Universidades que no hacen nada por el acoso sexual
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La UNAM no es la única universidad que no hace nada por el acoso sexual

El caso UNAM es solo la punta del iceberg

Hace unas semanas, un hilo de Twitter denunciaba que profesores de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) recibían constantes acusaciones de acoso sexual por parte de sus estudiantes y la institución no hacía nada al respecto. Parecía un problema ajeno, que despierta, como todos los que respectan a la violencia de género, un sentimiento de solidaridad y compañerismo, pero ¿qué tan distinto es este caso de lo que ocurre en nuestro día a día?

En mi primer semestre de universidad ya escuchaba consejos de alumnas en cursos superiores que me advertían sobre algunos profesores, y a medida que avanzaba en la carrera, llegaban a mí todo tipo de historias, hasta que incluso me volví una más de las que recomendaba no inscribir con tal o cual docente. Leyendo las denuncias de las alumnas de la UNAM, me di cuenta de que no solo entendía el problema de acoso que había, sino que lo estaba viendo en persona; la única diferencia era que, mientras ellas decidían protestar, ya yo lo había normalizado.

Lorena Morán Cruz es estudiante de octavo semestre de Derecho en la UNAM y, desde primer semestre, ha presenciado faltas por parte de profesores que incurren en violencia de género y actitudes que fácilmente entran en las categorías de acoso sexual y abuso de poder. En su hilo de Twitter, Morán expone con nombre y apellido a los docentes y sus comportamientos, acompañando sus tweets con videos y testimonios de otras alumnas de la universidad.

A raíz de esto, muchas personas comenzaron a manifestar su descontento y a confirmar que dichos profesores tenían denuncias formales por acoso sexual y violencia de género, pero la UNAM no hacía nada al respecto. Esto deja en evidencia un problema que desde hace años, según algunos testimonios, ha acarreado una de las mejores universidades de América Latina.

[Se consideran violencia de género] chistes sexuales u obscenos; comentarios o bromas acerca de la vida privada o las supuestas actividades sexuales de una persona; invitaciones, llamadas telefónicas o mensajes electrónicos indeseables y persistentes, en la Universidad o fuera de esta; seguir a una persona de la Universidad al hogar (acecho); gestos ofensivos con las manos o el cuerpo; contactos físicos indeseados; insinuaciones u observaciones marcadamente sexuales; exhibición no deseada de pornografía; pedir favores sexuales a cambio de subir una calificación, aprobar una materia o una promesa de cualquier tipo de trato preferencial; amenazar a una persona de reprobarla, bajarla de puesto o cuestiones similares si no se mantiene un contacto sexual, entre otros.

Protocolo para la atención de casos de violencia de género en la UNAM.

Las denuncias por acoso sexual no son ajenas a la universidad más importante de México. Ya desde antes de 2015 las estudiantes se manifestaban en contra de estos comportamientos, que podían incluir comentarios sexistas en clase, insinuaciones o incluso casos de violación. El escándalo fue tal que uno de los puntos fuertes de la campaña del actual rector de la universidad, Enrique Graue Wiechers, quien en 2019 fue reelegido para este cargo, fue la promesa de reformar la institución para apoyar a las víctimas de acoso en la universidad.

Como parte del plan de Graue Wiechers, en 2016 se implementó un Protocolo para la atención de casos de violencia de género en la UNAM. Dicho documento deja encargadas de estas denuncias a la Unidad para la Atención y Seguimiento de Denuncias (UNAD) y la Oficina de la Abogada General, además de contar con la participación de grupos de apoyo organizados por estudiantes. Ese mismo año se recibió un total de 1.104 quejas.

Pero esta estrategia de denuncias no fue suficiente. Dos años después, la comunidad estudiantil se organizó en protesta contra la inefectividad de la administración institucional cuando una alumna de la Escuela de Trabajo Social fue atacada en un baño, siendo este el detonante de una larga estela de descontento que ha dejado el Protocolo desde su creación.

En diciembre de 2019, las manifestaciones en contra del abuso sexual en la UNAM se hicieron más notorias y el asunto captó el interés de los medios con el movimiento feminista nacional en México. Fue entonces cuando el presidente del Tribunal universitario, Eduardo López Betancourt, denunció públicamente que de los 2.500 casos de acoso sexual registrados, ninguno ha culminado en una sanción.

