‘The Midnight Gospel’ y mi experiencia con el duelo
Midnight Gospel

‘The Midnight Gospel’ y mi experiencia con el duelo

Comencé a ver The Midnight Gospel sin ninguna expectativa. No sabía de qué trataba, ni tampoco había hecho caso a las reseñas que ya estaban circulando por internet. A decir verdad, el primer capítulo me pareció algo que mi yo de hace cuatro años, cuando consumía drogas, hubiese podido disfrutar mucho más. Creí que sería una de estas series animadas para adultos fumadores de marihuana llena de chistes tontos y de tramas sin sentido, hasta que uno de los personajes habló de “encontrarse con la realidad bajo sus propios términos”, tratando de explicar que más allá de la experiencia trascendental que pueda ofrecernos el uso de drogas, estas son insuficientes en lo que respecta a la comprensión de la realidad tal y como es. Entonces empecé a mirar con atención. 

Clancy Gilroy, interpretado por Duncan Trussell, en The Midnight Gospel
Clancy Gilroy, interpretado por Duncan Trussell, en The Midnight Gospel
Netflix

The Midnight Gospel, creada por Pendleton Ward, quien también está detrás de Adventure Time, es una adaptación de una serie de entrevistas que el comediante Duncan Trussell, quien hace la voz del protagonista, Clancy Gilroy, había hecho para su pódcast, Duncan Trussell Family Hour, un programa dedicado a explorar temas relacionados con el misticismo, la meditación y la magia, pero también con el duelo, el perdón, el amor y la muerte. Cada episodio entrelaza estas entrevistas con el proceso de transformación y sanación de Clancy, un joven que vive en una dimensión llamada “el lazo cromático” y que se dedica a viajar hacia mundos que están a punto de sufrir sus propios apocalipsis a través de un simulador de multiversos con el fin de entrevistar a distintos personajes y grabar su spacecast —versión espacial de podcast—. 

Decir “OK, está bien” y aceptar la realidad

Desde el primer episodio, la noción de aprehender la realidad y buscar la verdad a través de una dimensión espiritual empezó a tomar forma y a presionar una tecla muy específica en mis recuerdos, algo que hizo que me enganchara por completo. Conforme seguí conociendo a Clancy, fui notando varias cosas que tenemos en común: ambos nacimos en luna llena, vivimos solos con un perro, tenemos tendencia a evadir responsabilidades, hemos experimentado con drogas y ambos hemos perdido a nuestros padres. La única diferencia es que yo no tengo un simulador de multiversos y que apenas tengo 29 años, mientras que el protagonista tiene ya 44. 

Fue inevitable ver que muchas cosas por las que he pasado desde que mi mamá murió cuando yo tenía 17 años hasta hoy, que tengo casi 30, son similares al proceso de duelo de Clancy. Evidentemente me falta mucho por aprender, no me creo dueña de ningún conocimiento y tampoco comparto esta experiencia con la intención de demostrar que esto o lo otro es lo que funciona cuando vivimos situaciones dolorosas, porque cada quien asume el dolor como quiere, cada vida es distinta y no pretendo interferir en eso. No obstante, creo que desde pequeña, cuando discutía con las monjas del colegio porque tal cosa del cristianismo no me parecía lógica o porque en cambio Jiddu Krishnamurti había dicho esto otro, ya mi inclinación hacia la espiritualidad existía, solo faltaba que el corazón se me rompiera una y otra vez para finalmente empezar a prestar atención y “encontrarme con la realidad bajo sus propios términos”. 

Clancy Gilroy entrevistando a Anne Lamott
Clancy Gilroy entrevistando a Anne Lamott
Netflix

Después del accidente de mi mamá, más nunca volví a dormir en mi cama. Mi vida cambió y me tuve que mudar a la casa de mi mejor amiga para terminar el colegio porque mis padres eran divorciados y mi papá vivía en otra ciudad. Esa fue la primera vez que la sensación de hogar y de control sobre mi vida se desintegró totalmente. No sabía que el mundo es eso: puro caos, y que lo que podemos realmente controlar es ínfimo porque la realidad no está sujeta a nosotros, sino al contrario. 

