Mi primera cervezada universitaria

Dance. Drink. Pee. Repeat.
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Hoy en día, alrededor del mundo, el sistema universitario se ha formulado según los avances culturales y tecnológicos de cada país; haciendo que cada universidad, según su ideología, brinde a sus estudiantes esa característica única de identificarse con su alma mater”. Pero por otra parte, siempre habrá elementos que cualifiquen a un universitario aquí o en China.

Las cervezadas por ejemplo.

Empezando mi travesía en este mundo nuevo llamado universidad, he descubierto millones de actividades para sus estudiantes dentro y fuera del campus que no tenía idea; desde beneficios por el carnet estudiantil, hasta talleres y foros todas las semanas con ponentes importantísimos. Uno de los eventos que sí había escuchado, pero no indagado mucho, son las cervezadas; me imaginaba algo así como un frat party norteamericano en casa de algún estudiante lleno de vasos rojos, mesas de ping pong, y hormonas floreciendo por todos lados.

Resulta ser que en Venezuela no son así.

Hace un mes más o menos, una de mis amigas me comentó que los primeros días de diciembre había una cervezada organizada por los Centros de Estudiantes de mi universidad. Gracias a mi predisposición con estos eventos, lo primero que se me pasó por la cabeza fue “ni que me lleven arrastrada”. Pero como todo mi grupo de amigas ya había comprado su entrada… bueno, sucumbí a la presión social y compré la mía. Pensé: “voy con todas mis amigas, es música y birras; ¿qué tan grave puede ser?” además que, todo el dinero recaudado ese día estaba destinado a las becas de la universidad.

Llegó el día del evento y fui con la mejor cara para descubrir por fin de qué va es esa actividad tan conocida alrededor del mundo. Ahora les contaré un poco sobre mis ocurrencias de aquella tarde.

Como les comenté una vez, mi grupo de amigas es un poco bastante particular; la pasan bien hasta encerradas en un baño con una corneta, por lo tanto mis expectativas de cumplir con ese maratón de casi todo un día, a pesar de ser un sitio donde no iba a conocer a mucha gente, eran bastante altas.

El evento empezaba a las 5:00 p.m. y a las 5:10 p.m. pasamos por la puerta. Sabiendo que estábamos llegando de primeras, pero sin importar por la emoción, entramos en una especie de súper gimnasio (muy al estilo prom dance) con varias zonas: una barra de cerveza, la caja para comprar tickets, una tarima, y un espacio enorme en el centro donde el 99% de las personas allí se adelgazó unos cuantos kilos bailando; pero los iban recuperando al ritmo que tomaron más cervezas.

Como llegamos temprano, nos fuimos directo a hacer la cola para comprar los tickets de comida y bebida; pero al vivir en un país caótico llamado Venezuela donde algo siempre tiene que salir mal, de ocho puntos de venta que vi con mis propios ojos, solo dos servían. Dos puntos de venta para aquel gentío y en un país donde pagar con efectivo no es opción.

Gracias a las vibras maravillosas que cargábamos, obviamos el mal humor de la desorganización y situación país, (después de mentarle la madre a nuestro gobierno obvio) nos servimos unas birras y empezamos a bailar.

Y allí nos quedamos.

Mis amigas: Ainoa, Dani y Anasó

Mis amigas: Ainoa, Dani y Anasó

Distintos Djs y bandas de jóvenes universitarios fueron el inicio de la tarde/noche. Después de dos horas bailando y unas cuantas cervezas encima llegó un problema: el baño.

Si eres mujer, te identificarás con los siguiente: me declaro alérgica a los baños portátiles. Son muy prácticos y todo, pero está muy claro que el higiene no es su característica principal. Usarlos es una odisea. Sin entrar en muchos detalles, mis amigas y yo, decidimos ir hacia los rectángulos azul turquesa y entre apoderándonos de los últimos cubículos y ayudándonos una a otra pudimos ir lo más limpio posible.

Después de satisfacer las necesidades fisiológicas y con otro par de cervezas encima, nos encontramos con el resto del grupo. Al rato se montó en la tarima una de las presentadoras del evento. Empezó a hablar sobre un concurso de beerpong que iba a empezar en el fondo del salón y el equipo que ganara se llevaría un servicio de ron. A mis amigas y a mi se nos iluminaron los ojos como a un niño recibiendo el regalo de su vida en Navidad y corrimos al fondo para concursar. Jugamos, y obviamente no ganamos.

Seguían y seguían las cervezas. Bailamos reggaetón hasta más no poder, cantamos las viejas a todo pulmón, sudamos las calorías de las birras a medida que iba pasando el tiempo, y a eso de las 9:00 p.m. llegó una vez más mi amigo el problema del baño. Cabe acotar que en el evento solo se contaba con cinco baños portátiles para TODO EL MUNDO.

¡CINCO!

Sintetizando un poco el calvario que fue esa ida específica al baño, gracias a las habilidades persuasivas de una amiga, resolvimos nuestro problema fisiológico en el baño del cuerpo de vigilancia del local.

No comments.

Otra ronda más. Seguíamos en la pista y uno de los presentadores decidió tomar el micrófono e iniciar un torneo de “dale cintura”.

Para los que no conocen este término tan popular en Venezuela, “dale cintura” consta en una competición entre un grupo de mujeres, con atributos voluptuosos en la parte inferior trasera del cuerpo, que debe sacudirse al ritmo de la canción y por razones obvias, la que mejor se “menee” gana.

La primera persona en montarse en la tarima a concursar fue mi editora. Épico. Seguro lo negará hasta el fin del mundo pero, l’ve got proof.

Culminó el concurso y veinte minutos después, caos total. Se fue la luz, o se cayó un breaker, o un compresor, o algo por el estilo. Sinceramente no tengo idea qué fue lo que en verdad pasó, pero todos los que estaban allí perdieron la cordura. Gritaron emblemas de la Universidad, cantaron canciones a vox populi, abuchearon al gobierno y a los organizadores del evento. Nosotras por otra parte, totalmente en las nebulosas, sin entender nada.

Pero bueno; entre la desesperación y el sentimiento que causa la bebida, un grupo de gente (me imagino músicos) empezó un estilo de jamming en la tarima con cualquier material que consiguieron por ahí. El primer ritmo que surgió entre el caos fue tambores, y el show en la tarima fue el siguiente: “dance off criollo tambores style” entre mis amigas y otras niñas. Una vez más, épico.

Se solucionó el problema y empezó enseguida un popurrí de hora y media de salsa en vivo que cerraba la noche.

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Long story short, bailamos con la mitad de la fiesta, cantamos cada una de las canciones y hasta que no sonó el último platillo y el típico “y se acabó” no nos movimos de ahí.

Ya después de haberles contado mi anécdota sobre cómo pasó ese día, debo aclarar que me fui del sitio contenta. Me fui con otra perspectiva del ámbito universitario. Me fui con ganas de conocer más a mi universidad; y súper importante, me fui del evento superando las expectativas que tenía de él.

No dejes que la universidad pase por ti. Conoce, disfruta e intégrate; eso de “pena“ no existe.

Sin más que añadir: ¡Viva la U!