Andrea Paola Hernández: historia de un acoso

Andrea Paola Hernández: historia de un acoso

El 17 de Enero la historia de acoso sexual de Andrea Paola Hernández, de 23 años, empezó a rondar en Twitter. Andrea es coordinadora editorial en la sección de narrativa de Digo.Palabra.Txt., fundó la versión estudiantil del Centro de Estudios de Género de la Universidad Simón Bolívar dirigido por la profesora Lydia Pujol, y podría pasar por hermana perdida de FKA Twigs.

Llegó a Caracas a estudiar Biología en la USB en el 2011. Todavía la delatan los residuos de un tono distintivamente maracucho marcando el final de sus oraciones, pero mientras más habla más pasa por caraqueña. Además, cuando se exalta usa el tono oficial de “Estudiante de Letras en Venezuela”, como interpretando a Facundo Cabral en un corto independiente de Sofia Coppola.

En el 2013 empezó a estudiar Teatro en la UNEARTE en paralelo con Biología antes de abandonarla por completo en el 2014, aunque todavía le brillan los ojos cuando menciona la Simón, para ella igual es su alma mater. En el 2015 empezó a involucrarse con el movimiento literario de Venezuela. Dos años después, el 31 de octubre del 2017, fue acosada sexualmente en el after no oficial de una de las ferias literarias más importantes del país. Esa es la razón por la que tres meses más tarde nos estamos conociendo en la plaza de Los Palos Grandes.

Le tomó semanas caer en cuenta de lo que había pasado y luego casi un mes poder sentarse y darle sentido, pero el 16 de Enero lo publicó en su blog, en una entrada que ya tiene más de 10.000 visitas y un resumen en Playground.

Aunque definitivamente deberías leer su post, aquí tienes el resumen ejecutivo:

  • Andrea recibe una invitación para publicar en la revista Poesía y participar en el XV Encuentro Internacional de Poesía de la Universidad de Carabobo, en el marco de la FILUC, Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo. El 31 de Octubre del 2017 un transporte de la Universidad de Carabobo la busca en Caracas, para trasladarla a Valencia.
  • Parte del equipo editorial de la revista Poesía decidió hacer una fiesta para homenajear a los participantes, en la casa que funciona como imprenta de la revista. No tenía mucho tiempo en la fiesta cuando uno de los organizadores del encuentro, con su esposa a unos metros y sin incitación alguna de parte de Andrea, comenzó a hablarle al oído, tratar de aislarla del grupo, tomarla por la cintura, y hacerle la clase de comentarios con los que normalmente solo logras un un match automático en Tinder. Cosas como “eres la mujer más atractiva de toda la fiesta”, “estás buenísima” y “hueles rico”. Cuando Andrea le dijo que estaba incómoda, en vez de detenerse agregó un prefacio de “sé que estás incómoda, pero” y siguió su línea de comentarios sexuales no deseados.
  • Poco después de que este primer hombre pasara por alto la incomodidad de la poeta que supuestamente quería homenajear, Andrea se encontró bailando con otro de los organizadores. Mientras ignoraba el espacio que Andrea intentaba poner entre los dos, lo primero que le dijo fue “me dijeron que te gustan las mujeres”, seguido de “estás demasiado buena”, y “entonces, ¿no te gustan los tipos?, ¿no estarías conmigo?”. Lo más encantador es que en vez de esperar una respuesta, comenzó a pasar sus manos por todo el vestido de Andrea. Incapaz de irse de la fiesta y en un ambiente claramente diseñado para cuadrar en vez de homenajear a alguien, Andrea terminó la noche llorando en uno de los cuartos.
  • Buscando una disculpa, o en general cualquier clase de respuesta, le escribió a la Universidad de Carabobo, la FILUC, y la revista Poesía. Las tres entidades lo consideraron un “problema personal” a pesar de que los involucrados son parte de su personal.

Si terminaste de leer eso y ahora estás preguntándote “¿dónde está el acoso?”, “pero eso es normal, qué ladilla, ¿ahora ni siquiera podemos sacar a bailar a alguien? Dejen el show”, por favor sigue leyendo. Tenemos que hablar.

Como pasó con la historia de Grace y Aziz Ansari, muchas de las respuestas se han dedicado a seguir perpetuando la idea de que esto es normal solo porque hemos visto comportamiento similar repetirse una y otra vez. Pero este caso, también busca perpetuar una idea incluso más peligrosa: que esto es típico del venezolano, la objetificación de la mujer es parte de nuestra cultura. Como si ser hombre y haber nacido en Venezuela te obligara a ser desierto, selva, nieve y volcán y al andar querer entrar en cada vagina que te pasa por enfrente.

