Lo sexual de comer

Lo sexual de comer

Ciertamente hay algo de lujuria escondido en el arte de comer. Bueno, el arte siempre tiene una tendencia a satisfacer placeres y sucumbir a aquello que nos hace sentir y ver bien, tal y como lo hace el sexo.

No me limito a calificar comer como un arte, porque bien sabemos que el paso previo a comer, que es cocinar, ha alcanzado los niveles más altos de admiración y crítica y se ha añadido a una cultura que la encuentra tan compleja como cualquier sinfonía de Bach. Por ende, disfrutar del producto de las artes culinarias también debe ser considerado una experiencia artística.

Como plantee antes, el arte y el sexo van de la mano como queso y pan, y últimamente he tenido varias razones para no solo pensar en una hamburguesa con óptica artística sino con una mirada sexual.

No, no me refiero a los comerciales de baja producción y que exigen poco de lo intelectual en el que muestran a una mujer devorando un helado para avivar las llamas de la pasión masculina.

La cultura Pop nos ha hecho creer que cualquier alimento de forma cilíndrica debe ser comido de alguna otra forma que no sea de la mano a la boca porque estás insinuando en un lenguaje tácito que quieres devorarle el pene a cualquier macho que te vea.

En eso seguro estamos pensando cuando sacamos de la lonchera en la oficina un cambur misterioso que huele a atún.

Nuestra mente no piensa: “¿Será que esto lleva 2 semanas aquí? Es que no tiene tantas manchitas negras”.

Nuestra mente realmente piensa: “Mmm, que me vea, ¡qué conveniente este cambur, justo cuando estaba en mi pico de lujuria en la oficina!”.

Adiós a sentirnos cómodas de comer un helado, una salchicha, un cambur, un chupi chupi (este es inevitablemente morboso), o una chupeta en público.

Gracias a esta convención poco acertada y bastante sexista es que cuando se introducen la palabra “sexo” y “comida” juntos, nos viene esa lista de alimentos a la mente, o una fantasía poco higiénica que involucra crema batida.

Pero puede que la comida escape de estos lazos pornográficos de bajo presupuesto y se eleve a algo más profundo que la pena en comerse el cambur en la oficina.

La reciente cultura que se ha desarrollado entorno al buen comer ha despertado en muchas personas una curiosidad que no sabían que tenían.

El descubrir nuevos platos o ingredientes se ha convertido en una experiencia de miedo y curiosidad medio virginal.

El calor de los fogones y la actividad al momento de cocinar es ciertamente atlético.

Disfrutar de comidas que realmente nos gusten, esas que hacen que cerremos los ojos y digamos “Mmmm” como un comercial de McDonald’s, esconden un carácter netamente orgásmico. De hecho, comer tu comida favorita puede hacer que liberes dopamina a los mismos niveles como si estuvieses teniendo sexo.

La anticipación a una gran cena, tener esa hambre desenfrenada podría suceder igual en un plano sexual.

Y aunque muchas personas creen en afrodisíacos como ostras, chocolate e higos, la sensación que se tiene luego de cualquier comida bien preparada es tan satisfactorio como el buen sexo.

Hay pocas cosas que exciten más a que te digan “La comida está lista”.

Y aunque muchas personas siguen con paradigmas en cuanto al sexo y a hablar de él, todo el mundo parece bastante cómodo con que un chef describa un platillo diciendo que:

“La dulce forma en que la miel va a caer sobre el queso brie, previamente cortado y tratado con cuidado, el cual calientemente se derrite sobre una tostada y crujiente rodaja de pan que acompañada al sabor de las nueces tostadas desencadenan un universo de colores y distintos niveles de disfrute en el paladar”.

A veces el sexo deja de oler a rosas y champaña, y empieza a oler a tocineta, ajoporro y aceite de oliva.

Sin tener que pensar en cambures…

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