'Right Now', de Aziz Ansari: la representación de la consciencia moderada

‘Right Now’, de Aziz Ansari: la representación de la consciencia moderada

Por Laura Soler

Lo personal es político. El título de este ensayo, escrito por Carol Hanisch y publicado en 1969, señala la necesaria correspondencia entre la parte y el todo, lo particular y lo general, entre la configuración micro y macro de las estructuras económicas y sociales.

Interacciones concretas entre individuos específicos reproducen algo en apariencia tan abstracto e impersonal como lo que los Tyler Durden —el personaje antisocial de Fight Club— denominarían “el sistema”: las relaciones de poder que configuran nuestra sociedad.

La frase se convierte en consigna de la segunda ola feminista en los años setenta al remarcar la trascendencia —invisible para los detractores del movimiento— de las elecciones personales. “El sistema” se perpetúa como tal porque constantemente reforzamos su statu quo, incluso con gestos tan banales como calificar a una mujer inclinada hacia el liderazgo de mandona —como ven, me copié de la experiencia de Emma Watson—.

Desde esta óptica, el comentario supera a la persona particular para funcionar como mecanismo que difunde estereotipos negativos respecto a las mujeres en posiciones de mando, inhibiendo a estas de acceder a tales posiciones y, por ende, restringiendo sus posibilidades en la vida.

Críticos de esta forma de pensar sostendrían que en Occidente no existen prohibiciones institucionales que impidan a las mujeres acceder a estas posiciones. Mas el quid de la cuestión reside en que las interdicciones resultan innecesarias: ¿conocen alguna mujer que auténticamente desee ser percibida como controladora, dominante o déspota? ¿Cuántas veces han escuchado a un hombre quejarse de que su jefa debe “tener la regla” o, por ponerlo delicadamente, sufre una sequía de relaciones sexuales? ¿Si la “jefa” fuera un “jefe”, se referirían a él en los mismos términos?

Sin embargo, en el último par de años, las derivaciones lógicas de este razonamiento han sido llevadas hasta sus últimas consecuencias al aplicarse a todas las posibles formas de dominación de un grupo sobre otro —directas o encubiertas, reales o, discutiblemente, imaginadas—: una firma de moda se lucra a partir del patrimonio cultural de una tribu sin recursos; un vestido de graduación demuestra la banalidad con la cual los blancos estadounidenses adoptan la indumentaria de culturas que anteriormente despreciaron y oprimieron; un remake de Disney constituye la oportunidad para agitar la discusión en torno a la representación de las distintas razas en los medios y un comercial de afeitadoras educa a los hombres sobre el respeto hacia las mujeres.

La incesante deconstrucción de nuestras conductas y el escrutinio al cual nos sometemos los unos a los otros pueden resultar abrumadores, hasta el punto de que quienes sostienen puntos de vista más conservadores plantean una pregunta difícil de desechar: ¿la corrección política se ha transformado en una nueva forma de control social?

En Right Now, su nuevo especial de comedia, Aziz Ansari dialoga con la compleja experiencia de vivir en 2019, cuando todo es político y forma parte de un debate más amplio.

Netflix

La situación de Ansari en sí es compleja. Por una parte, Ansari ha recibido aclamación de la crítica, tres Emmys y un Golden Globe por Master of None, serie transmitida por Netflix que examina la vida de Dev Shah, un actor americano de primera generación.

Parte del atractivo de la serie yace en que las experiencias románticas, culturales y profesionales de Dev resuenan con las del espectador, de modo que su ascendencia india, al igual que la de Ansari, no impide que sus vivencias se consideren universalizables y nos diviertan independientemente de nuestro origen.

Por otro lado, Ansari fue “cancelado” en la industria del entretenimiento en enero del año pasado cuando surgió el testimonio de una joven relatando una desagradable cita con él.

De suerte que este comediante matiza nuestra narrativa de opresores versus oprimidos: Ansari es, simultáneamente, el descendiente de indios luchando por demostrar no ser “demasiado étnico” para protagonizar una serie y el tipo quizás un poco imbécil que trató de inducir una relación sexual menos que entusiasta en una primera cita.

Al inicio del show, Ansari aborda la acusación directamente y recuenta su proceso emocional luego de que se publicara el artículo incriminatorio: “A veces sentía miedo, a veces me sentía humillado, a veces me daba vergüenza. Y en última instancia, me sentí muy mal de que esta persona se sintiera así”, relata en actitud de mea culpa.   

Luego de saciar la curiosidad de su audiencia, Ansari aborda otra polémica, generada por el vestido de prom de una adolescente en Utah. Más que oxigenar el debate sobre la apropiación cultural, el comediante expresa su hastío de argumentos, contrargumentos y think pieces que amplían y sofistican la labor de descubrir injusticias en el mundo. Incluso cuando algo es racista, asegura, a veces le gustaría hablar sobre otra cosa: “Digan lo que quieran respecto a los racistas, pero suelen ser bastante breves… Los blancos que recién han adquirido consciencia social son inagotables”, bromea.   

Muchos resonarán con la posición de Ansari. Asumir que lo personal es político significa que en 2019 todos están en una misión. Por su parte, el comediante reconoce las bondades de la creciente sensibilidad hacia los problemas de las minorías, sin obviar sus excesos. Su consciencia social no excluye la moderación, la empatía ni el sentido del humor.

Recuerdo una discusión en clase de Literatura Latinoamericana II a raíz de la lectura de Siete ensayos sobre la realidad peruana, de José Carlos Mariátegui. Partidario del materialismo, Mariátegui argumenta que el problema del indígena es, a fin de cuentas, un problema económico. A su modo de ver —y afortunadamente, dudo que existan muchos marxistas dispuestos a discutir el pensamiento de José Carlos Mariátegui leyendo The Amaranta—, una vez que los indígenas adquiriesen poder económico, las reivindicaciones de otra índole, incluyendo las simbólicas, seguirían.

Quizá —solo síganme en esta— presenciamos eso: pese a las adversidades, personas ajenas al grupo dominante han adquirido recursos económicos, creando un mercado para que medren las reivindicaciones simbólicas de sus respectivos colectivos. De modo que ahora estos grupos reclaman sus imaginarios y una representación más amplia y graduada de sí mismos en la cultura.

No niego el valor de las reivindicaciones simbólicas, pero parece prudente cuestionarnos qué formas de activismo redundan más significativamente sobre el bienestar de aquellos que buscamos proteger. El ritmo frenético con el cual se consume y desecha la información exige que escojamos nuestras batallas.

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