En cinco minutos nos hizo recorrer este mundo sorprendente

Oliendo a tierra, empegostada, con las uñas llenas de doritos, un bulto lleno de virutas de colores y una lonchera pestilente a Cheese-Whiz y Reinitas; corría a montarme en la camioneta del transporte una vez que sonaba el timbre para irnos de la mini prisión concensuada que era el colegio.

Si tenía suerte, era jueves y mi mamá me iba a dejar poner la estación que quisiera, sino, iba a tener que aplicar los dulces encantos de niña simpática dientona y opacar a las otras nueve niñas para que “el adulto responsable” me concediera el honor de poner 99.9 FM.

¿La lógica detrás de que una infante quisiera escuchar una estación radial para viejos? Disculpen, “adultos contemporáneos”.

‘Nuestro Insólito Universo’

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Un micro programa radial que para mí era la mezcla perfecta entre una anécdota de miedo, hechos históricos, música extraña y juegos de imaginación.

Porfirio Torres, con tono robusto y escalofriante contaba historias del mundo que nos rodea. Su voz, que es como desde entonces imagino que debe hablar Dios, narraba desde cuentos de ultratumba hasta fenómenos climáticos que al terminar el programa te dejaban elevado a un nivel de asombro por la pequeñez del ser humano frente al universo y sus acontecimientos.

La introducción en suspenso, el ruido característico de una grabación antigua y música que parecía sonar en blanco y negro.

‘Cinco minutos recorriendo nuestro mundo sorprendente’

Ahí era cuando desesperada ofrecía comprar todas las gomitas de la cantina el viernes si me dejaban escuchar el programa. Entre risitas ahogadas por mis técnicas populistas disfruté los restantes siete años de colegio de la compañía de Torres camino a mi casa.

Me llegué a saber de memoria el inicio y el final. Lo recitaba a mis amigas y contaba al día siguiente la anécdota asombrosa que había aprendido el día anterior.

Nuestro Insólito Universo era capaz de ponerme piel de gallina, hacer que le tuviese miedo a los espejos y sospechar del hecho de que realmente el hombre haya llegado a la luna.

La narrativa enriquecida con detalles espectacularmente descriptivos, lograba que me inventara películas en cinco minutos y me abstrajera del hecho de que iba en un Corolla con media docena de niñas ruidosas que hedían, una silla de bebés y 14 bultos con la colección entera de Santillana.

De grande me ha acompañado de regreso de la universidad. Hoy en día no tengo que pelearme con nadie para poner la estación que me gusta, pero digamos que sigo necesitando distraerme del hecho que llevo un año sin aire acondicionado (porque saben, Venezuela) y este programa sigue haciendo que me murmure a mi misma al terminar:

‘Qué bolas que los fantasmas de verdad existen’

El programa termina con la frase “Libreto y dirección Rafael Sylva. Les narró Porfirio Torres”. Con el tiempo le han sacado email, Twitter y hasta Tinder, pero el guión siempre mantuvo este cierre icónico.

Como estudiante de Comunicación Social he aprendido a apreciar a los locutores por su excelente manejo y dicción, pero he reconocido y admirado a los productores porque comprendí todo el trabajo crucial detrás del micrófono que ellos realizan.

Cuando hace un año falleció Rafael Sylva tenía el corazón arrugado y recordé mi programa radial favorito y lamentando el hecho de que no conocía mucho a Sylva, usé la herramienta más insólita de este universo:

Este personaje fue un icónico escritor y director de novelas y por supuesto, la mente detrás de Nuestro Insólito Universo desde sus inicios en 1969.

Del programa se han hecho más de 6.500 episodios desde entonces. Esos son 32.500 minutos, unas 500 y pico de horas. Tiempo que estaría completamente dispuesta a invertir en escuchar los cuentos de Sylva y la voz de Torres.

Hoy en día sigue sonando en la radio y espero que lo siga haciendo por mucho tiempo.

Pero lamentable o afortunadamente siento que con el paso de los años sentimos que el mundo en el que vivimos es cada vez más insólito. Lo que me llevó a pensar que una versión más contemporánea del programa pueda ser una buena idea.

Sin perder el ruido de sucio como de disco de acetato, los sonidos de película de los cincuenta, las pausas dramáticas o su cierre inconfundible me parece que los siguientes títulos podrían funcionar:

  • Tan tenso como aquella segunda vez que caemos en una guerra de misiles.
  • El celular que reconoce a su dueño.
  • El día en que los extraterrestres llegaron en un meteorito, como el que cayó en Carabobo, a la tierra.
  • La verdadera historia del bigote de Maduro.

Gracias a Rafael Sylva, por nuestro Black Mirror venezolano.

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