Le pregunté a Andrea por qué cree que ha sido tan difícil hacerle entender a la gente que esto es acoso sexual, no tuvo que pensar su respuesta más de 2 segundos:

“La cultura de la violación es real. Completamente real. La gente cree que porque violación es una palabra muy fuerte o porque nadie me quitó la ropa para meterme nada en mis genitales, no es violación. Pero una de las cosas más importantes que necesitamos entender para ir quebrando con estas cosas es que la cultura de violación es real y tenemos que entender cómo funciona. Esto es algo que hemos naturalizado dentro del comportamiento caribeño, y para especificar en nuestro contexto, dentro del comportamiento venezolano. No lo hemos problematizado. Y nos han enseñado que es el oprimido el que tiene retirarse o ser desplazado de su lugar para que el otro esté cómodo”.

Cuando se habla de ataque sexual todavía tenemos la idea de que los perpetradores son desconocidos en un pasillo oscuro, jamás hombres con educación universitaria en una fiesta literaria. El ataque sexual que todos estamos dispuestos a aceptar, es una violación, no tus supuestos iguales reduciéndote a un objeto sexual y negándose a escuchar un no o a entender por qué es una situación incómoda. Por eso es tan fácil decir, “bueno, pero cuídate, está pendiente. Sé previsiva”, porque no estamos preparados para casos como los de Andrea. Esos en los que quien te acosa lo hace de una manera aceptada socialmente y es alguien en quien confiabas.

Le pregunté si hubiese hecho algo distinto esa noche, y por primera vez se calló. Desde que empezamos a hablar, no había dejado que ningún momento pasara en silencio. Aún sin saber qué le iba a preguntar tenía las respuestas y salían disparadas con la molestia típica de todas las feministas cuando hablamos de estos temas. Ahora no está tan segura, sus cejas caen, y empieza a responder más para sí misma que para mi:

“No creo que pudiese haber hecho nada bajo la situación en la que me encontraba. ¿Quizás no ir a la fiesta? Pero yo estaba muy emocionada y feliz, y estaba con gente que admiro muchísimo. No tenía por qué desconfiar de ellos.

Estas personas figuran como institución respetable en mi vida profesional, y en mi vida personal tenían un rol muy importante y muy valioso. Era gente que yo admiraba, confiaba en ellos, los quería con toda mi alma. Hubiese apostado con los ojos cerrados por esa gente. Nunca me hubiese imaginado que iba a vivir estas cosas. Por ejemplo, hay un momento en el que la gente se empieza a ir y yo dentro de mi ingenuidad sigo pensando que es un hecho aislado y que vamos a seguir disfrutando la fiesta. Hice todo mi esfuerzo por disfrutar la fiesta y sin embargo, el acoso lo que hizo fue escalar.

No creo que hubiese podido hacer algo distinto porque no hice nada fuera de lugar. No podía ni tenía por qué retirarme de la fiesta porque todos estábamos siendo homenajeados, no tenía por qué vestirme distinto, no tenía por qué verme distinta, no voy a salir con una burka a la calle para que la gente no me mire. Yo miro a otras mujeres y no las violo. Pueden haber mujeres que me parecen absurdamente atractivas y no les voy a agarrar una nalga”.

De las mujeres se espera que guardemos silencio siempre. Se supone que “por naturaleza” las mujeres somos pasivas y pacientes, mientras que los hombres son agresivos e impulsivos. Esa es la clase de pensamiento machista que, por un lado nos hace ignorar a los hombres víctimas de violencia sexual y doméstica. Por otro, hace que las mujeres internalicemos una actitud acomodaticia hacia los hombres. Andrea identifica esto como la razón por la que muchos esperaban que no dijeran nada:

“Al final la dinámica de poder se atraviesa y hace que, no solo a la mujer, sino todo lo que identificamos como femenino lo identifiquemos como débil, lo que tiene que subyugarse o estar por debajo. Pudo haberme pasado lo que sea, pero como represento de manera hegemónica lo femenino, tengo que estar subvertida, callada, minimizada. Genera ruido darnos cuenta que no tiene ni puede ser así”.

