique Wittig es bastante preciso. No soy muy fan de que el Estado asigne cuáles identidades son válidas y cuáles no en nuestros tiempos, cosa por la que abogan muchos de sus seguidores, pero me fascina lo que la profesora de UCLA define como performativity. Parodiando las verdades y costumbres de unos pocos, podemos dar cuenta de su artificialidad; es repitiéndolas que damos pie a verdades absolutas cuando necesariamente no las hay –como lo es, por ejemplo, pensar que las mujeres no se sientan de cierta manera o que una familia de dos padres sea perjudicial para un hijo. 

‘La razón populista’ de Ernesto Laclau

Hay un mal entendimiento del populismo en este país. Usualmente, se confunde con clientelismo y demagogia, comprar votos y hacer promesas imposibles. Laclau nos explica que no, que el populismo es una táctica que agrupa variedad de demandas democráticas –exigencias de quienes no han sido favorecidos por el sistema– alrededor de un significante vacío –que puede ser un candidato presidencial, como Donald Trump, así como una reforma política, como el Referéndum Revocatorio– en aras de alterar radicalmente el statu quo. El populismo no es necesariamente malo, casi todo partido o movimiento político lo emplea para ganar relevancia y hacer frente a un establishment. El problema está cuando las promesas que conlleva son irreales, o cuando se afirma que serán alcanzadas en un plazo imposible.

Para aquellos que buscan estrategias en el libro de Laclau, tal vez este les resulte un tanto académico. Creo, no obstante, que Saul Alinsky replica mucho de La razón populista en su Tratado para radicales con otras palabras. Vale la pena revisar ambos para entender que la política va más allá de lo posible.

‘Los desposeídos’ de Ursula K. LeGuin 

Tanto en el alt-right como en Antifa, movimientos radicales de los Estados Unidos, se habla de estar woke cuando uno ve más allá de las ficciones de la sociedadlo políticamente correcto, la moral de la casa o la iglesia, etc.– y entiende las injusticias fundamentales de su entorno. Esta novela, que plantea dos sociedades hipotéticas, una anarquista y otra profundamente corporativista, me hizo dudar de las estructuras fundamentales del mundo en que habito. No hay formas de gobierno perfectas ni dadas por la naturaleza, pero definitivamente, hay unas que convencen más que otras. A veces toca empezar por la ficción para entender cuán ficticias pueden ser las afirmaciones de ciertos tíos, de algunos profesores de bachillerato, de los canales de tv del Estado. 

Algunos que se creen radicales me acusarán de fascista, castrocomunista o feminazi acorde al título en mi lista que más los perturbe. Creo que es bien claro que si hay alguien que piense que uno puede ejercer su subjetividad y capacidad interpretativa; si hay alguien que piense que todo lo que lee uno, inmediatamente lo convence, esa persona es un tanto imbécil. Creo, también, que engavetarse en etiquetas como izquierda y derecha resulta muy engañoso el día de hoy. Digamos que lo fundamental que he concluido de esta lista, es:

  1. La competencia es necesaria para que cada quien explote sus talentos. No todos podemos sacar 20 en un examen de Cálculo II; no todos podemos ganar la medalla de oro en una carrera olímpica. Si hay mejores y peores en cada área, apuntar a una igualdad a ciegas limitará nuestra capacidad de notar quién puede aprovechar su talento para qué y la de cada persona de ser, de cierto modo, feliz.
  2. Para que la competencia sea justa, hemos de procurar que quienes estén fuera de juego, participen. Jamás sabremos quiénes serán los mejores en algo si las fuerzas de algunos son generalmente ignoradas. Así pues, deberíamos fomentar la inclusión del marginado (sea por clase, raza, género, etc.) a través de su participación activa en lo social (y por ende, cultural y económico), sin cercenar las facultades de los aptos.
  3. En un entorno en que toda verdad se relativiza, hemos de enfocar nuestra educación en el escepticismo. Antes que una masa tienda a una creencia por afecto, hemos de velar por que cada individuo pueda hacer uso de la razón. Y la razón comienza por dudar. En fin, que la verdad sea producto de la coherencia, no de la conveniencia.

Podría resumir el espíritu de estos tres puntos en que no se debería disminuir la libertad en son del que vaya más lento; hemos de apurarlo. Nos vemos en los pasillos y en la calle.

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