¡Qué difícil es dejar un vicio!

En el mundo existen mil y un adicciones de las que el ser humano podría depender; las drogas más comúnmente, el trabajo, el sexo, el dinero, la comida, los juegos de azar, Netflix, y la lista continúa. En fin, podemos ser adictos a literalmente cualquier cosa. (menos al house; nadie puede ser adicto al house)

Nosotros los jóvenes, cuando empezamos a salir del nido de amor y protección que nos brinda papi y mami, inicia la etapa de degustación: tragos interesantes en las fiestas, el café necesario que empieza solo en las mañanas, los teléfonos demasiado inteligentes, la pornografía en internet, las varas de químicos envueltas en rolling paper, las varas de algo-menos-químico-y-más-verde también envueltas en rolling paper, y luego de ir probándolo todo, desarrollamos gusto por algunos, o por otros vicios.

Sí, todo lo que nombré anteriormente se considera un vicio.

Mis amigas y yo, durante el colegio, éramos el grupo de las niñas fumadoras de padres divorciados; porque casualmente, alguno de nuestros padres o madres siempre cargaban encima una cajita de cigarros en el bolsillo. No fue sino hasta que una de nosotras decidió robarle un par de cigarros a su papá y llevarlos a una pijamada, que desciframos cómo aspirar el humo sin ahogarnos y vernos cool en el intento.

Y así empezó todo.

Cigarros a escondidas en las fiestas. Cigarros en público, pero solo en las fiestas. Cigarros solo los fines de semana. Cigarros después del colegio. Y de la noche a la mañana se convirtió en: primera acción del día; 5:00 a.m. *hora para ir a la universidad* cigarro en boca.

La nicotina pasó a ser para mí, una dependencia tan grande que, con solo ver la caja y que me quedaran unos cinco cigarros para todo el día, me daba una ansiedad/mortificación enorme. Me gasté millones en cajetillas sin importar que subiera el precio; me reía en la cara de la gente cuando me decían: “sabías que eso es malo, el cigarro da cáncer”; me molestaba estar en espacios donde sabía que no podía fumar, y por ende, todo era sinónimo de justificación para prender un cigarro, TODO:

  • Cuando estoy feliz: cigarro.
  • Cuando estoy estresada: cigarro.
  • Si raspé un examen: cigarro.
  • Si saqué excelente nota en un examen: cigarro.
  • Tengo hambre: cigarro.
  • Comí demasiado: cigarro.
  • Me voy a tomar un café: cigarro.

Sin duda el mejor es el que acompaña al café…

Hasta que un día, mi mamá (excelente fumadora como yo) finalizando un viaje a la playa donde nos habíamos fumado entre las dos, todos los cigarrillos del año anterior, me pidió que ambas dejáramos el vicio y que en el proceso nos diéramos mutuo apoyo.

Yo, sin pensarlo dos veces, y con la preocupación de que ella tenía casi toda su vida fumando, le dije que sí.

Vaya proceso…

Empezando el 2016 fue cuando decidimos divorciarnos poco a poco de la adicción con ayuda de unas pastillas, y que mis amigas fumadoras se mudaron del país, debo agregar. El tratamiento consistía en empezar a tomarse la medicina una semana antes de dejar el vicio por completo. En esos siete días, cada cigarro que me fumé, lo hice con todo el detalle, hasta que nos fumamos el último en la cocina de la casa las dos, casi con lágrimas en los ojos (no estoy exagerando).

Ahora sí debo agregar:

¡Qué difícil es dejar un vicio!

El primer mes sin duda fue el peor. Me limité esos primeros fines de semana a no salir de noche, porque sabía que si lo hacía y me tomaba cualquier sustancia con alcohol, encontraría un cigarro y me lo fumaría. Hasta que salí un viernes a un cumpleaños, donde máximo había quince personas y una de ellas se prendió un cigarro. Si una de mis amigas no me hubiese jalado del brazo, me le hubiese lanzado encima para quitárselo de la mano.

Repito:

¡Qué difícil es dejar un vicio!

Pasaron los meses y la ansiedad fue disminuyendo poco a poco. Pasé por loca varias veces cuando en fiestas me pegaba a personas fumando para simplemente “oler”, o cuando agarraba las cajas y las olfateaba tal cual niña enferma. Subí de peso, debido a que por inquietud comía más. Me dediqué a hacer un poco de ejercicio y ganar la resistencia que había perdido por el vicio; y pasé el reto más difícil: la llegada de todas mis amigas fumadoras a pasar el verano en mi ciudad.

Como era de costumbre, ese mes con mis bffs fue un despilfarro descontrolado de nicotina, alcohol y comida hasta más no poder. Las nubes de humo me rozaban las narices y me invitaban a fumarme el mundo entero. Veía el cenicero desbordado y a mis amigas con sus varitas en la mano y solo por la nostalgia, me daban ganas de prenderme cuatro Marlboro Light e unirme.

Gracias a mi invaluable fuerza de voluntad y el pasar de los meses en abstinencia, no caí en el vicio. Ya iniciando el 2017 y con mucho tiempo de limpieza, puedo afirmar que las adicciones sí son superables; también es difícil, pero con el tiempo vas acostumbrándote poco a poco a vivir sin ellas y a sacarle el lado positivo a la abstinencia. La tentación siempre está; pero también está ese sentimiento de orgullo cuando te levantas al día siguiente después de salir y te das cuenta que no caíste en ella una vez más.

Como me dijo una vez una tía ex fumadora:

“Ay mi amor, y pa’ que sepas, las ganas nunca se quitan”.

Llevo un año sin fumar btw. 

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