Es tan fuerte la necesidad de mantener a la mujer en esa posición, que la mayoría prefiere callar cuando ve una situación de acoso antes de siquiera pensar en poner a un hombre en una situación potencialmente incómoda. De ahí que le preguntara a Andrea si de todas las personas que estaban como testigos de la dinámica del depredador sexual, nadie había dicho nada en el momento:

“No exactamente en ese momento. Desde que estaba en el recinto ferial, empecé a recibir comentarios de participantes y libreros, y hubo solo uno, un poeta que adoro, Carlos Katan, que estaba en completo desacuerdo y me estaba protegiendo y defendiendo. Lo aprecio y lo valoro demasiado porque estuvo pendiente de mi, pero el resto de la gente no hizo nada. Todo lo contrario. La primera vez que pasó, cuando estábamos sentados en la cera habían varias personas pero todas estaban dentro de “el pacto” del evento. Y creo que es lo que ha molestado más, porque sí, esta clase de cosas ocurren, pero molesta que yo haya roto con ese pacto porque me parece que no está bien.

La dinámica era que había gente que estaba demostrando incomodidad o que hizo comentarios acerca de que estaba incómoda pero hasta el sol de hoy no han roto ese pacto de lo que estaba ocurriendo, por la misma naturalización de que esto es lo normal y es lo que ocurre”.

Curiosamente, muchas veces las reacciones más agresivas y violentas vienen de mujeres molestas con las “mujeres disidentes” que rompen ese pacto de silencio ante la masculinidad tóxica. Que otras mujeres hablen, pone en riesgo el papel complaciente que ellas cumplen.

Basta ver el thread de Twitter en el que Andrea compartió su post para encontrar una versión micro de esa dinámica. Después de los comentarios solidarios, aparecen los de mujeres para quienes subir un desnudo a internet es un crimen que se paga con acoso sexual. Luego los de las mujeres para las que todo lo que no es una violación, está bien, porque si ellas han tolerado estos comportamientos, las demás también deberíamos, y obviamente Andrea solo está buscándole la quinta pata al gato:

“Hubo mujeres que me dijeron que eso no era acoso que acoso era lo que ellas habían sufrido. Es como ponernos a ver cuál es el pasto más verde. También están las que afirmaban que yo estaba desacreditando otras luchas porque estaba denunciando esto que, en teoría, era pequeño. Creo que todo viene de la naturalización de esta hegemonía en la que nos creemos tanto este discurso, y usaría como ejemplo el discurso de We Should All Be Feminists de Chimamanda Ngozi Adichie, de que nos han enseñado a pelear entre nosotras, a pelear por hombres, y no a apoyarnos o competir por puestos de trabajos, o conocimientos, cosas que valen la pena. Además lo hemos naturalizado, con una suerte de infantilización del hombre muy freudiana, “la mujer siempre es madre, y el hombre siempre es hijo”. Entonces infantilizamos al hombre diciendo “él no tiene la culpa, él no sabe lo que hace”, “tú tenías que irte o hacer algo al respecto”, porque nadie se ha atrevido a decirnos que esto no está bien, que no está bien que te tragues tu incomodidad, no está bien que te sientas así, ni que te aborden de esta manera.

Tenemos el discurso completamente naturalizado e internalizado y por eso la importancia de decir esta clase de cosas. Porque hasta que no rompamos con eso, y no entendamos que no es normal vamos a seguir afirmando, tanto hombres y mujeres, que “esta es la forma en la que es” y que no hay nada más allá”.

Es triste que esta infantilización se extienda hasta a los hombres que pasan por intelectuales. Quienes, en teoría, deberían ser aliados de la reivindicación de la mujer y ser capaces de regular cómo se comportan frente a alguien que deberían considerar un igual y no un pedazo de carne:

“Eso me entristeció mucho porque me hizo ver lo lejos que ha llegado la descomposición social. Los intelectuales, indiscutiblemente somos una élite, porque somos un grupo muy reducido y privilegiado de personas con acceso a cosas a los que los demás no. Y tenemos el poder y el deber de pensar y repensarnos constantemente para ir construyendo los valores. Y si incluso dentro de las élites la descomposición social ha hecho tanto daño entonces no solo como institución, sino como país, estamos en la última de las rachas porque si ya ni siquiera dentro de los intelectuales o las instituciones universitarias, esto tiene importancia o se hace algo al respecto, ¿qué podemos esperar para la chama en Petare a la que el esposo le pega? ¿cómo voy a ir yo como académico a decirle a un abusador que lo que hace esta mal si no lo pongo en práctica en tu institución?”

