Sobre el perfeccionismo y crecer como ‘estudiante estrella’
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Sobre el perfeccionismo y lo que me quedó luego de crecer como una ‘estudiante estrella’

Básicamente, ‘Booksmart’ es el resumen de mi vida, por eso decidí cambiarla

Hace unas semanas vi Booksmart (2019), una película que tenía en mi lista desde hace mucho tiempo. Inicialmente, la trama no me llamó la atención, pero en los primeros diez minutos me di cuenta de que Olivia Wilde había descrito toda mi vida escolar y daba otra explicación a mi consecuente perfeccionismo.

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La película gira alrededor de dos estudiantes perfectas que tienen una crisis de identidad al darse cuenta de que la vida académica no es lo único que importa. Mi yo del pasado se sintió tan identificado con las protagonistas, cuyo mundo giraba en torno a obtener el mejor récord académico e ir a universidades de élite, que no pude evitar mirar en retrospectiva la forma en que mi identidad y mi personalidad perfeccionista se habían formado bajo la etiqueta de “estudiante estrella”, lo cual, como consecuencia, me llevó a tener una crisis. Lo que no te dice la cinta es qué pasa luego de eso, así que yo les contaré cómo logré dejar atrás esa etiqueta y qué aprendí de esa experiencia.

Comencemos desde el principio…

La primera mitad de mi vida académica ocurrió sin muchas eventualidades. Era buena estudiante, pero nada excepcional. Fue en bachillerato cuando comencé a recibir comentarios y felicitaciones de parte de profesores y compañeros, las cuales poco a poco se fueron convirtiendo en expectativas que yo tenía que cumplir. Cada “ella nunca se equivoca”, “no sé para qué te preocupas si siempre sales bien” o “eres muy inteligente para eso” creaba una imagen perfecta de mí que por mucho tiempo me esforcé por mantener, al principio debido a la presión externa y luego por mi propio perfeccionismo.

Esta imagen estaba tan arraigada en mí que terminó por definir mi identidad y mi puesto en la cadena alimenticia del bachillerato. Las expectativas de ese yo creaban un ego ficticio y me llevaron incluso a avergonzarme por no elegir una carrera lo suficientemente “profesional”, como medicina o arquitectura. 

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En el último año del colegio entendí que todos esos cumplidos, que a simple vista eran bienintencionados, solo elogiaban mi memoria y mi capacidad de adaptarme a un entorno académico inflexible. Nada de eso me ayudaba a prepararme para la vida real y la presión de cumplir con unas expectativas tan altas estaba pasando factura a mi estabilidad mental. Finalmente, reconocí que había un problema y desde ese momento le he estado dando solución. Ver mi vida bajo lupa en Booksmart me hizo reflexionar sobre lo mucho que he crecido desde ese momento, así que hice una lista de lo bueno y lo malo que me dejó ser una “estudiante estrella”.

Está bien priorizar, lo que no lo está es aislarte

Como en la película, solía creer que debía sacrificar parte de mi tiempo para dedicarme únicamente a mis metas académicas, olvidando que desarrollar inteligencia emocional también es importante. Para alguien que pensaba solo en ser perfecta, todo aquello que no me ayudara a serlo era descartado o considerado competencia. Este es un gran problema no solo para mí, sino para las generaciones más jóvenes, que pretenden abarcar demasiado en muy poco tiempo, pues estamos obsesionados con competir entre nosotros

No fue sino hasta la universidad que el ambiente cambió para mejor. Conocer a mucha gente con diferentes talentos y capacidades que igualaban o superaban los míos inicialmente fue algo intimidante, pero me hizo entrar en un espacio en el que se valoraban más el cooperativismo y el trabajo en equipo, por lo que aislarse no era una opción. Tocaba aprender a trabajar con el otro, de una forma u otra.

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Nunca aprendí a pedir ayuda

Tal vez el cliché más grande que se tiene de los “estudiantes estrella” es que lo saben todo y pueden hacerlo todo. Muchas veces escuché esto y me hizo pensar que si en algún momento no sabía algo, no podía dejar que nadie más lo supiera porque eso significaba que dejaría de ser inteligente y, por ende, perdería mi falsa identidad. Todo lo que no supiera lo investigaría luego o lo aprendería de otra forma, pero preguntar o pedir ayuda estaba completamente fuera de los límites para mí.

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Nuevamente, la universidad fue mi luz al final del túnel, especialmente al estudiar una carrera en la que el conocimiento empírico es igual o incluso más importante que el teórico. Cuando gran parte de lo que aprendes es fruto de la experiencia, es normal —y necesario— pedir ayuda, opiniones y demás.

Malos hábitos de estudio y organización

Cuando te acostumbras a obtener las mejores notas estudiando la noche antes y a veces sin mucho esfuerzo, confiando ciegamente en tu memoria a corto plazo, hay una alta probabilidad de que entres en un ciclo poco saludable de procrastinación que llega a afectar tus horarios de sueño. Después de todo, cuando tienes buenos resultados haciendo lo mínimo, lo conviertes en un hábito. Suele ser una broma y muchas veces tendemos a decir con orgullo que llevamos semanas trasnochándonos, pero esto es muy dañino. 

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En lo personal, esta es tal vez la parte que más me cuesta aún, especialmente cuando pienso en cómo balancear trabajo, estudios y proyectos aparte. No es un santo remedio y tampoco puedo decir que siempre cumpla con esto, pero definitivamente ayuda tener calendarios y listas en donde se les pueda dar seguimiento a los avances del día. Por otra parte, este mal hábito también trajo consigo una consecuencia que nos lleva al siguiente problema.

