antidepresivos

Tomar o no tomar antidepresivos

La depresión es una condición delicada, no es tan simple como sentirse triste o down en determinado momento del día, al terminar un libro o una serie en Netflix. La Asociación Americana de Psiquiatría definió esta enfermedad por primera vez en 1968 como “un desorden mental afectivo con ánimo disfórico y pérdida de interés que no puede describirse o desglosarse en partes simples”. Adicionalmente, según la Organización Mundial de la Salud, se estima que 340 millones de personas sufren alguna forma de depresión clínica y que esta será la causa principal de discapacidad y el segundo contribuyente a la carga mundial de morbilidad para el año 2020. 

El criterio para su diagnóstico como síndrome clínico está estructurado en un test basado en esta definición original de la condición. Sus síntomas, aunque varían en intensidad, van desde sentimientos de tristeza durante un período relativamente corto de tiempo hasta la desesperación profunda, la culpa extrema, la desesperanza y los pensamientos suicidas. La depresión crónica también puede producir síntomas conductuales y físicos, como fatiga, insomnio, impotencia, llanto frecuente, dolores crónicos y aumento o pérdida excesiva de peso. Se trata de una condición compleja, multidimensional, que puede resultar confusa al momento de su diagnóstico y posterior tratamiento. 

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A principios del mes de agosto de este año, la autora y candidata a las elecciones primarias del partido demócrata estadounidense, Marianne Williamson, afirmó tanto en Twitter como en distintos programas de televisión que los antidepresivos hoy en día suelen ser prescritos de manera indiscriminada y que lo mismo sucede con el diagnóstico de la depresión, señalando que existe un rango normal de emociones típicas de la crisis existencial humana que no debería considerarse una manifestación de un cuadro clínico. 

Si bien está claro que la depresión puede ser una enfermedad mental grave, según la escritora y gurú espiritual, también hay quienes experimentan sensaciones que se sitúan dentro del espectro normal de emociones humanas, las cuales no deberían anestesiarse a través del uso de antidepresivos. En entrevista con Anderson Cooper para CNN, Williamson hizo frente a la polémica insistiendo en que “cuando atravesamos situaciones de desespero normales como el dolor ocasionado por un divorcio, una ruptura amorosa, la muerte de un ser querido o un fracaso financiero, a veces hay valor en sentir ese sufrimiento. Hemos perdido la noción de que hay momentos en que la tristeza forma parte de la vida”. 

Las controvertidas declaraciones de la candidata demócrata despertaron suspicacia entre la opinión pública, pues la acusaron de contribuir con el estigma social que existe en torno a la depresión y al consumo de antidepresivos. En un artículo publicado en la revista Rolling Stone titulado Marianne Williamson is Dangerously Wrong About Antidepressants, incluso se le señala de promover información falsa y de insistir en que esta condición es un estado mental que puede superarse a través del pensamiento positivo, tildándola de persona no calificada para dar su opinión en cuanto a estos temas, ya que además de equivocada, su postura es peligrosa y dañina. 

Si bien los argumentos que Williamson maneja con respecto a la depresión y al consumo de antidepresivos pueden rápidamente despertar rechazo y opiniones completamente opuestas, existen elementos en su discurso que no están dislocados de la realidad y que pueden llevarnos a entender por qué en una cultura que constantemente promueve la felicidad como fin último de la vida, el sufrimiento puede ser visto como una anomalía que obstaculiza el alcance de esta meta. 

Discernir por nuestra propia cuenta entre sentirnos tristes y padecer un cuadro depresivo que deba ser tratado es irresponsable y poco aconsejable, puesto que es competencia de un especialista. No obstante, en un artículo para The Spectator, titulado Why Marianne Williamson is right about antidepressants, Theodore Dalrymple, plantea que el problema del diagnóstico psiquiátrico puede encontrarse en la ausencia de síntomas físicos relacionados con el trastorno mental, por lo que determinar la severidad de la condición resulta más complicado de lo que se cree, puesto que “no existen marcadores biológicos que permitan distinguir lo grave de lo trivial o lo verdadero de lo falso” y debido al riesgo de demandas, los doctores suelen preferir diagnosticar depresión y recetar antidepresivos sin que la persona los requiera o sufra de un cuadro clínico severo. 

20th Century Women antidepresivos
20th Century Women (2016)
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Responder a la pregunta sobre si debemos tomar antidepresivos o no es, entonces, más difícil de lo que pensamos. Si vivimos en una cultura centrada en la búsqueda constante de la felicidad, la presión por llenar esas expectativas inevitablemente llevan a estados de ansiedad y frustración que pueden degenerar en sufrimiento e infelicidad. La cultura ha puesto una carita feliz en nuestros rostros para tapar la complejidad de nuestra naturaleza y la industria farmacéutica nos ofrece una pastilla para abolir cualquier sensación que nos impida ser felices, pues creemos que la felicidad es ausencia de sufrimiento. 

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Aristóteles, en su Ética nicomaquea, relaciona la felicidad no con el placer, ni la ausencia de dolor, sino con llevar una vida virtuosa que nos conduzca al buen vivir. Una vida buena, será para el filósofo, aquella que nos permita alcanzar el mayor bien haciendo el bien. “La felicidad para Aristóteles, entonces, no es un sentimiento sino la evaluación de una vida bien vivida”, plantea Darrin McMahon, autor de Happiness: A History. La transformación de esta noción de la felicidad hacia un sentimiento que debemos alcanzar en todo momento llega con la Ilustración en el siglo XVIII, cuando se empezó a definir la felicidad como una emoción placentera y deseable por encima de todas las cosas. Maximizar el placer y minimizar el sufrimiento se convirtió de este modo en tema central para la cultura occidental. 

