Los hijos de Tinder y otras formas de acabar con el romance.

Demostrando con una película como matamos el amor.
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¡Tu generación arruinó el romance!

Con resignación bajaron la cabeza todos los hijos de todos los padres en el mundo y compararon sus historias de amor con la de sus progenitores para darse cuenta que los viejos tenían la razón.

Es casi una obligación que al momento de convertirse en padres de un ser medianamente razonante y con capacidad de discurso, se sucumba a quejarse de por lo menos 3 cosas obligatoriamente.

En primer lugar la música, siempre es más obscena y ruidosa que la de la generación anterior. Luego de las fiestas, por alguna razón pierde validez al tener hijos el hecho de amanecer en una buena rumba y por último, el romanticismo, las nuevas generaciones siempre encuentran la forma de destruir gestos y costumbres románticas para iniciar relaciones de la manera menos “y vivieron felices por siempre”.

Comúnmente utilizaría esta situación para negar la premisa que acabo de exponer, pero luego de ver Sleepless in Seattle, no pude abogar por mi gente y como dije antes, tuve que bajar la cabeza con resignación ante mi era de insensibles zombies.

Han pasado 24 años desde el estreno de Sleepless in Seattle y en vez de dos décadas de separación entre nuestros tiempos y los de la película, parece que nos separaran dos universos.

Para quienes no la han visto, la película va de Sam (Tom Hanks) y su hijo Jonah que tras la trágica muerte de su esposa termina hablando en un programa de radio sobre sus sentimientos y lo necesario que es seguir adelante para encontrar una nueva pareja. Era la noche de Navidad y como radioescucha estaba Annie (Meg Ryan) quien a pesar de estar comprometida se siente conmovida por la historia, mientras que al mismo tiempo percibe una conexión cósmica con Sam.

Annie, atormentada por la necesidad de conocer al padre y al hijo, se encuentra con el grave problema de vivir al otro lado del país, ella en Baltimore y ellos en Seattle, razón por la cual decide escribirles una carta para invitarlos a tener un encuentro en el tope del Empire State en Nueva York la noche del Día de los Enamorados.

Como es de esperar, Sam encuentra la carta un poco extraña, se cruzan sin culpa un par de veces sin saber quién es el otro, se responde la carta, se tienen otras citas, padre e hijo se pelean y finalmente el pequeño toma un avión solo a la Gran Manzana el 14 de febrero para conseguirse con Annie, quien luego de tener sus pleitos por su parte, llega al tope del icónico edificio, conoce a Sam (quien persiguió a Jonah desde Seattle hasta Nueva York) y con la primera mirada saben que están destinados el uno para el otro.

Como incurable romántica, he visto la película más veces de las que me gustaría admitir y no fue recientemente, la última vez que me topé con ella, que me di cuenta que Sleepless in Seattle hoy en día es casi tan imposible como conseguir un pájaro dodo.

Los programas de radio en vivo son cada vez más escasos y las personas que participan en ellos poca vez se topan con la oportunidad de exponer sus sentimientos. Hoy en día los que llaman a la radio van más con la intención de adivinar el nombre de un reggaetonero para ganar entradas para la nueva película de Transformers. Por tanto, no puede ni empezar la película.

Por otro lado, la investigación por parte de Annie para saber cómo lucía Sam y a qué se dedicaba hubiese terminado con un click en Facebook. De hecho muy probablemente hubiese conseguido fotos de su esposa, de Jonah, que le gustaba Guns n’ Roses y los waffles. Annie con una rápida mirada a su perfil sabría más que cualquier otro investigador privado, el misterio que salvaba el rol que juega el destino en la película, muerto por culpa de Mark Zuckerberg. Se acaba la película.

Asumiendo que Sam no tenía su celular en su perfil, por Linked In hubiese podido conseguir su email y contactarlo, escribirle un mensaje que tarde menos de 2 minutos en llegarle, adjuntar un par de fotos y su canción favorita de Guns n’ Roses y llamar su atención en un instante. Jonah no se hubiese enterado que Annie escribió y se acaba la película.

Dado el caso que Sam se sintiera atraído por Annie, la distancia entre estado y estado hubiese desaparecido con una rápida cita por Skype y un par de semanas hablando por Whatsapp.

No hay espera, no hay misterio, no hay incertidumbre de saber si el otro va a ir al tope del Empire State, no existe forma de que un encuentro a ciegas sea completamente ciego en un momento donde toda la información personal está a tu alcance si tienes internet.

Una historia en la que hay máquinas de escribir, en la que los protagonistas se ven forzados a sentir un vacío porque su otra mitad está a miles de kilómetros de distancia. Es una película en la que se juega con las mejores cartas en una sola jugada porque no tienen oportunidad de estar con ambigüedades en una conversación por mensajería instantánea.

La posibilidad de arriesgar un viaje a Nueva York para encontrarte con el amor de tu vida, esfumada bajo un caos ruidoso de Snapchats, memes de Instagram y con el riesgo inminente de caer en una situación al estilo “send nudes”.

Hoy en día una llamada parece que fuese cobrada con minutos de vida y que el hecho de no responder inmediatamente un mensaje debe ser penalizado con la muerte.

Nuestros padres tienen razón y Sleepless in Seattle lo demuestra. Lo bonito de la espera y todo lo mágico que rodea la película es imposible de recrear en nuestros tiempos cuando idolatramos otras películas románticas como Fifty Shades of Grey.

Somos la demostración de una generación perdida que puede tener hijos que en vez de ser producto de una bonita historia romántica, sean malos encuentros en Tinder en potencia.

Yo creo que por eso lloramos en este estilo de películas, porque sabemos que esos tiempos no volverán.