El síndrome del impostor y yo 

Es difícil aceptar un cumplido cuando sientes que no mereces crédito por lo que has alcanzado y, si eres como yo, probablemente piensas que no te organizaste o esforzaste lo suficiente en algo debido a lo mucho que procrastinaste. Eso es el síndrome del impostor. Se trata de ese sentimiento que tienes cuando ves a un niño de doce años graduándose de la universidad y piensas “y yo aquí, haciendo cualquier otra cosa”, solo que intensificado. 

El síndrome del impostor me llevó muchas veces a pensar que no merecía gran parte de lo que había conseguido, así que solía entrar en este círculo vicioso en el que mi ego me hacía pensar que era la mejor, pero mi entorno y tendencia al pesimismo se esforzaban por hacerme creer que era un fraude.

Tuve que entrar en un ambiente más competitivo en otras áreas que no dominaba para entender realmente a qué se refiere Howard Gardner con su teoría de los múltiples tipos de inteligencia y por qué es importante reconocer mis fortalezas y debilidades, al igual que las de los demás. Con el tiempo, y con la misma convicción con la que pensaba que ser la mejor de la clase definía mi identidad, comencé a creerme que sí merecía reconocimiento, especialmente por aquellos logros que me había tomado tiempo y verdadero esfuerzo conseguir.

El perfeccionismo insano, la causa de mi ansiedad

Aquí hay mucha tela que cortar, pero creo que resumo muy bien este punto al decir que mi modelo a seguir era y todavía es Miranda Priestly de The Devil Wears Prada (2006). Irónicamente, aunque algunos de mis hábitos no sean los mejores, siempre tengo en mente que si hago algo, esto debe salirme lo mejor posible y tiendo a frustrarme mucho cuando no es así. Crecí pensando que, sin importar si obtenía una verdadera recompensa por ello, debía tener la nota completa o al menos la más alta para sentirme satisfecha. Esta se convirtió en la fuente de gran parte de mi ansiedad. 

Debo decir, sin embargo, que esta necesidad no viene únicamente de mí; fue, en cambio, impuesta por un sistema educativo fallido que nos enseña a ver las notas como un reflejo de nuestro valor y nuestro potencial. Esto lo terminé de aprender a las patadas en mi primer semestre de la universidad, cuando obtuve calificaciones más bajas que a las que estaba acostumbrada, y además conocí a personas con otros tipos de inteligencia distintos al mío. Allí aprendí por fin cuál era la importancia de reformar el sistema educativo, de cambiarlo por uno que tome en cuenta las actitudes y el potencial de cada estudiante, a diferencia de aquel bloque de doctrinas impuestas en el que crecí yo.

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En Finlandia, por ejemplo, el país con el mejor sistema educativo del mundo según el Foro Económico Mundial, las escuelas están diseñadas para adaptarse a las capacidades y habilidades del estudiante, dándoles la libertad de elegir su propio camino desde el bachillerato. Asimismo, los casos de ansiedad y depresión representan solo el 4% y 6%, respectivamente, de la población del país. Al no seguir un mismo modelo educativo, es más fácil que los alumnos encuentren verdadero valor en sus estudios y dejen de compararse con otros, lo que reduce considerablemente la necesidad de competencia en las personas y todas las condiciones mentales que esta pueda ocasionar. 

Si no soy buena para algo, es mejor no hacerlo

Por años me frustré y dejé muchas actividades si veía que no era inmediatamente buena en ellas. Cuando te acostumbras a que siempre debes ser la mejor, no hay mucho espacio para el fracaso, lo que hace muy duro escuchar que no eres bueno en algo, o peor: darte cuenta tú mismo. Cabe destacar que la presión casi nunca vino de mi entorno; así como el perfeccionismo, mi necesidad de superar las expectativas venía de mí misma.

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Una de estas áreas en las que no era para nada buena era el deporte y solo cuando encontré uno que realmente me gustaba y con el que me divertía pude hacer las paces con ese lado de mí que se permitía perder y no se tomaba tan en serio la competencia. Y esto nos lleva a una de las cosas buenas que me dejó esa vieja crisis de identidad: el que persevera vence. No, pero, en serio.

Aplicar la fórmula de perfeccionismo más ambición en situaciones en las que no tenemos las de ganar, como yo con los deportes, no siempre es suficiente. Muchas veces tuve que convencerme de que para que algunos resultados se dieran, debía esperar pacientemente y seguir intentado, por muy consejo de abuela que parezca. 

La mejor enseñanza que me quedó: aprender a investigar por mi cuenta 

Quizás lo único que puedo agradecer hoy en día de toda mi crisis de identidad es que, debido a que mi inflado ego creía estar por encima del sistema educativo tradicional, adquirí la virtud de dudar de todo y de todos. Una vez escuché a alguien decir que le gustaba saber cosas para poder sonar inteligente cuando hablaba. Aunque en su momento me identifiqué con esta frase, porque claramente tenía que ser perfecta en ese aspecto también, ya no creo esto. Sin embargo, sí pienso que se trata de una cualidad positiva que todos deberíamos tener. Formar tu propia opinión, pensar fuera de la caja, esas son cosas que valen la pena.

Después de que Wilde diseccionara una parte oscura de mi vida, solo puedo mirar atrás con nostalgia y escuchar los testimonios de otras personas que también han pasado por lo mismo, en su forma particular, para entender y mejorar parte de mí. Por ahora no puedo decir que haya superado totalmente el estigma que se creó en mi cabeza y no sé si en algún momento lo haré, porque, siendo honestos, no hay nada de malo con querer ser al menos un poco como Miranda Priestly. Pero también es importante dejarse llevar, porque ni aunque quisiera puedo hacer que mi vida sea completamente perfecta en todos los sentidos y, por suerte, ahora sé que tampoco debería intentar hacerlo.

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