El economista británico Jeremy Bentham, padre del utilitarismo, definió la felicidad en términos de relación placer/dolor, con la famosa frase “la mayor felicidad para el mayor número de personas”. Incluso, Thomas Jefferson, al redactar la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, estableció la búsqueda de la felicidad como un derecho individual inalienable. De esta manera, el legado de la Ilustración ha sido determinante para establecer los criterios de felicidad y bienestar como ordenadores de la vida y no el servicio a Dios o la trascendencia espiritual como habría sido durante la Edad Media. “Ya no queremos vivir según la belleza, el honor o la virtud. Queremos vivir para ser felices”, asegura McMahon. 

Quizá la entronización de la felicidad como búsqueda máxima del placer, además de ser el legado de la Ilustración, también está enlazada con la prosperidad tecnológica y económica que ha caracterizado a Occidente en los últimos siglos. La relación del placer con el lujo, el éxito profesional y el materialismo es lo que en la actualidad cimenta las bases de nuestra neurosis, de nuestra obsesión por ser felices y de nuestro rechazo al sufrimiento. 

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Según el Reporte Mundial de Felicidad que evalúa a un total de 156 países con respecto a sus niveles de bienestar social, para el 2018 los índices de felicidad en lugares como Estados Unidos, Reino Unido, Australia y Canadá desmejoraron notablemente con respecto a años anteriores debido al clima de incertidumbre política, los desastres naturales y al aumento de los niveles de ansiedad generalizados. Por su parte, el consumo de antidepresivos ha aumentado considerablemente en países desarrollados como los antes mencionados, además de España, Portugal e Islandia, siendo este último el país con el mayor número de usuarios per cápita de medicamentos psicofarmacológicos de acuerdo a cifras de la Organización Mundial de la Salud. 

En un artículo publicado recientemente por The New York Times titulado Are We Living in a Post-Happiness World?, Laura M. Holson explica que quizá la felicidad sea una meta cuesta arriba en nuestros tiempos, una ambición que cada vez se nos hace más difícil satisfacer, de modo que ese estado de felicidad pleno y constante ha sido sustituido por una meta más alcanzable: los pequeños momentos de alegría. Si bien es cierto que la felicidad es subjetiva, la presión cultural por lograr eso que tanto deseamos —esa carrera, esa casa, esa relación— cada vez nos acerca más a conformarnos con instantes de alegría, con la gratificación rápida y poco trascendente para poder continuar con nuestras rutinas. Aunque aún predomina el rechazo a los sentimientos considerados negativos, pues no solemos considerarlos una forma de aprendizaje, el mundo que vivimos hoy, con las redes sociales, las largas jornadas laborales y la incertidumbre política, nos ha llevado en cierto modo a bajar nuestras expectativas con respecto al alcance de la  felicidad. 

Según el crítico y teórico esloveno Slavoj Zizek la felicidad funciona como una suerte de paradoja: «Realmente no queremos lo que creemos que deseamos», dice en una entrevista para Big Think. Asimismo, explica que la felicidad es una categoría poco ética anclada en los principios ideológicos de la Ilustración. En realidad no queremos ser felices, deseamos perseguir nuestro propósito y para ello estamos dispuestos a sufrir, a dejar el pellejo por lo que da sentido a nuestras vidas; lo que nos satisface creativamente no es necesariamente lo que nos hace feliz. Y es que según el teórico, la cultura nos enseña a desear aquello que el Otro desea, lo que creemos que nos hace felices está en mayor o en menor grado condicionado por la ideología. La publicidad, las redes sociales y otros productos culturales como el cine no son reflejo de nuestros sueños y deseos, sino que más bien nos dicen cómo desear, tal y como explica Zizek en el documental The Pervert’s Guide To Cinema (2009), pues no hay nada natural en nuestros deseos porque son artificiales, la cultura es lo que construye en nosotros las nociones acerca de qué y cómo desear.  

Nuestras vidas se hacen más interesantes y satisfactorias en la medida en que les demos un significado. Zizek coincide con Nietzsche en esa idea de que lo que realmente queremos no es ser felices por el hecho de ser felices, sino estar dispuestos a sufrir por satisfacer nuestro propósito de vida y que paradójicamente esta felicidad será una suerte de efecto secundario. Que nuestra existencia tenga un sentido es quizá más importante que vivir una vida feliz y placentera, pero vacía, según plantea Nietzsche: “La humanidad no lucha por la felicidad, eso solo lo hacen los ingleses”, afirma en su libro El ocaso de los ídolos (1889), en una clara referencia al utilitarismo inglés, ya antes mencionado. El filósofo alemán, muy crítico de este razonamiento inglés, está convencido de que los individuos están dispuestos a pagar el costo de un gran sufrimiento para lograr grandes cosas con su vida: Miguel Ángel no pintó la Capilla Sixtina pensando que era una actividad placentera, ni Cervantes escribió El Quijote porque le proporcionaría una gran felicidad al final, pues ese cálculo entre placer y dolor deja de tener importancia cuando lo que nos motiva es nuestra pasión e interés por una actividad que le dé sentido a nuestra existencia y no el deseo de satisfacer nuestro hedonismo. 

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Aunque evidentemente existen casos graves y notorios de depresión que deben ser tratados por un especialista, en otros casos, donde lo que predomina es la insatisfacción y la ansiedad, tal vez sea necesario que evaluemos si realmente lo que estamos haciendo es tratar de satisfacer una noción culturalmente construida de felicidad o si nuestras vidas carecen de un propósito mayor. De pronto revisar el origen de nuestro sufrimiento sea más valioso antes de reprimir nuestra angustia existencial tomando antidepresivos. 

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