Crónica de una hipocondríaca - The Amaranta

Crónica de una hipocondríaca

Ajá.
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Una semana antes se había levantado, como todas las mañanas, semi dormida, reclamando, bostezando. Como todas las mañanas se desvistió frente al espejo e inspeccionó cada milímetro de su piel, como contando los hilos de algodón de una sábana egipcia. Como todas las mañanas luego de vestirse, inspeccionó cada uno de los dientes confiada de encontrar una monstruosa carie causante de la pequeña molestia que sentía la noche anterior, era una conchita de cotufa. Como todas las mañanas, bajó a prepararse el desayuno: huevo duro, pan sueco y café negro, todo libre de lactosa porque confiaba que ese era el causante de sus migrañas (aunque las pruebas demuestren lo contrario), por tanto había decidido eliminar lácteos de su dieta. Como todas las mañanas antes de salir de la casa, besó a su mamá, agarró su bulto y salió por la puerta.

Pero esta mañana no fue como todas. Al montarse en el carro un repentino cosquilleo le perturbó el párpado. Asombrada y por naturaleza preocupada, se revisó en el retrovisor el ojo en búsqueda de una respuesta a su temblor.

Nada.

Incorporándose a la autopista el hormigueo regresó, más largo y más pronunciado.

De pronto recordó el capítulo que vio una vez en Grey’s Anatomy donde un pequeño tic había sido el indicio de un problema cerebral de alto riesgo para uno de los pacientes de la protagonista. Casi por instinto, levantó el teléfono y llamó a su mamá.

-“Mamá, me tiembla el ojo”

Ella recuerda que su mamá le dijo una vez que el origen de este tipo de cosquilleo suele ser por mal funcionamiento intestinal.

-“¿Has ido al baño?”

-“Ma, no ayudas”

Y antes de revelar la razón de la pregunta, la madre respondió:

-“Entonces deja de fastidiar, nos vemos en el almuerzo”

Sin respuesta maternal a su preocupación, la ansiedad aumentaba y los escenarios imaginarios empeoraban. Se preguntó ¿qué pasará con el proyecto que tenía pensado iniciar con sus amigas? ¿qué será del niño bonito que le había estado cayendo con fervor los últimos días?, ¿quién le dirá a su hermano que recoja las toallas mojadas del piso del baño? ¿qué pasará con su vida si esta enfermedad, causante de su tic, es grave?

Pasó el día e intentó esconder el hecho de que estaba gravemente preocupada por el hormigueo. Calculó que entre episodio y episodio el lapso del tiempo había disminuido de 20 minutos a 10, con promesas de disminuir más.

Una de sus amigas se dió cuenta del temblor y cuando preguntó por su naturaleza, ella le respondió que no sintió ningún hormigueo. Se frotó el ojo como un bebé con sueño y recordó como ellas suelen categorizarla de hipocondríaca, por inventarse enfermedades de las que no padece. Lo que sus amigas no sabían es que ella si sufre de todo lo que alega, y tiene los récipes médicos para demostrarlo.

Los récipes son importantes.

Pasaron los días y no cedía, no disminuía, no se iba el temblor seguía y la preocupación ya era insoportable. Era como un grifo con una gotera que a paso de vencedor acaba con la paciencia del hombre más paciente del mundo.

Llamó al neurólogo, lo tiene en su lista de contactos, y arregló una cita para el día siguiente. Avisó a su mamá que tan alarmista como ella, decide acompañarla a la consulta.

Ha pasado una semana desde que inició el temblor. Todos esperan resignados en el consultorio del doctor.

De seguro es un tumor, tiene que ser

-“¿tomas mucha cafeína?”

-“defina mucha”

-“¿cuánto café tomas?”

-“tres tazas al día, negro, como mi alma”

-“¿cuántas horas duermes?”

-“no se, pocas”

-“ve a tu casa y duerme un poco que lo que tienes es agotamiento”

Despertó la mañana siguiente, como todas las mañanas semi dormida, reclamando, bostezando. Como todas las mañanas se desvistió frente al espejo e inspeccionó cada milímetro de su piel, como contando los hilos de algodón de una sábana egipcia. El hormigueo desapareció, y en la inspección matutina de dientes encontró que su lengua tenía una textura extraña.