El Protocolo establecido en 2016 dicta que el procedimiento formal en casos de denuncia consiste en una examinación exhaustiva de la naturaleza de la situación de acoso y su posterior procesamiento por el Tribunal para determinar las sanciones necesarias. Por otro lado, existe un procedimiento alternativo en el que se espera que las dos partes, víctima y acusado, lleguen a un acuerdo, que es la opción que a muchas se les presiona para elegir.  

Los nombres que aparecen en el hilo son los más conocidos y nunca les pasa nada por los cargos administrativos y jurídicos que tienen. Antes de denunciar te tratan de convencer por todos los medios de que no lo hagas y si lo haces, te dicen que es tu culpa y que no debiste haberte quedado con el profesor.

Lorena Morán Cruz.

El presidente del Tribunal de la UNAM confirma que gran parte de los casos de acoso sexual no se denuncian por miedo a una persecución interna. Es bien conocido que, cuando una alumna presenta una queja, se le comienza a hostigar y las autoridades la disuaden para que no siga con la denuncia u opte por un proceso de mediación alternativo. Se le promete que el profesor no la volverá a molestar y, según López, “se llega a un acuerdo en lo oscurito”, pero esto no es en lo absoluto una solución para el problema.

Muchas denuncias se tramitan, pero no pasa nada. A la mayoría de las mujeres se les incita a no denunciar, por eso nos llama la atención esta convocatoria a empezar a hacerlo ahora. A fin de cuentas, si la tramitas, no se le da seguimiento o te dicen que no es para tanto.

Lorena Morán Cruz.

El feminismo como movimiento político y social recientemente ha tomado una mayor importancia en los medios del país norteamericano. Las protestas ya no solo se limitan a colegios o universidades, pues, como también destaca Morán, la visibilidad que ahora se le está dando a los casos de abuso es una consecuencia directa del crecimiento del feminismo en México. “La UNAM es un reflejo del país”, dice Morán, quien, como muchas mujeres, considera que este es un punto de no retorno para la nación, por lo que solo queda mejorar.

La violencia de género no es exclusiva de la UNAM

El acoso sexual no es algo exclusivo de la UNAM. Como cuenta Morán, el movimiento feminista también involucra centros educativos como la Universidad Autónoma Metropolitana y el Instituto Politécnico Nacional. Sin embargo, este no es un problema único de México, pues ocurre con frecuencia en otras universidades de Latinoamérica, aunque no se tenga la misma cobertura mediática. 

Es una triste realidad: todas las mujeres hemos sido víctimas o presenciado violencia de género en nuestras casas de estudio. Cuando les pregunté a amigas y compañeras sobre sus experiencias en relación con este tema, lo primero que me dijeron fue que les pasaba “lo básico, pues hay profesores demasiado sádicos”. ¿Cuándo el acoso se volvió algo “básico”? Parece que hemos normalizado hasta las actitudes más pequeñas, aunque nos hagan sentir incómodas, y eso es verdaderamente preocupante.

Yo tuve un profesor que pedía una ficha de datos con tu número de teléfono, dirección, edad y foto, a mí eso me hizo ruido. Esa información es personal, no estás obligada a darla, pero sin eso él no acepta tus trabajos. Recuerdo que tuve un problema con la nota final y le escribí para resolverlo. Su respuesta fue: ‘Quédate tranquila, ahí, en Montalbán, donde tú vives’. Eso fue el límite para mí.

Anónimo. Estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello. 

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Una característica muy común en Latinoamérica que tristemente también puede llevar a casos de acoso sexual es la familiaridad con la que solemos tratarnos, en ocasiones sin importar las distinciones laborales o generacionales que haya. Como estudiantes, vemos a profesores que son contemporáneos con sus alumnos o que les llevan pocos años a estos, y solemos encontrar a docentes que dan sus datos de contacto o piden los de quienes cursan sus materias para tener una comunicación más directa. Generalmente no nos parece que haya un problema con eso, pero de allí al acoso hay una línea muy delgada.

Una vez tuve un profesor que tenía un fijación conmigo y la mujeres que se parecían a mí. Yo era la delegada y un día él me dijo que le diera mi número para decirme unas cosas de la clase. Después de eso, me comenzó a llamar los domingos. Me preguntaba qué estaba haciendo, sobre mi familia, cosas que no tenían relación con la universidad. Dejó de llamar cuando le dije que tenía novio, pero luego me enteré de que hacía lo mismo con otras alumnas y a algunas llegaba a decirles que se tocaran frente al espejo.

