Lo que pasa cuando ves demasiado The Food Network - The Amaranta

Mi mala adicción con The Food Network

Porque mi motto es “barriga llena corazón contento”.
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Unir dos obsesiones no suele ser una buena idea, de hecho nada en exceso es bueno.

Por esta razón, yo paso mis días luchando contra dos fuerzas que me inclinan a perder mi tiempo: mi amor por la comida y lo mucho que me gusta la televisión.

Para mi fortuna y desfortuna a cualquiera cercano a mi, hace ya un tiempo DirecTV se afilió a la señal de The Food Network. Así mis mayores obsesiones y miedos se fusionaron para abrir paso al Apocalipsis en mi casa.

En hogares en los que hay varones, es usual oír a una persona quejarse al entrar en la casa porque de música de fondo lo que hay es la voz de un impertinente narrador de partidos de fútbol argentino, una barra con un canto indistinguible o Fernando Petrocelli pegando gritos en Fútbol Total. Mi casa por lo contrario es el lugar en el que se escucha incansablemente durante 8 horas diarias (a veces ininterrumpidas) la voz de Guy Fieri asombrado por un sánduche de pulled pork.

Guy Fieri

Guy Fieri

De toda la vida he sido fanática de la cocina y supongo que es por la simple razón de que me gusta comer bien. Mi abuela me regaló mi primer libro de postres a los 9 y de ahí alimenté mis ojos y (según mi madre) mi rabo. Eventualmente descubrí que la cocina era más divertida que la repostería y cambié las galletas por el cochino.

Crecí, el arroz quemado se convirtió en paella y además conseguí un grupo de amigas que disfruta más hablar de los mejores cortes de carne que de carteras.

Nuestros fines de semana mutaron a encuentros que se desenvuelven alrededor de un buen plato de comida y en los que la primera pregunta antes de “¿qué vamos a hacer este fin? es “¿en qué casa vamos a hacer los edamames que compré esta semana?”.

Como si fuera poco, de hace un par de años para acá el internet ha sido el hito y génesis de una oleada de videos gastronómicos sorprendentes. Desde Tasty hasta la cuenta de Instagram de Dominique Ansel, esa hambre por saber más de comida se convertía en la peor de las drogas. Tan buena que nunca sacia.

De nuevo, para mi fortuna y la desfortuna de todos a mi alrededor, después de un tiempo de manguarear como siempre lo hago en los canales de televisión, me topé una buena tarde con The Food Network y desde entonces el problema solo ha ido in crescendo.

En primer lugar, como cualquier problema de adicción, arrastré a mi familia a mi problema y hoy en día los temas de conversación alrededor de la mesa durante la cena son discusiones de cómo vimos que Giada de Laurentiis espesa el roux para hacer una buena salsa.

Giada de Laurentiis

Giada de Laurentiis

En segundo lugar, mis amigas también parece ser que han empeorado con el tiempo. Dicen por ahí “mira con quién andas y te diré quién eres”. Pues si alguien conoce a mis amistades, sabrá que lo que somos es las corredoras máximas en la carrera a ver quién llega primero a la obesidad mórbida. No me malinterpreten, todas son bonitas y flacas, pero de verdad pareciera que lo que queremos es un cuerpo al estilo Norbit.

Con mucha alegría añado que el grupo de comelones crece con el tiempo. Todos colaborando en una cocina, trayendo cosas interesantes para comer y acompañando al chef de la ocasión mientras se dedica al ritual sagrado de cocinar. La ecuasión ha ido más o menos así: más amigos + más comida = mejor la pasamos. Insisto, como buena droga, el culto a la comida ha convertido la cocina en el mejor ejemplo de un crack house.

Por otra parte, y como siempre tiene que haber una baja al high, ver tanto este prestigioso canal de cocina me tiene en depresión. Es obvio que viviendo en Venezuela, el acceso a la mayoría de las cosas que llevan las recetas que veo en televisión no las consigo o debo vender a mi hermano para comprarlas (este debate sigue vigente). Más de una ocasión he regresado de un largo día luchando entre el caos de Caracas y encontrarme de mal humor al prender el televisor y ver que Bobby Flay esparce sobre el más jugoso costillar una salsa de barbecue, mientras a mi no me alcanzó el efectivo para una empanada de carne en la universidad.

Bobby Flay

Bobby Flay

Soy inmensamente privilegiada en mi país porque nunca me ha faltado nada. Pero hablar de comida en esta situación indudablemente toca una tecla muy sensible para cualquier venezolano.

De todas formas, a veces es bonito mentirse e imaginar lo mágico que sería cocinar en un país medianamente democrático y regular, por tanto Cut Throat Kitchen y Guy’s Big Bite son un buen placebo.

Mi problema ha sido un obstáculo en varias situaciones, no es demasiado elegante comer 3 hamburguesas en una fiesta, ni decir que la mensualidad se te fue en comprar alitas de pollo. Mi adicción por The Food Network me tiene desvelada, atrasada con el trabajo y procrastinando absolutamente todos los trabajos para la universidad. Cada vez sé menos de estilos periodísticos, fórmulas estadísticas, sucesos históricos y manejo de una editorial y más sobre cómo Ina Garten adoba correctamente un pollo al horno.

Estoy desvelada, más gorda, con menos dinero y con peores notas. Pero de alguna forma más feliz.

La única manera de parar esta adicción es que mi mamá deje de pagar el cable, y hasta ahora no le había dado la solución a mi problema, así que mejor que no lea este artículo.

Si alguien me busca, a las 9:00 p.m. estaré viendo Beat Bobby Flay, así que no molesten.