Es un golpe a la soberbia: aceptar que todos morimos, que la vida es frágil y que ese es el destino de todos es una cachetada para nuestro ego, porque al final del día somos parte de algo más grande y más infinito, pero tenemos cuerpos frágiles y perecederos. Estamos aquí de tránsito y esa es una noción que solemos pasarnos por alto cuando somos jóvenes, pues pensamos que somos invencibles, que lo podemos todo, que somos promesas de algo maravilloso y no siempre es así. 

En el segundo capítulo de la serie, Clancy entrevista a una suerte de vaca-venado que va rumbo al matadero mientras conversan sobre la muerte y lo liberador que puede ser aceptar el hecho de que todos inevitablemente vamos hacia el mismo lugar. Es un acto de entrega, de decir “OK, está bien”, que, según explica la vaca-venado, interpretada por la escritora Anne Lamott, disminuye considerablemente los niveles de miedo que muchas veces sentimos cuando nos enfrentamos a esa realidad. 

En mi caso, el impacto de la muerte de mi madre no fue algo que acepté con facilidad. Recuerdo que la primera psicóloga a la que fui me dijo: “Este dolor nunca se te va a pasar”, y agradezco que me haya dicho eso porque es mentira que el tiempo sana ese tipo de heridas; uno simplemente acepta y sigue adelante, pero el dolor no deja de estar. 

Los ataques de pánico, los arranques de ira y las actitudes erráticas que le siguieron a la muerte de mi madre no solo me estaban destruyendo, sino que también fueron consecuencias directas de haberme sentido traicionada por ella y por la vida, porque yo tenía un futuro planificado y un hogar, pero todo eso se desvaneció una noche. 

Mi mamá salió volando por el parabrisas de su carro y más nunca la volví a ver. Por muchos años repetí una y otra vez esa escena en mi imaginación. La ira se convirtió en gritos de desespero, ya que no entendía cómo alguien que hacía solo unas horas se había despedido de mí con un abrazo había dejado de existir. 

Clancy Gilroy hablando sobre la muerte con La Muerte
Clancy Gilroy hablando sobre la muerte con La Muerte
Netflix

A los 19 años, y por recomendación de una amiga de mi papá, hice un retiro de meditación vipassana por diez días y fue en esas tortuosas sesiones de cuatro horas en las que no podía hablar con nadie que poco a poco empecé a aceptar mi vida y a estar verdaderamente presente. Nunca voy a olvidar que al llegar al Centro me despedí de mi papá, dejé mis cosas en una cabaña que compartí con otras cuatro mujeres y lancé mi celular en una cesta, porque no podíamos tener contacto con el mundo exterior. Esa noche comenzó el noble silencio y ya nadie se podía comunicar entre sí. Justo antes de dormir me dije que no iba a aguantar los diez días y que al amanecer me iba a escapar, pero me despertaron a las 4 de la mañana y empezaron las meditaciones, así que decidí tomarme un día a la vez hasta que lo completé. 

Todas las noches había charlas sobre distintos temas dictadas por un maestro budista. Una de ellas en particular trataba sobre la muerte y la enseñanza fue precisamente la misma que la vaca-venado le explica a Clancy en The Midnight Gospel: todos vamos para el mismo matadero. No basta con escuchar eso y decir “Pues claro, todos somos mortales, es obvio que nos vamos a morir”; el trabajo está en realmente aceptar esa verdad, lo que puede tardar mucho tiempo. 

Al completar los diez días no me convertí en una iluminada, ni tampoco dejé de sentir dolor, pero contaba con herramientas nuevas que poco a poco fueron ayudándome a soltar el control y a discernir lo importante de lo que no lo es tanto, así como a observarme y a cuidar mis palabras. 

Cuidar la palabra y perdonar

No hay misión más elevada que acercarse a la Divinidad más cerca que otros hombres, y difundir los rayos divinos entre la humanidad.

Ludwig van Beethoven 

En otro episodio de The Midnight Gospel, Clancy entrevista a Damien Echols, exconvicto y condenado a muerte por el supuesto asesinato de tres niños en West Memphis en 1993. Durante sus 18 años en prisión, Echols se dedicó a estudiar magia y espiritualidad para poder sobrellevar los abusos y tolerar el confinamiento al que fue sujeto por un crimen que no cometió. En la entrevista explica cómo las palabras tienen poder, cómo somos capaces de enviar frecuencias energéticas a través de esas ondas sonoras que emiten nuestras voces y cómo esa vibración es la que ha transmitido enseñanzas místicas desde hace muchos siglos.

