Playing Dress Up

Como todos los martes, me dirigí a la oficina para asistir a la reunión editorial de The Amaranta.

Como todos los martes, procrastinamos un buen rato antes de empezar a compartir las ideas para los artículos de esa semana.

Como todos los martes, bebimos un aproximado de 12 tazas de café entre todas.

Como todos los martes, nos encerramos de 3 a 7 de la noche en los head quarters de GK Media hasta culminar el consejo.

Era un martes cualquiera, pero obviaba la novedosa presencia de nuestra nueva redactora y correctora (María Fernanda Figuera).

Mi mejor amiga de la infancia, la persona que conozco que más disfruta reírse a cuestas de otros, y la que por sobre todas las cosas, busca que los artículos que escribo con base en experiencias personales, resulten lo más nutritivos para ustedes los lectores y lo más absurdamente divertido para ella. (Véase the move como ejemplo)

La presencia de este espíritu burlón y dionisíaco ese martes resultó en que una muy bonita idea que tenía para un artículo terminara en una semana de tortura, experiencias bajo el escrutinio público, un viaje de profunda vulnerabilidad y fotos incómodas diarias.

Mi idea era sencilla y agradable, escribir un artículo sobre cómo las personas a partir de lo que visten pueden cambiar de actitud frente a otras personas. Era una relación de causalidad entre esa niña con extrema confianza en una fiesta y el hecho de que viste su vestido favorito.

Para mí, vestirse además de reflejar quién eres y cómo te sientes, puede dictar de una manera nuestro comportamiento físico y la forma en la que nos perciben los otros.

Nuestra editora quedó fascinada con la idea y el resto de las escritoras sintieron gran curiosidad por la tesis que había planteado. De nuevo, yo ignoraba el hecho de que María Fernanda estaba navegando las aguas de la oficina de The Amaranta por primera vez, y como una sardina solitaria en el océano, me embistió y devoró en un segundo como un tiburón con la siguiente frase:

“Ainoa, ponlo a prueba brother. Vístete una semana de distintas formas y ve qué pasa. Escribes de eso”

Se me heló la sangre mientras observaba como los ojos de Mots brillaban como si hubiese encontrado un tesoro y el resto se reía a carcajadas a medida que iban surgiendo las propuestas para moldear la idea de mi ex mejor amiga.

30 minutos de charlatanería, risas e idas al baño para evitar hacernos pipí encima por la idea; nació la razón de este artículo.

El objetivo era simple: cada día, durante una semana yo tenía que vestirme como un estereotipo y observar si mi actitud cambiaba y si la gente a mi alrededor observaba algo distinto.

Las reglas eran pocas: no podía decirle a nadie la razón por la que estaba disfrazada, tenía que fotografiar mis atuendos y por último, no morir de pena en el intento.

He aquí lo que se decidió ese día que iba a usar: las pruebas fotográficas son para demostrar que este relato es tan verdadero como que la hija de Beyoncé parece JayZ con vestido.

Habiendo justificado el hecho de que no soy tan loca como mis artículos lo demuestran, bueno casi, empieza la narración de lo que sentí y observé esos infames 7 días.

Miércoles, día 1. 

Preppy:

Culpo a Blair Waldorf y a quién haya escrito Pretty Little Liars de hacer que la sociedad acepte el hecho de que vestir entre monja, testigo de Jehová y niña malcriada de Country Club está bien. Porque no lo está. La ropa es incómoda, da calor y repele al sexo masculino.

Me levanté a las 5:30 a.m. porque me tenía que secar el pelo, me puse un cintillo en la cabeza, una camisa de botones, un suéter Lacoste y unos Oxford de cuero que no había usado desde 2011.

Busqué a una amiga, y por ser las 7 de la mañana ignoró mi atuendo. De esa me salvé. Una vez en la Universidad, era inevitable que el resto de mis amigas no notaran mi nueva ropa, por lo que después de miradas desconcertadas se burlaron de que estaba usando un suéter cuando hacía 30 grados, de que estaba particularmente arreglada y que mis zapatos de repente me sacaran ampollas que impedían que caminara como normalmente lo hago.

Ya recordaba por qué no usaba los zapatos desde que Las ketchup estaban de moda.

De peor humor me encontré en la última clase burlándome de mí misma. Decidí hacer un monólogo en inglés como si fuese una integrante de una sorority que se llamaba Stacy. Se puede decir que la ropa tuvo efectos en mí.

Jueves, día 2. 

Punk:

Aunque tocaba “white girl”, me levanté tarde y no pude buscar la ropa adecuada para el disfraz. Entonces me adelanté un día y me vestí de corta venas.

Un choker, delineador a las 6 a.m., una camisa de AC DC y los labios vinotintos acompañaban perfectamente mi ahora habitual mal humor.

Para ser sinceros, evitando algunos factores esto era lo más parecido a lo que uso habitualmente. Entonces las burlas solo fueron dirigidas a mi uso ilógico de maquillaje extremo. 

En la Universidad mi actitud no cambió, salvo el susto que me pegué cuando noté que el grupo que experimenta con drogas recreacionales veía en mi una integrante nueva en potencia.

Viernes, día 3. 

