Las “rom-coms” son un arte subestimado

Una de las cosas que nos hace humanos, además de la música y la necesidad de ponerle una decoración pretenciosa a un pasticho solo para tomarle una foto, es que nos fascina contar historias. Las que sea, de terror, drama, suspenso y por supuesto, de amor. Sin embargo lo único que ha cambiado desde la época de Shakespeare hasta nuestra era posmoderna, es la forma en la que contamos esas historias.

Si lo pensamos es fácil determinar la condiciones sociales en las que se vivía en cierta época y en cierto lugar si nos basamos en estas historias de amor. Que después de las leyendas y los mitos, son las más antiguas del mundo. Todo el mundo desde Marco Antonio, Miguel Ángel, Marie Courie, la reina Elizabeth y Coco Chanel han tenido un malpegue con algún objeto de su deseo. Y si ellos lo padecieron, ¿qué excusa malintensa tienes tú para decir que no te identificas con las historias de amor?

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I thought so.

Es por eso que todos aman las comedias románticas. Unos dicen odiarlas, pero acuden a ellas en búsqueda de una especie de iluminación cuando las cosas se ponen difíciles, lo hacen en secreto y las disfrutan en secreto. Por otro lado estoy yo, que al igual que con el aguacate, las empanadas, mi cama los fines de semana; siento un infinito aprecio por las romcoms. Una forma de arte típica nuestra época.

Una cosa son la obras de teatro y otras las novelas a lo Nora Ephron y las películas de Katherine Heigl y Emma Stone. Son dos sensaciones distintas que al principio crees que te están cayendo a p*ja, pero una vez que vas cumpliendo más años en esta vida y conoces a más personas, aprendes que la gente sí hace ese tipo de estupideces cuando están enamorados.

Eventualmente todos cumplimos un estereotipo dentro de una comedia romántica, nos guste aceptarlo o no. Está la mejor amiga que se burla del nuevo novio de su amiga, está el típico douche que cambia todo su ser y esencia por una chama totalmente distinta a él, y por supuesto está la gafa a quien le rompen el corazón un par de veces para darse cuenta que el amor de su vida siempre estuvo ahí, dándole la cola y regalándole birras y cigarros.

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La magia de las romcoms consiste en una especie de sabiduría de las que la mayoría de las veces nuestra corta trayectoria en la vida, no nos deja entender. Lo especial de ellas radica en que aunque creamos que nos están cayendo a coba, en realidad las disfrutamos demasiado porque sabemos deep down que tendrá un final feliz, a diferencia de nuestra vida que de vez en cuando nos da un golpe en el estómago mientras esperamos eso que solo una comedia romántica nos puede dar.

El final feliz es solo una parte del juego, como cuando en Monopolio sabes que tu primo pretencioso va a montar hoteles en todas partes. Lo divertido es como las distintas películas varían los diferentes procesos y etapas por las que dos personajes deben pasar para hacernos sentir algo.

Está la “random meet” que se refiere a ese encuentro que casi nunca es algo mágico. Los dos son personas diferentes, capaz uno canta Rammstein todo el día y la otra escucha Ariana Grande mientras maneja. El hecho es que lo intentan hacer lo más incómodo y realista posible, porque así es como pasa. La primera vez que vi a quien sería el amor de mi vida de este mes, fue cuando me pasó rodando con su patineta a toda velocidad solo para asustarme en una plaza.

Luego está “el rollo”, cuando se dan cuenta que son muy diferentes o cuando factores externos intentan separarlos, aquí no se la tienen que fumar mucho porque en esta etapa todo puede convertirse en un potencial deal-breaker. Luego uno persigue al otro porque mágicamente se dan cuenta que aman a la otra persona y por último el beso final y la promesa de toda una vida juntos.

Amamos las romcoms, porque se salta todas las partes problemáticas, existencialistas, y fastidiosas de lo que realmente significa “empeparse” por alguien. Eso sí pasa en todas partes y a todo el mundo, solo que cada quien lo edita a su gusto.

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