Para Echols, la Biblia es el mejor libro de magia que se ha escrito y cita “En el principio era el Verbo y el Verbo era Dios”, de Juan 1, 1:14, para demostrar que las palabras tienen poder de manifestación, que estas sirven para concentrar nuestra energía en aquello que deseamos y alcanzarlo. Pero así como pueden acercarnos, las palabras también pueden alejarnos de lo que queremos y de quienes apreciamos. Estas, además, son capaces de atravesar los cuerpos, van más allá de la piel y se incrustan dentro de nosotros, por eso el silencio es tan valioso en retiros como el que hice hace diez años, porque nos mantiene en un estado de pureza y además es lo que nos va a permitir escuchar y escucharnos a nosotros mismos. 

Clancy Gilroy y Darryl the Fish, interpretado por Damien Echols
Clancy Gilroy y Darryl the Fish, interpretado por Damien Echols
Netflix 

Uno no se da cuenta del peso que tienen las palabras sino hasta que es demasiado tarde. Cometemos errores, herimos a quienes más queremos y nos saboteamos, y yo he sido culpable de todas las anteriores. Dije cosas terribles a mis padres y siempre voy a estar arrepentida, pero el tiempo es lo único que no podemos recuperar, así que el perdón, aunque no es un remedio ni una curita para tapar los errores, es un comienzo para liberarnos de cargas que suelen ser muy pesadas. 

Cuando Clancy, en uno de los episodios de The Midnight Gospel, entrevista a Trudy Goodman, una profesora de meditación vipassana de renombre en Estados Unidos, ambos discuten acerca de lo importante que es liberarnos de nuestros rencores y obsesiones, hacia otros o hacia nosotros mismos. A veces no me puedo perdonar muchas cosas, otras veces soy más benevolente conmigo y me escucho, pero con mis padres pude haber sido mejor hija, sobre todo con mi papá. 

Después de algunos años viviendo con mis tíos, pude finalmente vivir con mi papá y formar un hogar con él. Fueron cinco años muy felices en los que realmente tuve la oportunidad de conocerlo, de compartir intereses con él y de consolidar una relación que, tras el divorcio de mis padres muchos años antes, no había sido la mejor. Durante ese tiempo viviendo juntos hubo episodios en los que fui muy dura con él, en los que mis palabras y arranques de ira le atravesaron el pecho varias veces, porque la soberbia es ponzoñosa y difícil de neutralizar cuando lo que hacemos es estar reactivos todo el tiempo. 

En agosto de 2015, un dolor en los pulmones nos hizo correr a la clínica. Le diagnosticaron fibrosis pulmonar y 30% de capacidad respiratoria. Cuando supimos que se trataba de una enfermedad terminal, la vida de ambos se transformó… Mi vida se transformó, de nuevo. A los 62 años y conectado a una máquina de oxígeno, mi papá, con tantos proyectos, tantos chistes y tantas ganas de vivir, ahora no podía respirar bien, caminaba muy lento y una actividad tan simple como vestirse era para él lo mismo que subir una montaña.

Fui dura con él porque no podía creer lo rápido que se me desvanecía. Lo abracé cuando lloraba desconsolado. Lo llevaba en su silla de ruedas y lo acompañé a todas sus consultas médicas. Prometí estar con él siempre. Yo tenía 26 años cuando por primera vez en mi vida me subí a una ambulancia para llevarlo de emergencia a la clínica porque ya sus pulmones estaban dejando de funcionar. Era hora pico, estaba mareada. Lo entubaron y dos días después no pudo más. Murió en febrero y de madrugada, igual que mi mamá. Otro hogar, otra vida. De nuevo. 

Sentir el flujo de la vida y estar presentes

Toda práctica espiritual está vinculada al discernimiento entre lo que es real y lo que no. Se trata de aprehender la realidad y de observarla tal y como es, algo que en aquel retiro comprendí en teoría, pero que me costaba llevar a mi día a día. Suelo evadir la realidad con mis fantasías, paso todo el rato distraída, soy desarticulada cuando hablo y la vida mundana me abruma la mayoría de las veces. Pero tuve que aprender a enfrentarme al mundo de otro modo cuando mi papá murió. No hay excusas, ya no soy hija de nadie y mi vida es mi responsabilidad. 

