Netflix intentó tomar Stand Up Comedy

Una buena idea, a menos de que seas venezolano.
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Si eres tan fanático de Netflix como cualquier otra persona con acceso a la plataforma, quizás hayas notado el aumento de comedias stand ups sumadas a la lista de “Agregados Recientemente”. De igual manera, existe la posibilidad de que también hayas visto varios artículos adulando y criticando a los comediantes que trasladan su hora frente a una audiencia a la pantalla de nuestras computadoras.

Todo comenzó con Mike Birbiglia con su show Thank God for Jokes, el cual lo lanzó de ser líder de un nicho de personas que disfrutan la comedia autoflagelante, a estar disponible para millones de personas, y así lanzarse al estrellato después de un corto tiempo.

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Progresivamente, Netflix empezó a incluir otros especiales, esta vez producidos por HBO o Comedy Central como el de David Chappelle, Sarah Silverman, Chris Rock y Jerry Seinfeld. Muchos de estos comediantes expresaron su apoyo por esta nueva forma de presentar su material, puesto que los que han estado en el negocio por varios años saben que los comediantes solo solían tener un tiempo limitado en televisión. Quizás unos de 15 minutos de dar en el clavo con la audiencia y con comedia masticada por la producción. De no causar ningún tipo de impacto, el show podría desechar al comediante así como así y conseguir al próximo payaso para los restringentes 15 minutos de comedia.

A diferencia de esta experiencia, presentarse en un teatro abre las puertas a calentar, ver y conocer a la audiencia y quizás interactuar con ella. Le quita la presión al comediante y el peso a los errores. Por eso, en el momento que Netflix empezó a incluir especiales, muchos comediantes saltaron a la oportunidad de compartir lo mejor de los dos mundos: una hora para ellos mismos y la accesibilidad de la plataforma.

Una vez que la tendencia agarró vuelvo, Netflix invirtió en sus propios especiales con monstruos actuales de la comedia como Chris Rock, David Chappelle y la simpática Amy Schumer.

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Aunque quizás no parezca, esta tendencia beneficia a Netflix de varias maneras: primero, en vez de gastar alrededor de 10 o 20 millones de dólares en crear una serie como House of Cards u Orange in the New Black, se puede invertir cien mil dólares en producción and call it a day. Segundo, agregar Stand Up a la lista de géneros que Netflix domina actualmente sumaría un total de seis géneros. No está nada mal para una empresa creada hace tan sólo diez años. La tercera ventaja de la inclusión de comediantes a Netflix es la reciprocidad que hay en las redes sociales; muchas más personas comentan sobre los especiales en Twitter, Facebook, etc., los comediantes se hacen más famosos y vistos, más gente se une a ver los especiales, y así sigue el círculo vicioso.

Como lo veas, es un win-win.

Ahora, ¿por qué después de haber dicho todo esto pongo en el título “intentó” en vez de declarar de una vez por todas el reinado de Netflix sobre el Stand Up?

La respuesta se remonta a una situación netamente geográfica. En Venezuela tenemos un humor ácido, burlón, de a ratos despectivo, grosero e indudablemente inteligente. El humor venezolano es capaz de tomar cualquier situación -así sea política, económica, social o cultural-, y darle una vuelta graciosa con la meta de sacarnos una carcajada.

Este tipo de humor probablemente es producto del sentimiento catártico de soltar una risa acerca del mismo tema por el que pasamos roncha el día anterior. Es mucho más que burlarse del Presidente -todo el mundo puede hacer eso-, es buscar la conexión directa a las personas, desmitificarla y tomarla justo de la manera correcta para que el chiste rasque la llaga pero no la hurgue demasiado.

Talento es sacarle chistes nuevos a un régimen de 18 años.

Pero en fin, para mi, y muchas personas en Venezuela, el humor es un dando-y-dando entre comediante y espectador. Él te da lo mejor de sí y tú respondes con lo que te produzca. Se trata de estar en el momento. No falta que vayas a un show de Stand Up en cualquier teatro venezolano y que alguien de la audiencia grite su opinión sobre un chiste, y que el comediante se agarre de ahí y le de tres vueltas.

A los venezolanos nos gusta reírnos duro, expresar nuestras opiniones y sentir el calor humano de la persona frente a ti. Nos gusta la experiencia de cuadrar con nuestros “panas” para ver a Emilio Lovera, o Nanutria y Nacho Redondo, ver el show y después irnos juntos a beber a algún lado.

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No estoy diciendo que si algún día un comediante venezolano saca un especial en Netflix no lo voy a ver. Por lo contrario, probablemente estará agregado a mi lista inmediatamente y lo veré varias veces; a lo que me refiero es que Venezuela no es el país donde nos gustan las cosas producidas, masticadas y empacadas. En mi opinión, pasará mucho tiempo antes de que nos riamos por la pantalla de igual manera que nos reímos frente a Laureano Márquez.