El movimiento literario del que forman parte tanto Andrea como los dos hombres adultos que la acosaron, ha decidido en gran parte, darle la espalda. El apoyo de desconocidos, y el slut shaming inevitable ha hecho que resalte cada vez más el silencio de la comunidad literaria de Venezuela. Unos dicen que se lo merece por las fotos que ha subido a sus redes. Otros callan dando a entender que creen que el intelecto y la instrucción académica deberían usarse solo para las críticas literarias, ni por error para la crítica social, mucho menos para la reflexión, tal vez la confunden con autoayuda.

“Mientras fue bajando el rush de las respuestas, fui dándome cuenta del silencio que había detrás del artículo. Ya que ningún medio venezolano, ningún escritor venezolano, o nadie que estuviese involucrado en la feria o en la universidad había dicho algo. Ni para confirmarlo o desacreditarme. Simplemente un silencio sepulcral. Me pareció muy extraño y dejé que los días pasaran. Pero conforme pasó el tiempo, recibí, y no directamente sino a través de comentarios en sus muros privados y de una manera muy anónima, desde lo más inofensivo como “hay que poner en duda este discurso, no sabemos si es verdad o no”, hasta “bájate de la tarima, niña, porque estás haciendo un show”, también me dijeron “yo soy feminista y soy madre y sé que no todas las mujeres son buenas”, que lo estaba haciendo por venganza, que estaba haciendo justicia. La gente asumió que yo estaba buscando un montón de cosas y decidieron crucificarme por eso”.

Las instituciones han respondido lavándose las manos. Estas son las personas de las que depende el futuro de la carrera literaria de Andrea. Ella está bastante consciente que la reacción que ha recibido de parte de ellos, indica que haber hablado tendrá repercusiones en su carrera:

“Estoy completamente segura de que las tendré y lo sabía en el instante en el que envié la carta, y lo aseguré cuando recibí las respuestas que recibí. Claro que va a repercutir en mi vida profesional estamos hablando de un evento grande, de un departamento grande, de una de las ferias más importantes del país, y además yo involucré a todo el mundo esperando apoyo o al menos empatía. Todo el mundo se puso en contra.

Pero lo he dicho antes y después, si la única razón por la que me invitaban a estos eventos es porque les parecía atractiva o me querían coger, mejor no me inviten. Porque si mi carrera literaria depende de mi aspecto, entonces no es mi carrera literaria”.

Para las personas que desencadenaron todo esta discusión, los dos tipos que tomaron la decisión de comportarse como depredadores sexuales, Andrea tiene un mensaje simple que deja salir con completa calma junto con el tono maracucho que había dejado de sentirse durante la mayor parte de su discurso:

“Si no se estudian, replantean, analizan, y se cuestionan su propio comportamiento, están destinados a sucumbir ante modelos terribles que nunca los llevarán a nada productivo y fructífero. No van a crecer ni como personas, ni como artistas ni como profesionales. No me generan rabian, ni angustia, ni dolor, sino una profunda tristeza. Son gente que tienen la posibilidad, el talento y los privilegios, y no lo están aprovechando en lo absoluto, y si no lo van a aprovechar que se quiten. Si me quieren escuchar es que mi vida va a seguir mejor que antes, porque yo voy a seguir aquí y mejor si esto me está dando una voz para ayudar a otras personas”.

The Amaranta le extendió un derecho a réplica a las otras partes involucradas, la Universidad de Carabobo, la revista Poesía, y la FILUC. Nos respondió la presidenta de este último ente, Rosa María Tovar:

“Ante su solicitud de una respuesta o comentario para incorporar en su artículo, me permito informarle que el caso denunciado por la ciudadana Andrea Paola Hernández en su blog, el 16 de enero de 2018, se encuentra desde el 17 de enero en consideración por la Consultoría Jurídica de la Universidad de Carabobo a solicitud de los entes involucrados.

Me permito señalarle que, conocido el caso, las autoridades de la Universidad de Carabobo giraron instrucciones a la Consultoría Jurídica de esta casa de estudios, a efecto de proceder con las averiguaciones que permitan determinar si existen o no méritos suficientes para una investigación, en la cual se le garantizará el derecho a la justicia a las partes involucradas.

La Universidad de Carabobo se reservará, de ser el caso, las acciones legales que deba ejercer de acuerdo con los resultados que arrojen esas investigaciones.

Por las consecuencias que se pudieran derivar de dichos procedimientos nos permitimos solicitarle que, por los momentos, se sirvan excusarnos de no tratar en mayor detalle lo referido”.