Cuando vi a mi padre con el cuerpo tieso y sentí su piel fría en la camilla de la clínica después de que me avisaron que había fallecido, finalmente lo real se plantó ante mí. Y aunque sí, tocar un cuerpo muerto es algo terrible, también es una enseñanza invaluable porque te hace comprender que la vida es un chispazo, que es un milagro movernos por el mundo con soltura sabiendo que en cualquier momento podemos convertirnos en piedras. Rompe el corazón, pero también enseña a estar presentes, a vivir y a morir simultáneamente. 

David Nichtern enseñando meditación en The Midnight Gospel
David Nichtern enseñando meditación en The Midnight Gospel
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En el último capítulo de The Midnight Gospel, Clancy se convierte en un bebé y conversa con su madre ya fallecida. Recreando el ciclo de la vida, los personajes van intercambiando ideas sobre la muerte y el estar presentes. El episodio es una grabación de la madre de Trussell cuando, ya enferma de un cáncer terminal, fue invitada a su pódcast para hablar acerca de ese proceso. Este es, sin duda, el mejor momento de toda la serie y el que da sentido a las conductas erráticas del protagonista y a sus tendencias evasivas.

Más allá de haber deseado tener un simulador para ver a mis padres otra vez, mientras miraba con atención todo el discurrir de la conversación entre ellos, no pude sino asentir continuamente y recordar que muchas de las cosas que explicaba Daneen Fendig, la madre de Trusell, también las había escuchado durante mis prácticas de meditación en el Centro Budista de Caracas que empecé a frecuentar hace algunos años. La técnica de meditación que expone Fendig es muy parecida, si no igual, a la que había aprendido en el retiro de vipassana, la cual seguí practicando años después de manera irregular en el Centro. La presencia y todo ese flujo de energía que podemos experimentar cuando prestamos atención a nuestro cuerpo y logramos salir de nuestra mente no implica dejar de pensar, pues eso es imposible, sino mirar atentamente ese monito que tenemos en nuestra cabeza y que constantemente está lanzándonos imágenes, voces y emociones. Observarlas y dejarlas pasar mientras enfocamos nuestra atención en cada parte de nuestro cuerpo es lo que va a permitirnos poco a poco cambiar de estado de conciencia y ser menos reactivos ante lo que ocurre fuera de nosotros. 

Clancy Gilroy junto a su madre
Clancy Gilroy junto a su madre 
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Estar presentes, como explica la madre de Trussell, es sentir ese flujo de energía que está dentro de nosotros y que no obedece a la cultura ni a todo lo que la sociedad nos enseña. Aprender a observarnos implica, entonces, tomar conciencia de que somos partes de algo más grande que nosotros, de que todo es transitorio y de que constantemente aparecen y desaparecen las cosas en el mundo. Según lo poco que he aprendido sobre la meditación y la vida espiritual en todos estos años, meditar no quiere decir que vamos a aislarnos y a despreciar la vida mundana, sino al contrario. Mi perspectiva con respeto a la muerte y al duelo cambió de forma radical cuando entré en contacto con el budismo y la meditación, porque aunque no estoy afiliada a la práctica religiosa, sí he visto cómo esas herramientas me han transformado conforme ha pasado el tiempo y he asumido una disciplina más o menos constante. He aprendido a ser menos reactiva y, a punta de dolor, también he logrado entender que el cambio es inevitable, que el corazón necesita romperse una y otra vez hasta que realmente esté abierto y podamos sentirnos agradecidos con la vida y con ese río que no para de correr nunca. 

No siento que la muerte de mis padres defina mi vida de una forma negativa. Es evidente que hay un dolor que a veces abruma, que en algunos momentos siento una soledad inexpresable e irremediable, pero eso es solo un fragmento de lo que soy. He logrado construir un hogar dentro mí y con mucha calma he aprendido a tomar el control de mi libertad, de eso que me hace un ser completo y autónomo, porque no tengo que llenar expectativas externas y porque cada día tengo menos equipaje sobre mi espalda. El pasado ya no me pesa como antes; más bien, lo agradezco y no cambiaría absolutamente nada de mi vida. Crecer implica mirarnos desde adentro, llorar de dolor las veces que sea necesario e ir quitándonos las máscaras con que vestimos esa soberbia, para darnos cuenta de que nuestro sufrimiento no tiene nada de especial, de que nuestras desgracias no son las peores y de que absolutamente todos tenemos que pasar por esto. Somos parte de un flujo de vida que es más grande que nosotros y eso es mágico también. 

