Drew Barrymore es un zombie cuando no es la novia de Adam Sandler

Santa Clarita Diet es la Demi Lovato de las series porque la gente, o la ama con pasión y locura o la odia con la misma intensidad. No hay un punto medio.

La historia de fondo es simple, Sheila (Drew Barrymore) y Joel (Timothy Olyphant) están casados, viven la vida más básica posible. Son agentes inmobiliarios, se adoran de una manera súper #goals, y tienen una hija Abby (Liv Hewson) que es, probablemente, el único personaje adolescente de la televisión que no te hace morir de flojera apenas aparece.

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La primera temporada es entretenida aunque tal vez un poco repetitiva, pero eso no parece ser el problema con los haters sino el hecho de que es “demasiado kitschy”. También están los que lanzan la crítica eternamente vacía de “es que simplemente no es realista”. Y sí, es una serie sobre una pareja de agentes inmobiliarios que tiene que aprender a lidiar con el hecho de que la esposa se vuelve una zombie. Claramente no va a ser realista, tampoco tiene que serlo porque no es un documental, ni un drama, ni promete estar anclada en la vida real.

Los problemas de Santa Clarita en la primera temporada estaban más relacionados con que el elenco estaba apoyándose demasiado en que son actores conocidos por ser adorables. Además de que parecían no tener trama todavía más allá de “Drew Barrymore es cuchi mientras come carne humana”.

La segunda temporada, sigue siendo igual de gory (tal vez un poco más), mantiene la misma adorabilidad de Timothy Olyphant y Drew Barrymore con su cabello envidiable, y está mucho mejor lograda que la primera.

Honestamente, si no te gustó la primera, ve un recap y continúa directo con la segunda

La excepción es si no estás en un momento feliz de tu relación, o estás despechada, o pasando por uno de esos momentos de “voy a estar sola para siempre”. Tal vez deberías escoger otra serie. Sheila y Joel son la pareja más adorable de Netflix (incluso más que Steve y Dustin) y es difícil no querer un Joel en tu vida después de verlos.

A falta de un “conflicto principal” y con antagonistas que parecen estar guardando para una tercera temporada, gran parte de la segunda se enfoca en cómo Sheila y Joel pasan de amateurs a… semi-amateurs. Tienen una relación que está basada en una cantidad enorme de amor, respeto y confianza el uno por el otro por lo que ambos trabajan en equipo para matar tantos nazis como sea posible sin poner su vida familiar en riesgo. Adorable. Además es refrescante ver un sitcom en el que la esposa no es una rubia histérica que quiere regañar a todo el mundo todo el tiempo.