Relaciones 1980 vs. 2017

Relaciones 1980 vs. 2017

Nuestras mamás suelen hablarnos sobre “aquella época”, con los bailes, las costumbres, etcétera; y mientras tanto, nosotras solo podemos imaginar una época en la que Ozuna no había nacido para deleitarnos con Corazón De Seda.

Como ya nos lo han reiterado varias veces, la época de nuestra mamás fue muy distinta a la nuestra, pero queremos ilustrarlo mejor con estas dos historias, producto de miles de anécdotas de madres e hijas, cada una situada en su época.

25 de enero, 1980

Eran las 5 de la tarde y Mariana ya estaba regresando de la peluquería. Como ya era usual, se había volado el pelo -inspirada en Farrah Fawcett, aunque sabía que nunca le quedaría así- y se había hecho su copete, sin el cual simplemente no se sentía ella misma. La maquilladora le había preguntado de qué color era su vestido, pero decidió decirle que le hiciera un maquillaje “tipo novia”. Ella sabía que si le decía que su vestido era fucsia terminaría con un maquillaje de ojos tipo “moretón”.

Apenas llegó a su casa, ya estaba su mamá apurándola para que terminara de arreglarse, tuvo apenas 20 minutos para ponerse su vestido, los tacones forrados con la misma tela fucsia, echarse perfume, aplicar una capa más de laca -porque su pelo era demasiado “baba”-, y agarrar una carterita con su pintura de labios.

Mariana, su hermana Elisa, su hermano mayor Diego, el Señor Julián y la Señora Teresa -toda la familia Hernández excepto por el más chiquito, Ricardo, que tan sólo tenía 3 años-, se dirigieron a la Quinta Chulavista para los quince años de María Cecilia Domínguez -o “Machechi”, como le decían en el colegio-.

“Niños, no se les olvide saludar a Juan Armando y Mercedes cuando lleguen. Diego, ni se te ocurra que no vas a sacar a bailar a Machechi y a su mamá. Le pides por lo menos una pieza de la Billo’s a cada una, ¿okey?”, dijo la señora Teresa con su tono autoritario. El señor Julián se notaba un poco decepcionado de tener que ir a un baile más después de un día largo de trabajo. Hoy había tenido una operación de 5 horas y la falta de sueño no se iba a mezclar bien con el whisky que tomaría.

“Okey, mamá”, dijeron Mariana, Diego y Elisa al mismo tiempo. A Mariana aunque le gustaban las fiestas, sabía que no conocería a mucha gente en estos quince años, puesto que ya tenía 21 años y pensaba que estaba bastante grande para este tipo de fiesta. Pensó en sus amigos bailando en Le Club y casi se tira del carro y sale corriendo a la discoteca. Por otra parte, Diego aunque tenía 23 sabía que estaría el grupo de Carlos Armando, el hermano mayor de María Cecilia, así que estaría acompañado. Además le tenía el ojo puesto a la prima hermana de los Domínguez, que seguro estaría ahí. Elisa por su parte estaba emocionadísima, eran sus segundos quince años. Pensó que en los primeros se iba a quedar sentada toda la fiesta esperando a que algún niño la invitaría a bailar pero tres la habían invitado y uno le había pedido el número de su casa.

Al llegar, cada uno se bajó del carro y se dirigieron a la entrada. “Machechi si es dramática”, dijo Elisa al ver la decoración de la entrada. Flores y todo tipo de decoraciones doradas adornaban las puertas de la Quinta, acompañadas de una alfombra en la entrada que hacía que todo pareciera la premier de Grease.

Apenas entraron, la señora Teresa les puso cara de que no perdieran tiempo en saludar a los anfitriones y se dirigieron los 3 hermanos Hernández a saludar a la familia de la cumpleañera. “Mi amor, tu si has crecido”, le dijo Luisa a Mariana y ella sonrió por educación. “Voy a salir de esto de una vez”, le dijo Diego en el oído a Mariana y ella no pudo evitar reírse hacia sus adentros. Pocos segundos después, Diego estaba en la pista de baile con la mamá de María Cecilia, cumpliendo con una de las peticiones de su mamá.

Mariana encontró a las primas universitarias de Machechi sentadas en una mesa. Habían 3 niñas más, se llamaban Elizabeth, Ana María y María Luisa, según le dijo Carmen, la prima de Machechi.

Todas se prepararon para una noche de estar sentadas en la silla, sin nadie que las sacara a bailar, ya que todos los hombres eran menores pubertos que todavía no habían llegado ni a quinto año del colegio.

El tiempo pasó y las niñas se hicieron más y más amigas. Ya María Luisa se llamaba “Lulu” y Ana María era “Anita”. Todas estaban seguras que la noche iba a continuar así hasta que un grupo de hombres -los primos de Machechi, junto a unos amigos-, se acercaron a la mesa.