Clancy Gilroy de viejo con su madre
Clancy Gilroy de viejo con su madre
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Es increíble imaginarme que soy esta partícula microscópica del Big Bang que forma parte de todo lo vivo y que ahorita está escribiendo. Es impensable la magnitud de todo lo que ha ocurrido en el cosmos para que yo esté aquí, siendo, transformándome continuamente, viajando por la vida y topándome con personas maravillosas todo el tiempo. Uno no puede sino sentir amor por todo lo que vive. Tuve una fortuna enorme de formar un hogar con mis padres por separado porque pude conocerlos como individuos, compartir con ellos y aceptarlos con todos sus defectos, así como ellos me aceptaron a mí. Y ese es un amor que nunca se va, que va a estar ahí por siempre porque es incondicional. Lo mismo dice la mamá de Clancy en la serie y es imposible no estar de acuerdo con ella. 

Resistirnos al cambio, a que los demás transiten por nuestra vida y luego se vayan, es lo más doloroso que hay, porque también es difícil aprender a soltar, pero es lo que nos toca, o al menos es lo que me ha tocado a mí desde muy joven. Todavía me cuesta y hay días en los que no me siento tan enamorada de la vida, sino al contrario, pero está bien, solo respiro. No puedo controlar lo que está fuera, no puedo tender sobre el mundo una alfombra de seda para que las cosas no me duelan, pero lo que sí puedo hacer es usar unos buenos zapatos para caminar y fluir en él sin que las espinas me atraviesen y desangren. Aprender a jugar, a fluir, a amar con las manos abiertas y a ser dueños de nuestra libertad aunque nos dé miedo solo se logra derribando esos muros que alzamos para no sufrir y que nos aíslan de la realidad. 

Mamá, papá y yo, circa 1993

Ahora que estoy terminando mi veintena, el haber visto The Midnight Gospel fue un paseo por esos fragmentos de mi vida que hicieron que me transformara, que me ayudaron a crecer y que me permitieron sentirme como la carta del tarot de El Loco, el de los nuevos comienzos y el que viaja ligero por la vida. Aprender a “encontrarme con la realidad bajo sus propios términos” fue un proceso al que tardé más de diez años en llegar y todavía sé que falta bastante para completarlo, pero estoy aquí, ahora, como dice el maestro Ram Dass, y eso es una buena noticia. Cuando estamos presentes, paradójicamente nos alejamos del tiempo. Eso es lo que ocurre cuando besamos a alguien que amamos, cuando experimentamos de cerca una pérdida inexplicablemente dolorosa o cuando nos comemos el mejor desayuno del mundo en el Pico Naiguatá después de haber escalado la montaña y de haber sobrevivido una noche de tormenta. Estar presentes es experimentar la vida y la realidad por completo, ver los colores más vivos, tocar la tierra y sentir que estamos en otra dimensión, que somos parte de ese amor infinito que fluye por todo el cosmos y nada de esto lo hubiese aprendido si no hubiese pasado por el dolor de haber perdido a mis padres. Por eso y por lo afortunada que he sido en mi vida, no puedo sino estar absoluta e irremediablemente agradecida. 

  1. Gracias por tu honestidad en esta reseña. Perdí a mi mamá hace cuatro años, también de modo inesperado. A veces una encuentra en la letra de otro un compañero de duelo. CS Lewis decía que este era como un valle serpenteante, en el que cada recodo tenía sus honduras y sinuosidades en los que recaemos sin el más mínimo aviso. Cuando la niebla es densa y el piso frágil, textos como estos o la meditación son un inmenso apoyo.

  2. Gracias por esta reseña y por tu honestidad. Perdí a mi mamá hace cuatro años, y a veces uno encuentra en la letra de otro una especie compañero de duelo. Ese mismo duelo que CS Lewis compara con un valle serpenteante; lleno de rincones inesperados, con sus honduras y sinuosidades, en los que recaemos sin el más mínimo aviso.

    Justamente estas semanas en las que no toca más que reconocerse y dejar de rehuírse, la meditación ha sido una excelente herramienta para estar un poco más presente.

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