Final Chapter: strangers, journeys, and trust.

Fotografía: Emiliana Ammirata

Y así, en un abrir y cerrar de ojos, se acabaron los cien días de verano que me entregaron. Esos cien días que añoré más que un profiterole han sido devorados por una cantidad de experiencias inolvidables y mucho más dulces que un postre de la pastelería Mozart.

Visité la costa de California, tomé un avión por encima de El Gran Cañón, fui a retiros de yoga, conocí a un gurú de meditación, realicé un detox de aceites en la piel, fui a la graduación de mi hermano, pasé cuatro días en Las Vegas (y no me tomé ni un trago), fui a Venezuela por diez días, y para rematar, logré convencer a mis padres de que era lo suficientemente responsable para viajar por 34 días, sola, al sur de Asia. Específicamente, a Tailandia y a Bali.

No hubo un día desgastado, no existió esa típica rutina de verano de acostarse en la cama a ver Netflix. El tiempo se me fue de las manos, y así, se acabó la vida vacacional y volví a la rutina cotidiana: estudiar, y más estudiar.

La verdad, es que todos los días se sienten como una aventura, pues estoy estudiando en un lugar bastante utópico a los ojos de ajenos. Vivo en Orange County, California, donde estudio cine en la Universidad de Chapman. De igual manera, existe lo que llaman un culture shock por haber llegado de tal viaje y toparme con esta realidad, que puede ser un poco extraña y frívola a veces. 

En Asia no existía la obsesión de vestirse bien, verse bien, ni de querer impresionar a alguien. Al menos esa fue mi experiencia. Allá, a nadie le importaba qué marca de ropa llevabas, qué nuevo trend usabas, o a veces qué idiomas sabías. Todo esto era completamente irrelevante. Lo más importante era llegar a tu punto de interés y vivir al máximo. 

Las personas que leyeron y siguieron mi blog: An Enchanting Life durante el viaje me preguntan al toparse conmigo en la universidad: “¿Qué tal estuvo ese viaje?” Yo, muchas veces no sé que responder. ¿Cómo explicarle a alguien 34 días de vida plena, de care free living, de cero maquillaje, de completa soledad e independencia? No es fácil ponerlo en palabras, y todo lo que puedo decir es: “Fue el mejor viaje de mi vida”. También me preguntan qué cosas aprendí, si tuve miedo, si estuve en peligro, o si sentí en algún momento que quería regresarme. Todas estas cosas sucedieron, pero no fue el factor determinante que resume mi experiencia.

En búsqueda de encontrar una mejor explicación, he llegado a concluir mi aprendizaje del viaje en una palabra: confianza.

En Tailandia y Bali, mucho se basa en confianza, como: alquilar una moto sin casco o licencia, excursiones en el techo de barcos, comprar gasolina revendida dentro de botellas de Coca-Cola, etc. Los locales siempre están felices de ayudarte, y muchas veces tuve que rendirme a la idea de que nadie más si no ellos, dueños de su tierra, podían ayudarme.

Aprendí a confiar en extraños y a aceptar la ayuda cuando se ofrece. Encontré que está bien sentirse débil y cansada y qué es normal darle el control a otra persona de vez en cuando. Ví la verdadera cara del humano, aquel que te ayuda sin tener que buscar un favor a cambio. Realmente no podría haber hecho este viaje con éxito sin la bondad de los extraños.

Algunos me preguntaron si toda mi vida cambió, porque es común pensar que este tipo de viaje te convierte en un ser iluminado. La verdad es que esa no fue mi experiencia. Creo que son las acciones cotidianas que ofrecen la oportunidad de ser más consciente, y que cuando se viaja, las cosas cambian su perspectiva tan drásticamente que uno es capaz de ver la desnuda personalidad.

Personalmente, he tratado de llevar una vida consciente durante 5 años, desde que conocí la meditación y el yoga. Pero estoy segura de que sí, soy una persona cambiada, pero mis valores siguen siendo los mismos. Este viaje de cinco semanas me ayudó a comprender las cosas que he hecho mal, y a aceptar la incertidumbre. 

Realmente estoy muy feliz de regresar a California, no siento tristeza por haber finalizado mi viaje. Me da felicidad poder aplicar todos esos aprendizajes en mi vida y en mi arte. Ahora, en mi tercer año de universidad, tengo menos preocupaciones acerca de mi futuro. No me importa cómo resulten los planes, o el acto de tratar de impresionar a la gente con mi arte, incluso ya no me preocupo por la extensión de mi visa Americana. Las cosas cambian en un instante, al igual que cambiaron esa noche de mayo cuando decidí comprar un boleto no reembolsable para Bangkok.

Mi recomendación: No tengas miedo, ahorra, y sal de tu burbuja. ¡La vida solo se está poniendo mejor!

Gracias a todos los que leyeron las aventuras y me han apoyado con su positividad y comentarios. Solo deseo que sean capaces de tener experiencias como las mías y poder volar libremente.

- Emi