Anónimo. Estudiante de la Universidad Católica Santa Rosa. 

Cuando ocurren casos de abuso sexual, al menos en Venezuela, estos no suelen denunciarse, pues no hay demasiada confianza en que las instituciones harán algo al respecto. Como en la UNAM, hay profesores o trabajadores que tiene cargos y contactos importantes dentro de las universidades y nadie quiere estar en la lista negra de estas personas o perder su reputación.

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Al principio de la carrera, tuve un profesor de Introducción a la Matemática que en los exámenes te preguntaba todo menos lo que él había dado. Fuimos a decanato porque estábamos raspados y nos dijeron que el profesor es autónomo en su materia, que no iban hacer nada. A sabiendas de esto, el docente empezó a aprovecharse y les puso tarifas a las notas. No conforme, comenzó a tocar y a abrazar de más a las alumnas. Una vez, estaba recogiendo mis cosas y él se me acercó. Puso su cara frente a la mía para oler mi cuello y mi pelo mientras pasaba una mano por mi espalda y con la otra me sujetaba del brazo. Lo empujé y salí corriendo.

Yo era becada y debía mantener un promedio de 18 como mínimo, él se enteró y por más que estudiaba, me raspaba. Cuando fui al decanato a denunciar el acoso, me dijeron que era tarde porque quedaban como dos semanas de clases. Me sentí muy impotente, perdería la beca y la oportunidad de seguir estudiando. 

Me organicé con otras compañeras y nos enteramos de que les mandaba fotos a menores de edad y les pedía a ellas que hicieran lo mismo. Tuvimos que ir a la policía para que lo despidieran porque la universidad negó siquiera haber recibido denuncias.

Anónimo. Estudiante de la Universidad de Margarita.

Muy a pesar de los protocolos que puedan proponer algunas universidades y de los esfuerzos por fomentar una cultura de denuncias, nada de esto parece ser suficiente para que las estudiantes sientan que se encuentran en un ambiente seguro en donde se les escucha y toma en cuenta. Es por esto que la mayoría opta por no denunciar, pues saben que no se hará nada al respecto, o, en algunos casos, son ellas mismas quienes no toman en serio estas agresiones, ya que se adaptan a una mentalidad que les dice que este problema es algo “normal” que deben aceptar sin más. 

Un día, después de clases, iba caminando a la salida cuando un hombre me comienzó a decir cosas asquerosas. Aunque no le hice caso, cada vez se me acercaba más, por lo que me detuve, como dando chance para que él se fuera, pero no lo hizo. Se quedó ahí esperando por mí y si yo me movía, él hacía lo mismo mientras que seguía acercándose a mí. Asustada, corrí a otro edificio para esconderme y el vigilante que había ahí me vio, pero no me dijo nada. Tuve que llamar a una amiga para que se quedara conmigo un rato mientras se me pasaba el pánico. Lo que más me molesta es que el guardia no hizo nada, claramente veía la situación, pero ni se acercó al señor ni me protegió a mí.

Anónimo. Estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello.
Denuncias informales pintadas en las paredes de la UNAM
Cuartoscuro

En la UNAM, por ejemplo, existe la figura de la “persona orientadora” para las víctimas de acoso; este fue un cargo que ejerció Morán por un tiempo, experiencia gracias a la cual puede decir que la administración no da seguimiento a las denuncias que se hacen. Esto crea la necesidad de utilizar métodos alternativos, como lo son las protestas y los paros de las universidades y los institutos en México, o el sistema de denuncias informales llamado “tendedero”, que según explica Morán, consiste en escribir tus quejas y colgarlas por la universidad.

Es aterrador pensar que una institución que debe velar por el bienestar de las personas que hacen vida en sus instalaciones puede manifestarse en favor de mantener una reputación, aun cuando esto supone un riesgo para sus estudiantes y trabajadoras. El problema de acoso sexual en la UNAM representa solo algunos de los tantos casos que hay en instituciones latinoamericanas y que, lejos de ser denunciados o atendidos, quedan como una experiencia obligatoria de la vida universitaria. Como estudiantes y mujeres, nuestro deber es evitar la normalización de la violencia de género, por más insignificante que pueda parecer, y exigir a las instituciones que se tomen cartas en el asunto. Sea con un hilo en Twitter, con carteles de protesta o creando grupos de apoyo, denunciemos que el acoso no está bien, y normalizarlo, mucho menos.

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