New Year, who dis?

New Year, who dis?

Entonces 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, ¡Feliz año!

Y hay dos reacciones inmediatas:

El de la intensa que llora, quiere su beso de medianoche, se ahoga con 12 uvas como si esos deseos realmente son los que van a hacer que Maduro se vaya del país, pasea la maleta por medio de la calle como una homeless bien vestida que lleva ropa interior color amarillo y entona con voz llorosa y resquebrajada “Faltan 5 pa´ las 12” con la mano derecha empegostada de una champaña que lleva demasiado tiempo caliente.

Ella se ve así

La némesis de este personaje demasiado optimista, es aquella persona que siente el 31 de diciembre como una fecha de fiesta y más nada. Ni el más mínimo asomo de nostalgia se acerca a ella y se come solo una de las uvas dispuestas porque “qué pena, estas va*nas deben estar carísimas”.

Ella se ve así

Los inicios de año están marcados en el subconsciente social como una fecha de nuevos inicios, de cuentas nuevas, ganas renovadas y despoje de malos hábitos.

La persona tradicionalista de año nuevo piensa que cada primero de enero es una fecha asombrosa porque fija el inicio de 364 días para hacer las cosas de una vez y por todas bien. Esta persona es fácil de reconocer en la multitud porque porta consigo una libreta, recién estrenada, que contiene una lista de 40 cosas genéricamente imposibles de lograr de un solo golpe. Su aspecto es considerablemente más arreglado que el que tenía a finales del año pasado y disfruta en silencio desear lo mejor para este 2018 hasta el 27 de marzo.

(El 27 de marzo es el día Mundial del Teatro, ustedes saquen sus conclusiones)

El nuevo sujeto anti inicios de año, ese que comenté anteriormente, el que piensa que los abrazos son cursis y que prefiere ver otra película mala en Netflix antes de embriagarse y escuchar de nuevo el disco de gaitas decembrinas de Guaco; surgió como el twerking. Ambos nacieron en una era extraña, empapada por la influencia del internet y por alguna razón ligada a una tendencia sombría que adora la depresión.

Los anti año nuevo, son un culto que se siente como en casa en Instagram y mientras más patético haya sido tu inicio de año, mejor.

Estas personas hallan el confort en saber que ya rompieron todas sus metas de año nuevo el 2 de enero, que en vez de estrenar ropa nueva en noche vieja, usaron un suéter manchado de Doritos y detestan/aman el hecho de vivir en un mundo donde el presidente de los Estados Unidos sea un imbécil, en el que un chihuahua tenga más followers que el ganador del premio Nobel de la Paz y en el que el embarazo de Kylie Jenner sea más importante que cualquier debate político.

No parece existir punto medio. O te llena de inspiración el 2018 o te parece hipócrita pensar que vas a arreglar tu acné, mala actitud y problemas financieros en un mes.

Unos cuentan los días y agradecen las oportunidades que vivieron el año pasado.

Otros consideran tatuarse “New Year, same sh*t” en la frente.

Ambos, innegablemente equivocados. A ver, que sí deberíamos sentir un nuevo año como un nuevo chance de adoptar rutinas mejores y pensamientos más positivos. Sin embargo, también deberíamos bajarle un poco al tono Elle Woods, sin llegar al nivel Darla, tomando en cuenta que ser realistas con nuestras metas nos abre paso a un camino para alcanzarlas menos parecido a un calvario.

No seas absorbido por la oscuridad y el culto Netflix que te hala al mundo hermitaño como hala el pelo una peluquera molesta, pero tampoco seas el sol de los Teletubies.

Mejor asumir este año como un nuevo nombre para hacer una carpeta de fotos de experiencias divertidas y guías de exámenes que te van a costar pasar.

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