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Bitácora de altibajos de mi relación a distancia

Emigrar se ha vuelto un proceso natural para muchos, puesto que la búsqueda de nuevas y mejores oportunidades nos ha llevado a desplazarnos, así sea dentro de nuestro propio país. Con ello vienen varias secuelas, algunas malas y algunas buenas. Dentro de las buenas, está el acceso a mejor educación y trabajos. Por otro lado, dentro de las malas, destacan estar lejos de familia y amigos, no tener las mismas comodidades que en casa y, si se tiene pareja, estar en una relación a distancia. 

Muchos artículos en internet ofrecen trucos para mantener una relación a distancia ―créanme, los he leído―, pero a mi criterio, la mayoría no refleja los problemas más pequeños que se presentan en el día a día, los cuales, en mi opinión, pueden dictar el rumbo que toma el amor. 

Mi novio emigró hace casi dos meses a Barcelona, España, y ahora existe una diferencia de seis horas entre nosotros, así que les contaré cómo he llevado mi relación a distancia, con lo bueno, lo bonito y lo feo.

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Cualquier parecido con el GIF anterior es pura coincidencia.

Las siete etapas de ser la persona que se queda

Así como el luto tiene siete etapas, el proceso interno de aceptación y recuperación por el que pasa la persona que se queda en el país ―en mi caso, yo― también. Pienso que sentirse mal por esto es válido y lo más sano es aceptar esos sentimientos antes de que la disonancia cognitiva tome lo mejor de ti. 

  1. Primeras semanas a distancia: shock: esos primeros días es difícil entender qué está pasando y cómo llevarás tus días de ahora en adelante, no en términos de encontrarle un sentido a la vida, sino logísticamente. Te levantas y no hay lunes de cine y viernes de birras, sino que queda en tus manos ocupar el tiempo libre.
  2. Tercera semana a distancia: negación: este sentimiento se me presentó por no estar haciendo contacto con mis sentimientos reales. Para resolver esto, por miedo a explotar en algún momento, fui a un psicólogo que me ayudó a ubicar la fuente de mis problemas e iniciamos el proceso terapéutico hacia solventarlos.
  3. Primer mes a distancia: rabia y negociación: como diría mi mamá, aquí es cuando te empieza a “caer la locha” y te das cuenta de que, a pesar de que tres meses sin ver a alguien no suenan como mucho tiempo, realmente lo es. Empecé a buscar información sobre lo que podíamos hacer para sobrevivir durante ese período, intentando organizar el entramado de emociones que había dentro de mí. 
  4. Poco más de un mes a distancia: tristeza: una vez aceptados algunos sentimientos y sin la rabia en la que antes enfocaba gran parte de mi energía, me quedé a solas con la tristeza, pensando en todo el tiempo que faltaba para volverlo a ver. 
  5. Dos meses a distancia: reconstrucción: fue este el momento en el que empecé a recuperarme y organizar un poco mis sentimientos, aprendiendo a aceptar los términos y condiciones que implica la distancia.
  6. Tres meses a distancia: aceptación: cuando una pareja se va, es fácil decirles a todos que estás muy orgullosa y feliz por ella, y realmente estarlo, pero a la vez es difícil aceptar la realidad de la distancia. Para estar totalmente sincronizada con mis palabras, tuve que pasar por todo el proceso anterior, es decir, aprender a reconocer que si bien estoy contenta por mi pareja, no está mal pensar a veces que la distancia es una m*erda.
  7. Manteniendo la relación hasta el momento de reunión: más allá de la aceptación: esta etapa creo que más que de estar en paz, se trata de buscar aún más espacios de felicidad y ventajas que se puedan capitalizar en el proceso. 

Ahora, vamos con los demás altibajos:

Mercurio retrógrado por siempre

En Mercurio retrógrado sabemos que las comunicaciones con las demás personas fallan y hay algo del mensaje que se pierde en las interacciones. Los medios tecnológicos a los que se recurre en una relación a distancia a veces no son totalmente efectivos para transmitir un mensaje, especialmente porque nosotros tampoco lo somos: nos valemos del tiempo cara a cara para aclarar una situación, mientras que estamos acostumbrados a ser más ambiguos por mensajerías de texto o videollamadas. 

Tuve que olvidarme de los “no sé, sabrás tú” ―porque lo más probable es que no sepa―, y en cambio aprender a comunicarme efectivamente y explicar las cosas en detalle: decir cuál fue el problema, cómo me siento al respecto y luego proponer una solución. Si no, las conversaciones pueden resultar en una falta de sincronización. 

Nada de ‘¿cómo crees que eso me hace sentir?’

Hay algo importante en el párrafo anterior que quisiera rescatar: la comunicación emocional. Es muy fácil escondernos detrás de tratos pasivo-agresivos cuando en realidad lo que sentimos es tristeza o rabia. Me he dado cuenta de que lo más fácil y sano para la relación es comunicar esos sentimientos y no esperar que la otra persona se percate de ellos porque seguramente se le hará muy difícil.

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En mi caso, propuse escribirnos cartas en las que digamos todo los que no nos da tiempo de comunicar por mensaje o videollamada. Se trata de un espacio para desarrollar nuestras ideas en paz y asegurarnos de que transmitan un mensaje efectivo que no genere confusión. Hasta ahora, está funcionando muy bien. 

Una nota final de esperanza

Después de unos meses en esto, me he dado cuenta de que para poder sobrellevar situaciones así, se tiene que estar muy claro y convencido del por qué: entender la razón y la dirección en la que van todos los esfuerzos que están siendo empleados por ambos. Si eso tambalea, lo más probable es que la relación no tenga una base sólida para manejar todo lo que pueda suceder. Por otro lado, si ese fundamento es fuerte y ambos están en la misma página, este solo será un capítulo en su historia. Es cuestión de hacer lo que puedas para que sea placentero de leer.

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