White Girl:

Este sin duda es el estilo más cómodo. Situación que encajó perfecto con el hecho de que el día anterior había salido de fiesta y después de unos cuantos tragos y media caja de Marlboro, me explotó una resaca al estilo que desearías no haber nacido nunca.

Hediendo a ron y extremadamente cansada llené mi termo de Starbucks de agua, me hice un moño desarreglado y adopté una actitud como si Stacy, nuestra amiga preppy, hubiese bebido su primera cerveza en un frat party. Estaba insoportable, no sabía si era por el reto, el mal humor, el dolor de cabeza, o el hecho de que no conseguí unos Uggs para completar el look a la perfección. Insisto en que si iba en botas de invierno a una Universidad en Caracas, todos los conocidos y desconocidos me hubiesen marginado y el artículo sería mejor.

Para la próxima.

Sábado, día 4. 

Sexy:

Iba a una parrilla de día. Era imposible vestirme semi-desnuda para satisfacer el objetivo de ser sexy.

Sin embargo, como soy una escritora empeñada, sacrificada y capaz de hacer lo que sea por una buena experiencia, me sacrifiqué para ponerme lo más provocativa que pude. Hecho totalmente desligado a que iba un niño bonito a la parrillada.

Siento que algún día me arrepentiré de escribir eso, pero bueno.

Todo marchó bien hasta que me topé con la realidad de que tener shorts cortos y un crop-top no permiten que te sientas ni te comportes con naturalidad por prever que no se te salga un rollo o muestres todo el sostén. Razón por la cual evidentemente cambié mi conducta y me sentí incómoda mientras añoraba un buen blue jean y una camisa larga.

Mis respetos a personas como Corina Smith por mantenerse en forma lo suficientemente bien para ponerse camisas cortas. RESPECT.

Domingo, día 5. 

Western:

No sé por qué este estilo logró estar en la lista, a fin de cuentas nadie realmente se viste así al menos que vivas en el centro de Estados Unidos y hayas votado por Trump.

Sin embargo, acatando órdenes, me puse una camisa de cuadros, un sombrero, botas de cuero marrones y un blue jean.

Era el día en el que tenía que hacer el otro sacrificio de cubrir el evento de tercer tiempo de Santa Teresa y salí de mi casa a las 9:00 a.m. solo para volver 12 horas después vestida igual.

El calor era insoportable y la camisa manga larga no contribuía a la causa, el barro hizo que perdiera mis botas favoritas y el sombrero no logró bajarse del autobús por tener miedo de perderse entre la multitud de gorras planas y el ron.

Una vez más mi atuendo jugó en mi contra y no recibí respuesta alguna sobre lo que tenía puesto por parte de los demás.

Cayó la lluvia y en un desate de pasiones empecé a bailar como hacen los hillbillys mientras cantaba Oscarcito. Es decir, nada tenía sentido.

Fue divertido, lo admito.

Lunes, día 6,.

Surfista:

De nuevo, por un tema de logística, tuve que cambiar el orden de los outfits.

Cómoda y en unas vibras muy Jack Johnson, asistí a la clase más seria que tengo en la semana. Después que la profesora de historia más respetada de la Universidad me diese una mirada despectiva por mi pinta flower power y flip-flops, una de mis amigas se me acercó preguntando si en mi casa servía la lavadora o cuál era la razón por la que parecía que estaba jugando a Halloween en noviembre.

Mi fachada estaba siendo descubierta.

Pero faltaba poco, lo podía lograr.

Mi cambio de conducta se manifestó en una hermosa libertad de movimiento y entender la razón por la que la gente que surfea se siente más relajada. Es porque no tienen que usar skinny jeans.

Martes, día 7. 

Ejecutiva:

Voy a dejar que este video exprese lo que sentí.

Ya era demasiado, tenía sin razón alguna un blazer en el salón. Estaba además de incómoda y acalorada, desconcertada por el hecho de que todo el mundo me miraba como si fuese profesora a pesar de mi metro 57 de estatura.

Un piropo sarcástico por mi formalidad y una intervention por parte de mis amistades para averiguar lo que me estaba pasando dieron fin a este experimento.

Bueno, casi.

Era martes y como todos los martes fui a la oficina.

Como todos los martes esperé a que llegaran el resto de las escritoras.

Como todos los martes procrastiné, esta vez jugando a que era una detective por mi condición de blazer.

Ahora todos los martes temeré la presencia de Maria Fernanda, pero valoraré el hecho de que me impulsa, aunque para diversión propia, a escribir de cosas que viví y de las que realmente sé.

Mi conclusión en todo esto consta en que es verdad que la ropa puede modificar nuestra actitud y comportamiento y que por supuesto es razón para que los demás reaccionen a lo que eres y cómo estas. El título es playing dress up, porque opino que a veces deberíamos jugar con nuestra ropa, no a mis extremos, pero no debemos tomarnos muy en serio lo que vestimos, porque hacerse pasar por una Stacy, una Surfista o por Beckett de Castle es una manera de romper la rutina y reírse de sí misma.

Hasta el próximo experimento.

P.D.: llegué a un punto extremo en la humillación pública propia. 

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