Descubriendo el wabi-sabi: la belleza de la imperfección y la simplicidad

En la tradición socrática, lo eterno, perfecto y universal del reino de las ideas se ha replicado en el mundo material bajo la forma de impresionantes y ostentosas estructuras sostenidas por cadenas de columnas de mármol y el típico techo a dos aguas, herencia de la fachada del Partenón. De este modo, la armonía y la simetría occidental contrasta con la melancolía y la imperfección de la estética japonesa.

Wabi-sabi es el nombre de una filosofía originaria de Japón que ha caracterizado no solo los fundamentos del mundo material y artístico de esa cultura, sino también una perspectiva de vida fuertemente influenciada por los principios budistas de la impermanencia y la serenidad espiritual, ambos conceptos muy útiles para estos tiempos de abrumadora competencia y fijación con el éxito material en el mundo occidental. 

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Compuesto por dos palabras, el término wabi-sabi tiene sus orígenes durante uno de los períodos más inestables de Japón. A mediados del siglo XVI, mientras Occidente se abría paso por el mundo con las expediciones de los portugueses y de los españoles, y la dinastía Ming florecía en China, los japoneses, por su parte, estaban sumidos en pobreza e inestabilidad económica y política. Era la época de los samuráis y del fuerte régimen militar, solo las clases altas gozaban de privilegios y podían tener una vida extravagante que usualmente se manifestaba en suntuosas ceremonias del té celebradas en grandes y lujosos salones. 

El uso del té traído de China era tanto un símbolo de conexión espiritual para quienes no gozaban de privilegios como un ritual de despilfarro para los más acaudalados mercaderes de la sociedad japonesa. Con el tiempo, la tradicional ceremonia del té se hizo cada vez más ostentosa y exagerada en la medida en que los mercaderes prestamistas de los samuráis se hacían más ricos. Con utensilios bañados en oro y grandes salones, esta costumbre comenzó a transformar su significado espiritual en uno de estatus económico. 

Sen no Rikyū
Grabado (ukiyo-e) de Sen no Rikyū
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Según Beth Kempton, autora de Wabi Sabi: Japanese Wisdom for a Perfectly Imperfect Life, fue Sen no Rikyū, considerado el “padre del té”, quien paralelamente fue transformando la estética de esta ceremonia, incluyendo solo lo necesario, reduciendo considerablemente el espacio físico destinado para la actividad y reemplazando el lujo de los utensilios de mármol y oro por materiales como la arcilla y el bambú. Esta revolución de la ceremonia del té trajo consigo una transformación en el paradigma de la estética japonesa: se retomó el ideal de la simplicidad, la frugalidad, la quietud y la belleza de lo sublime, denominado wabi. Por su parte, la palabra sabi, según explica Kempton, alude a esa nostalgia por el paso del tiempo, a esa condición de deterioro que solo viene dada por la temporalidad y por la impermanencia de las cosas. Es “la refinada elegancia de la edad”, la belleza que se revela desde lo profundo, desde la esencia de las cosas, el ciclo de la vida en la naturaleza y nuestra mortalidad. 

utensilios para la ceremonia del té wabi sabi
Grabado (ukiyo-e) utensilios para la ceremonia del té
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Así, el término compuesto “wabi-sabi” implica un aprecio estético por la simplicidad, la imperfección y el ciclo de vida natural de todo lo que existe. Arraigado en los principios budistas de impermanencia y totalidad del universo, esta filosofía, además de ser una afirmación estética sobre lo que los japoneses consideran belleza, también es una forma de ver y entender la vida. El término está tan anclado en la cultura de ese país que ni siquiera está en los diccionarios, pues refiere más a un sentimiento, a un modo de apreciar la bello como algo particular e individual, y no universal, como sucede en Occidente. Wabi-sabi se relaciona más con una respuesta particular ante la belleza austera y orgánica, similar a un pálpito, a una sutileza en lo que no se dice de las cosas, en apreciar lo que está bajo la superficie, o como diría James Joyce: “un encantamiento del corazón”.

En Occidente, el lado estético del wabi-sabi es lo que se ha popularizado dentro de los círculos del diseño y la arquitectura. El uso de materiales como la madera, los textiles y el concreto, además de los tonos tierra y las cerámicas reparadas al estilo Kintsugi, conforman quizá una tendencia en el diseño de interiores introducida en nuestra cultura por Axel Vervoordt, autor del libro Wabi Inspirations. Igualmente, las nociones del minimalismo que parten de esta concepción oriental del mundo se han popularizado desde el punto de vista material gracias a figuras como Marie Kondo o Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus. Asimismo, en una entrevista para David Letterman, el rapero Kanye West confesó ser un gran admirador de la estética wabi-sabi, incluso mostrando en el programa cómo su mansión está influenciada fuertemente por esta filosofía. 

No obstante, más allá de ser una tendencia en la decoración y en el diseño de interiores, el wabi-sabi quizá puede ayudarnos a los occidentales en un aspecto menos tangible, pero más poderoso. Vivimos en un mundo sobreestimulado por la tecnología y por nuestra obsesión con la productividad, la necesidad de que todo a nuestro alrededor sea rápido y eficiente nos tiene agotados y abrumados. Los altos estándares de éxito material y de estilo de vida que nos venden la publicidad y las redes sociales nos mantienen sumidos en esta constante presión e inseguridad que nos desgasta y nos hace cada vez más adictos a la validación externa y a la comparación con los demás. 

Lo que el wabi-sabi nos enseña es a comprender que la vida también se puede mirar con otros ojos, desde una perspectiva distinta que nos ayude a enfocarnos en lo que realmente importa y que nos permita bajar nuestras revoluciones, y darnos el permiso de no ser perfectos todos el tiempo. Esta filosofía motiva a pensar nuestro lugar en el mundo de una manera consciente, entendiendo que no necesitamos juzgarnos y presionarnos para aparentar estar dentro de los estándares impuestos por otros, que somos seres mortales y que nuestra individualidad, con sus defectos y virtudes, es válida. En la medida en que soltemos el control y apreciemos que en la imperfección hay una inmensa belleza pero también una gran fortaleza, en esa medida, estaremos practicando el wabi-sabi.

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