Vivir en el 2018 se está poniendo complicado

Hay un eterno debate entre los grupos minoritarios y el rol de Disney en la sociedad.

Una gran cantidad de quejas y también de elogios a la macro orquestadora de películas infantiles por la representación (o falta de ella) de personas de la comunidad LGBT, los negros, asiáticos, latinos e inmigrantes sobre todo cuando se trata de las princesas.

Un revuelo maravilloso en redes porque Moana fue una producción que veneraba a la niña aventurera, responsable y a veces no tan delicada como contraparte a la frágil figura de las princesas de los 90; Mérida fue positivamente reconocida porque rechazaba el rol tradicional y resignado de las princesas de la Edad Media; La Princesa y El Sapo es la primera representación de la cultura negra en primera plana en Disney y en Frozen se rechazó explícitamente la imagen del príncipe azul encantador y rescatista, héroe de Blancanieves, Aurora y Ariel.

Hay un antes y un después en la historia de las princesas. Aquellas que llevábamos en nuestras loncheras y de las que nos disfrazábamos para Halloween; ahora parecen una generación de ancianas desubicadas frente a esta era de monarquía femenina lanza flechas y navega océanos.

Y aunque en muchos aspectos han innovado las narrativas de estas películas, no todo el mundo queda satisfecho con la representación de la diversidad en la gran pantalla de Disney.

La comunidad LGBT sobre todo enfatiza en el hecho de que ningún personaje ha demostrado alguna tendencia distinta a la heterosexual y por tanto que esta sociedad no goza de representación digna en los universos de una de las industrias audiovisuales más grandes del mundo, un imperio que además juega como ejemplo a seguir para las generaciones más pequeñas.

Por esa razón, la comunidad LGBT ha tratado de descifrar (o asignarle) una sexualidad a aquellos personajes que en las historias no demuestran explícitamente sus inclinaciones.

Eso hicieron con Elsa, resaltando el hecho de que su comportamiento podría reflejar que es lesbiana; con Olaf que también parece ser homosexual y con Lefou, el primer personaje que Disney admitió podría ser gay.

Ver relacionado: Mi reseña de ‘Beauty and the Beast

Esta acción ha sido bien recibida por muchos y condenada por otros bajo el argumento de “qué forzado asignarle una inclinación sexual a una comiquita”.

La última controversia de este estilo toma lugar con la próxima película en vida real de Mulán. Esta será una más de los varios remakes de los clásicos de Disney, y cómo La Bella y La Bestia será con personas y por su historia de guerreros, va a ser de acción.

Se iba a estrenar este año, pero desde que se han revelado algunos cambios significativos a la historia, la opinión pública está tan movida que la fecha se rodó hasta el 2020.

Según se reveló en abril, muy probablemente la película no cuente con números musicales, ahora existe el papel de una bruja, el de una hermana y más importantemente se borró del libreto el rol de Li Shang, dato que nos devuelve al tema de las quejas LGBT.

Li Shang es este tipo:

Si mal no recuerdan la historia de Mulán, cuando la protagonista se está haciendo pasar por un hombre guerrero, Li Shang (capitán del ejército chino) empieza a enamorarse de ella y una vez que es revelado el género verdadero de Mulán, el amor florece y todos son felices.

Los condenados “malintensos” de la comunidad LGBT acuñaron a Li Shang como el máximo representante de la bisexualidad, por este primer enamoramiento de Mulán cuando se pensaba que era hombre. Por esta razón se pusieron furiosos al descubrir que este personaje no estaría más en la historia.

Rellenando el lugar de media naranja de Mulán, está un nuevo personaje con el nombre de Chen, que iniciará siendo un gran rival guerrero para ella y una vez revelada su identidad, se enamorarán irremediablemente.

Entonces aquí es donde se divide la opinión pública, en aquellos que se desgarran las vestiduras por el insulto a la comunidad LGBT al eliminar el único ícono bisexual de Disney y en los otros que piensan que es un absurdo siquiera asignarle sexualidad a Li Shang, porque es una comiquita.

A favor de los que protestan podemos justificar que la representación en el cine siempre ayuda a hacer ver públicamente la aceptación social plena de minorías y tampoco podemos negar que se ve exagerado montarle un historial sexual casi sin fundamentos a una comiquita.

Independientemente de la posición que se tome ante la sexualidad de este hombre, yo lo que lamento es que nadie va a cantar la primera canción de autoayuda que entoné con tanto orgullo de pequeña: