Cuando un emigrante visita a su país

No es un secreto para nadie, que en Venezuela hoy en día, el número de jóvenes que quiere emigrar del país es casi tan alto como la cantidad de ceros de la cifra de inflación actual. Si no eres el joven que se fue, alguno de tus hermanos, primos o amigos cercanos se marchó a cualquier ciudad del mundo a buscar lo que se pide a gritos aquí en Venezuela: calidad de vida.

Como ya se está haciendo costumbre eso de hacer públicos mis casos personales, y al igual que todo el mundo que tiene un familiar en el exterior, aquí mi caso:

Tengo un primo que se llama Andrés. Andrés tiene 28 años, y sus últimos tres años de vida, los ha pasado en la ciudad de Miami. Andrés emigró de Venezuela gracias a una oportunidad de trabajo y gracias a, también, la insistencia de su mamá de que “en este país no se puede vivir Andrés”.

Con una maleta llena de peroles en una mano, y una llena de nostalgia y recuerdos en la otra, mi primo se montó en un avión para empezar otra vida en la -no tan americana y muy latina- ciudad de Miami.

Desde ese escenario han pasado ya casi cuatro años. En todo ese período, Andrés no pudo venir a Venezuela sino que, al contrario, su familia prefirió ir para allá. Ya con ganas de regresar por lo menos unos días, mi primo decidió pasar las Navidades aquí. Cambió unos dólares a un muy buen monto, (para él claro) y luego de un largo retraso de parte de Santa Bárbara Airlines, llegó a Maiquetía.

Andrés salió del pasillo de inmigración con sus maletas, que gracias a Dios estaban enteras, y como cualquier venezolano, o ser humano que viene del exterior, la tensión y los nervios de la inseguridad empezaron a circularle la mente. Se encontró con sus papás y salió de Maiquetía vía Caracas.

Para su sorpresa, en cuestiones de estructura, la vía del aeropuerto a su casa estaba igual a como la recordaba. La autopista deteriorada, el tráfico ilógico, la belleza del Ávila, los cerros invadidos y la estampida de motorizados, eran las características que permanecieron en la memoria de Andrés sobre una trayectoria normal en Caracas.

Al llegar a casa, familia y amigos lo recibieron con todo el cariño del mundo. Andrés, en ese momento, sintió que el viaje valió la pena. Mi primo tenía planes de quedarse casi por tres semanas. En ese tiempo logró hacer todo lo que verdaderamente extrañaba de su país.

Andrés, rumbero de espíritu y corazón, salió con sus panas al día siguiente a comprar las reservas alcohólicas necesarias para toda su estadía. Al llegar a la licorería, la inflación lo abofeteó tan fuerte que no podía creer los altos precios en todo el local. La botella de ron que compraba regularmente hace cuatro años en la misma licorería, hoy valía diez veces más; pero al sacar la cuenta de lo que costaba, pasado a dólares, era casi un chiste.

¡Que absurda la economía venezolana!

Además de hacer las “típicas actividades decembrinas caraqueñas” que tanto le hacían falta a Andrés como: intercambios de regalos, reuniones con amigos y hallacas en familia, decidimos irnos unos días a la playa. Como había sido siempre, organizamos los preparativos para el viaje y a Andrés le tocó pasar por la misma bofetada de la licorería, pero esta vez en el automercado. No podía creer la cantidad de ceros que tenía la factura en comparación con las bolsas que llevaba.

Ya todo comprado y listo para llevar, salimos rumbo a la playa. Como era de costumbre, a estos viajes siempre salíamos en la tarde-noche; ahora, motivo de impacto para Andrés, era básicamente una locura salir después de las tres de la tarde debido a la inseguridad en las carreteras del país. Luego de un buen tiempo en cola, dos CDs de Juan Luis Guerra y la compra de algunos souvenirs de carretera, llegamos con la luz del sol.

El primer día de playa empezó con una levantada temprano y parada obligatoria en el kiosco de empanadas cerca de la marina. Andrés, con un apetito grande, se comió cuatro empanadas. Todas acompañadas por supuesto, de la “salsita verde misteriosa” que sabe tan bien pero nadie nunca sabe qué tiene. Terminando el banquete con una malta, Andrés pagó lo que a toda la familia le parecía un monto normal, pero a él no le entraba la cifra en la cabeza; una vez más cambiándolo a dólares exclamó:

¡Que absurda la economía venezolana!

Llegamos a la isla y todo estaba tal cual Andrés lo recordaba; la playa espectacular, vendedores de collares y pulseras playeras, pescadores con sus cavas vendiendo cualquier combinación de pescado existente, la masajista buscando clientela por toda la playa, y los carritos de helado Efe y Tío Rico flotando por la costa. La única característica que le pareció novedosa fue un punto de venta inalámbrico que recorría toda la isla para pagar con tarjetas de débito y crédito lo que con efectivo no alcanzaba. A Andrés le pareció ilógico al principio, pero después cayó en cuenta que los billetes en este país ya solo alcanzan para la gasolina.

Luego de un siete potencias, un mata la suegra, un rompe colchón y unos baty-batys que nos comimos entre todos, regresamos a la casa.

Pasamos tres días más en la playa con todo lo que implica; sol, pescado frito, cocadas, empanadas, birras y protector solar. Mi primo estaba contento; extrañaba tanto esas experiencias que no le importó el deterioro importante que sí hacía diferencia de hace cuatro años.

Insolados y cansados, nos regresamos a Caracas. (de día obvio, recuerdo lo de la seguridad).

A Andrés le quedaban pocos días en Caracas, por lo tanto decidió aprovechar, ver a la familia que le faltaba y parrandear al máximo las botellas de ron que había comprado al llegar. Le hicieron una despedida casi como la de su verdadera partida, y luego de un buen desayuno criollo post rumba se fue directo al aeropuerto.

Ya en el terminal, esperando a que el avión no se retrasara, Andrés pensó en las tres semanas que había pasado. Sacó la cuenta de los dólares que había cambiado, junto con los bolívares que le sobraron, y no gastó ni cerca del costo que significa una semana de vida para él en la capital latina de los Estados Unidos. Pensó en el costo que significa para todos los extranjeros vivir fuera de Venezuela. Pensó en el costo que significa la seguridad para él. Pensó en el costo que significa la “organización y normalidad cotidiana”. Y pensó en el costo que verdaderamente significa la calidad de vida. Costos que a pesar que sean en dólares y le cuesten mucho ganárselos, no los cambia por la situación que se está viviendo en Venezuela.

Luego de una buena conversación con él, mi primo me concluyó;

“Venezuela como estructura está igual prima; los edificios, las casas, todo. Lo que no está igual son los precios. Como extranjero no los entiendo. Lo que a mí me costaba cien ahora me cuesta diez mil. No entiendo cómo a la gente les alcanzan los bolívares; y lo peor de todo es que así los precios me parezcan una locura, igual sigue siendo baratísimo para los que ganan en dólares.

Otra cosa que no está igual es el toque de queda a partir de las siete de la noche, qué ganas como la inseguridad nos tiene a todos los venezolanos aterrados y mucho más violentos. Extrañaba mucho todo esto, de verdad que me hacía falta, pero la situación en Venezuela está ya casi invivible”.

La historia de Andrés no tiene nada de particular; muchos otros han emigrado y han regresado a encontrarse situaciones peores de las que vivió mi primo una semana en la playa. Pero es un recordatorio necesario, porque las condiciones en las que se encuentra la economía del país trascienden las tendencias políticas y los conflictos sociales. 

Sin duda Venezuela es un caso deplorable para algunos, utópico para otros y absurdo para todos. 

Este artículo no necesariamente refleja la opinión de The Amaranta y sus creadores.

Instagram Feed Instagram Feed Instagram Feed Instagram Feed Instagram Feed
Más artículos
Tips para salir a comer sola