El éxito musical de la muerte

The day the music died.
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“Si no me quieren en vida, cuando muera no me lloren” cantaba Héctor Lavoe al son de su éxito de 1978 El Cantante compuesta por Rubén Blades.

Irónicamente, años después de su muerte, el salsero fue impulsado al estrellato cuando el sonero internacional Marc Anthony lo interpretó en 2006 en una película que lleva por título (igual que la canción) El Cantante.

Marc Anthony para acompañar la película, grabó los más grandes éxitos de Héctor Lavoe para el soundtrack y el álbum debutó en el número 1 del Billboard Top Latin Albums y en el número 31 del Billboard 200.

A pesar de ir en contra de la famosa lírica del puertorriqueño, Héctor Lavoe se hizo extremadamente famoso en una generación que no lo conocía tanto 13 años después de su muerte y no es la única persona que ha sufrido este irónico juego de lograr el máximo éxito después de morir.

El Greco era comúnmente criticado por hacer arte de una manera distinta a la que se hacía en 1600. Sin embargo en el siglo XX fue extremadamente admirado justamente por el rasgo de estar “adelantado a su época”.

Van Gogh murió solo y pobre, hasta que a principios del siglo XX también, alrededor del tiempo de la Primera Guerra Mundial, la gente lo apreciara por el genio artístico que fue.

Franz Kafka literalmente no logró ver el masivo efecto de su famosa novela La Metamorfosis porque esta fue publicada luego de morir de inanición por tener tuberculosis.

Y el gremio musical contemporáneo no se ha liberado de este fenómeno macabro en el que la obra de genios artísticos cobra más valor con la variable agregada de su muerte.

Parece ser que solo recordamos con la muerte de buenos artistas lo admirable que fue su música, la cual había quedado sepultada en discos de vinilo dentro de cajas, cassettes empolvados y discman golpeados. Mientras más trágica la manera de morir, más popular el éxito post mortem.

Los artistas, algunos de ellos hasta sometidos bajo el escrutinio social en vida, son glorificados en conciertos conmemorativos, homenajes en ceremonias de premios y shares en videos musicales.

Justamente el mes pasado, tras la trágica muerte de Chris Cornell, el cantante de Audioslave y Soundgarden, 3 de los álbumes del artista debutaron de nuevo en el top 40 del Billboard 200.

En una reseña, Billboard hace mención del reciente (re)éxito de Cornell, y dice:

“In terms of on-demand streams (audio and video combined), his music tallied a 703 percent gain in the two weeks ending May 18 and 25, rising to 81 million streams from 10.1 million streams in the two previous weeks.”

Básicamente, su suicidio lo hizo millonario.

No es la primera vez que perder un prodigio de la música nos obliga a recordar que antes de tararear canciones como “Súbeme la Radio”, estábamos enamorados de buena música que escuchábamos de un álbum en físico, en el orden mandado y sin saltar canciones como lo hacemos en Spotify.

Perder íconos del Grunge como Chris Cornell nos pone melancólicos y nos hace añorar los momentos en que desgastábamos tanto un CD que se rayaba.

Forbes, inclusive cuenta con una lista anual que reseña a las “Top Earning Dead Celebrities”.

En 2016 David Bowie obtuvo $10.5 millones, John Lennon ganó $12 millones, Bob Marley obtuvo el sexto puesto con $21 millones, seguido en el puesto número 5 por Prince que ganó $25 millones, Elvis luego con $27 millones y el rey del Pop Michael Jackson encabezó la lista con nada más y nada menos que $825 millones.

Sí, casi un millardo de dólares.

Es inevitable claro, que en el luto por la pérdida de nuestros ídolos musicales nos veamos atraídos a reventar los álbumes que antes escuchábamos por novedad y con fascinación.

Sin embargo, sigue siendo triste que la muerte sea la única manera de recordarnos que sepultados debajo de los éxitos mainstream y los número 1 de todas las semanas, tenemos en la cabeza un gran archivo de buenas canciones que vale la pena volver a oír.

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