“Espero no les importe que interrumpamos su conversación para sacarlas a bailar”, dijo Carlos Armando, el primo de Machechi. “¡Ay, perdón Mari! No te había visto”, le dijo Carlos a Mariana cuando la vió y la fue a saludar. Detrás de Carlos estaba un hombre que le parecía conocido a Mariana, ella creía que lo había visto en el cafetín de la Universidad Católica unas cuantas veces, pero no estaba completamente segura; y su dudas fueron aclaradas pronto.

“Tu estudias en la Católica, ¿no?”, le dijo el niño a Mariana. “Sí”, le respondió. “Sabía que te había visto en alguna parte. Mucho gusto, me llamo Nicolás Chapellín”, Mariana le respondió con su nombre y Nicolás la invitó a bailar. Cuando ya se acercaban a la pista, la Billo’s Caracas Boys empezó a tocar una canción de pasodoble y los dos bailaron un rato.

“¿Qué estudias tú?”, le preguntó Nicolás a Mariana mientras comenzaba una canción de salsa, y la pareja cambiaba el ritmo. “Comunicación Social, ¿tu?”, le respondió. “Ingeniería de Producción”, le dijo Nicolás con cara de satisfecho. “Ya veo que te gusta bastante tu carrera”, le dijo Mariana sintiéndose confiada. “Pues claro, Producción es como una hermandad. Comunicación también se quieren bastante, pero cuando estás a punto de raspar AutoCAD y un hermano te ayuda, se forma una relación irrompible”. Mariana se rió y le dijo que él nunca había tenido que hacer de locutor en frente de sus compañeros. Nicolás se rió pero pareció no estar convencido.

“Vamos a sentarnos, ¿te busco algo de tomar?”, le dijo Nicolás llevándola a una mesa con el resto del grupo anterior. Aunque Mariana se moría por una champaña burbujeante para pasar el calor, le pidió a Nicolás un fruit punch, para que a su mamá no le diera un infarto si la veía tomando alcohol. Volvió un rato después con las dos bebidas en la mano. Durante el resto de la noche hablaron con el grupo, pero mucho más entre ellos dos. Discutieron sobre Ilan Chester, las mejores canciones de amor -aunque la mayoría le parecían muy cursis a Nicolás-, películas y demás.

“Creo que me voy”, le dijo Mariana a nadie en particular al ver a su mamá despidiéndose de los papás de la casa y Elisa refunfuñando detrás de ella. Nicolás agarró la servilleta que cubría su vaso, que por suerte no se había mojado y le pidió que le escribiera su número con un lápiz que se sacó del saco. “Mm, no sé”, le respondió Mariana pretendiendo dudar, y se paró para irse. Nicolás la siguió y siguió pidiéndoselo. “Anda, te juro que cambiaré tu opinión sobre Robert Redford, ¡no es tan bueno como dicen!”, le imploró. “Bueno, nada más porque necesito comprobar que es un actor genial”, le respondió mientras escribió el número de su casa en la servilleta. “Te llamo después”, le dijo Nicolás y se despidieron.

Mariana pensó en el encuentro todo el camino hasta su casa.

25 de enero, 2017.

Sofía estaba a punto de rendirse en su misión para salir ese viernes cuando a las 11 de la noche le escribió su amiga Paola por Whatsapp: “Vamos para Le Club, vístete ya. Estoy en tu casa con Luis en media hora”. Aunque a Sofía no le encantaba Le Club porque le parecía que estaba lleno de niños de bachillerato, los viernes prometían un público más adecuado. Sofía corrió a avisarle el plan a sus papás y rogarles que la dejaran ir. “¡Por favor, necesito salir!”, les imploró, y luego de 5 minutos de plegarias accedieron. “¿Te quedas a dormir en casa de Paola?”, le preguntó Angélica, su mamá y ella asintió. “Bueno, mucho juicio. No estés hasta muy tarde que es peligroso”, le reiteró su mamá.

Corrió al baño a arreglarse lo más rápido que pudo. Siguió el protocolo regular para vestirse: abrió su closet, le mentó la madre por no tener suficiente ropa, escogió un skort negro de Zara que le hacía ver las piernas geniales, una camisa holgada, y unos tacones kilométricos para compensar su baja estatura, aunque sabía que se arrepentiría de usarlos a las 3:00am. Se maquilló con lo básico: base, polvo, blush, rímel y pintura de labios. Lo único que sabía hacerse en los ojos era un cat eye que le parecía que hacía resaltar sus ojos castaños.

“Vamos a buscar a Oriana primero”, dijo el mensaje que le mandó Paola. Eso le daba unos 15 minutos más, Oriana vivía al lado. Sofía usó su tiempo sabiamente; se perfumó y se dirigió a la cocina a comer un sándwich de Pan Bimbo y queso para evitar rascarse rápido. Apenas llegó el típico mensaje de “Baja YA” de Paola, Sofía agarró una pequeña cartera en la que metió su pintura de labios y su celular. Por la pijama no se preocupó, Paola le prestaría alguna cosa cuando llegaran a su casa.

Se hizo los últimos retoques en el espejo del ascensor y corrió a la entrada de su edificio. Allí estaba la Merú de Luis parada con la puerta abierta, desde donde se asomaban Andrés, Rafaél, Carla con Oriana montada encima. “¡Corre que no aguanto!”, le gritó Carla. “Cállate, estúpida”, le respondió Oriana con su típico humor sarcástico.

