Anécdotas insólitas de viaje

Todo un trip
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Viajar es una experiencia enriquecedora y emocionante desde el momento que compramos el boleto hasta cuando hacemos las maletas de regreso. Durante un viaje exploramos, conocemos otros lugares y culturas, así como a nosotros mismos… pero entre una cosa y otra, se tienen varios inconvenientes, y muchos de ellos vale la pena contarlos.

Desde choques de cultura, hasta momentos en el aeropuerto donde lo más elocuente que puedes decir es “oh, f*ck”. Te traemos las mejores anécdotas de viajes que pudimos recopilar.

“Estaba saliendo con mis amigas de una atracción en EuroDisney. Una amiga se emocionó con los disfraces y nos preguntó si era de cuero de verdad. La más mala le respondió: ‘Marico, claro que no’. Uno de los trabajadores pensó que le estaba hablando a él y empezó a decirnos que cómo nos atrevíamos a decirle ‘marico’. Ahí procedimos en un intento fallido de explicarle que en la jerga venezolana todo el mundo se dice gay”. - Federica, 18.

“Nos encontramos con unas amigas en un viaje de mochileros por Tailandia y decidí invitar a una niña a salir por primera vez a una actividad que tenían planeada mis amigos. Resulta que la actividad era nadar con tiburones y nuestra única defensa era un palo de madera. Mientras la chama se metió y nadó con mis amigos, yo permanecí agarrado de la escalera durante toda la experiencia. Qué macho, ¿no?” - Carlos, 22.

“Estaba en Shanghai y decidimos meternos en jaulas con tigres. Yo fui de primero y cuando entré, el guardia me dijo que me podía acostar encima del tigre. Estaba cagadísimo y cuando lo hice, se movió y bloqueó la salida de la jaula. Me hice pipí, pero sobreviví”. - Anónimo, 23.

“Estaba de mochilero por China con mis amigos y entre un lugar y otro teníamos que tomar un tren de 7 horas. Resulta que sobrevendieron los asientos del tren y tuve que dormir encima de una maleta de un chino que puse entre un vagón y otro. Fue horrible” - Alberto, 24.

“Mis papás y yo nos perdimos en West Village en Nueva York y terminamos en una calle de strippers y prostitutas (imagínense la Libertador en la noche pero más hipster)” - Alanna, 23.

“Estaba de viaje sola en Nueva York y me paré a cenar en el restaurante de un hotel. Mientras leía mi libro, un mesonero jóven (y atractivo) se acercó y me preguntó si quería ver la azotea. Emocionada le dije que sí, porque se iba a ver el skyline de Nueva York. Una vez arriba, me dijo que había un piso secreto más arriba y lo seguí. Después de dos minutos de pure bliss viendo aquello, mis instintos venezolanos kicked in y empecé a pensar en titulares como 'Niña cae de azotea misteriosamente'. Le dije que estaba cansada y salí corriendo. A lo mejor era un tipo chévere pero bueno, más nunca lo sabré” - Ana Luisa, 20.

“Estaba bañándome sola en un lago en Berlín, y vino un viejo verde a decirme cosas en alemán. Para sacármelo de encima le dije “yeah, yeah”. El viejo se bajó los pantalones, me mostró su pene y me comenzó a perseguir. Logré escapar, pero fue el peor día de mi vida”. - Sofía, 20.

“Estaba viviendo en París y para celebrar la última noche nos lanzamos una buena rumba. Con el ratón que cargábamos se nos hizo tardísimo para el vuelo que teníamos al día siguiente. Uno de nosotros se comió una crêpe en el autobús al aeropuerto que digamos que no estuvo de acuerdo con lo que se tomó la noche anterior. Cuando llegamos, lo que resolvimos para ser más rápidos (claramente todavía bajo efectos del alcohol), fue montarnos algunos en los carritos para las maletas mientras otros empujaban. Al final logramos montarnos en el avión, pero fue una odisea”. - Mateo, 22.

"Decidí que hacer semi-skinny dipping en el mar (en sostén y pantaleta) con unos españoles desconocidos en Francia sería una buenísima idea. Además, les pedí 'la cola' a mi casa, porque 'why not? la necesitaba' Alarmada, no entendía por qué en vez de llevarme a mi casa me manejaron a las afueras de mi pueblo. Bueno, después de que uno forzadamente me intentó meter su lengua en mi boca, logré escapar y les pedí que me dejaran en un alguna parte. Lo más cerca (y seguro) era el aereopuerto y terminé a las 7 de la mañana empapada intentando pedir taxi. Como a todos les daba pánico montar a la niña mojada en su carro, tuve que esperar a que comenzaran a circular los autobuses y llegué a mi casa a las 9:00 a.m.. Moraleja: las niñas sí son capaces de cometer estupideces y por suerte no me pasó nada, pero esta historia pudo haber tenido un final mucho peor.” - María, 20.