El camino fue apretado, pero bastante breve. Sofía vivía cerca de Las Mercedes. Como preparación para la rumba, escucharon a los mejores del momento: Maluma, J Balvin y Ozuna. Cada uno más niche que el anterior, y ellos lo sabían pero les encantaba.

Al llegar encontraron un puesto cercano y Paola guardó el ticket del estacionamiento en su cartera. “Tenemos mesa, ¿no?”, le preguntó Carla a nadie en particular. “Sí”, respondió Andrés. El grupo esperó un rato afuera en el caluroso estacionamiento mientras el guardia recogía las cédulas, las registraban y los llamaban. Rafaél como tenía contactos en todos lados pasó en 10 minutos, solo le tomó mandarle un mensaje a Maikel -el guardia que conocía-, dar una buena propina y ya estaba adentro. “Mamagüevo”, dijo Luis al mostrarnos la foto que había mandando Rafaél al grupo de Whatsapp, ya adentro con una mujer que no conocíamos.

“Sofía Estrada” dijo el guarda con desánimo y ella levantó la mano desesperadamente, “¡Yo!”. Uno por uno, el grupo de amigos fue pasando hasta que todos entraron a la discoteca y fueron directo a la mesa, donde Rafael ya había pedido un servicio de ron Santa Teresa y estaba acompañado de 3 mujeres, de las cuales sólo conocían a Paulina, la prima segunda de Oriana. “¡Pichu!”, gritó emocionalmente Oriana al ver a su prima y se abrazaron como si llevaran 6 meses sin verse.

“Me Rehúso” de Danny Ocean sonó a todo volúmen y el grupo de niñas se levantó inmediatamente para ir a la pista. Bailaron todas mientras Paola les decía “¡Mi canción!” repetidamente. Los hombres se fueron uniendo paulatinamente; a algunos les gustaba bailar reggaetón, a otros no tanto.

“¿Qué más, bro?” se escuchó por detrás de Luis. Un hombre que aparentaba unos 24 años se acercó y le dió un abrazo. Luis lo saludó igual de emocionadamente. “Él es Juanchi”, le dijo Luis al grupo y el nuevo integrante saludó a todos. “Cuádrame a la del short negro”, le dijo Juanchi a Luis en la oreja y él le puso cara de complot.

Bailaron varias canciones hasta que Oriana se cansó del reggaetón y fue a pedir merengue. Unas canciones después, sonó “Yo No Sé Mañana” de Luis Enrique y Oriana pareció desinflarse. “¡Le pedí merengue! No tengo ni idea de cómo bailar salsa”, dijo. Uno de los amigos de Juanchi que ahora se había unido al grupo aprovechó la oportunidad de enseñarle como táctica de seducción.

“Me encanta la salsa”, dijo Sofía. Esta vez fue la oportunidad de Juanchi de aprovechar, le agredeció a Dios que su mamá se hubiese puesto intensa en enseñarle a bailar salsa y sacó a Sofía. Bailaron dos canciones más hasta que la música volvió al reggaetón y los dos necesitaban tomarse un respiro. “Ven, vamos a tomarnos algo”, le dijo Juan Andrés a Sofía, y la guió hasta el bar. Compró un cuba libre para cada uno y saludó al bartender: “¿qué dice el jefe?”. “No mucho, menor. Trabajando”, le respondió.

Hablaron por horas sobre música, películas y como no podía faltar, Donald Trump. “Es un maldito imbécil”, le dijo Juan Andrés y Sofía estuvo de acuerdo. Se movieron a los sofases cerca de las mesas para continuar la conversación y Juan Andrés parecía acercarse cada vez más, hasta llegar a lanzarle la cara a Sofía.

Sofía se alejó un poco y sacudió la cabeza pícaramente. “¿Por qué no?”, le dijo Juan Andrés. La típica pregunta con la misma respuesta, pensó Sofía. “Porque no”, le dijo. “Bueno, por lo menos dame tu Snapchat”, Sofía no encontró una excusa para negar y se lo dió. Momentos después llegó Paola. “¡Sofi! Nos vamos ya. La mamá de Luis se puso toda paranoica con la hora y le dijo que nos dejara en mi casa ya”, le dijo con tono de disculpa. Aunque la estaba pasando bien, Sofía se despidió de sus amigas y luego de Juanchi. “Estamos hablando, cuídate”, lo dijo él mientras se despedía.

No pasaron 10 segundos de haberse montado en el carro cuando Paola volteó desde el asiento del copiloto con mirada acusadora. “Te vi bien cómoda con Juanchi”, le dijo a Sofía. “Es chévere”, respondió Sofía, sabiendo que Luis era su amigo y no podía dar grandes explicaciones sobre su atracción. Sofía le puso cara de “te cuento después” a Paola y continuaron el resto del viaje a su casa hablando del DJ, lo flaca que estaba Carla y que debían haber comprado más alcohol. 

… to be continued.