La libertad sexual no es lo mismo que la cultura ‘fuckgirl’
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La libertad sexual no es lo mismo que la cultura ‘fuckgirl’

Debemos entender que disfrutar del sexo no significa usarlo para lastimar a otros

Afortunadamente, las mujeres hemos ganado muchas batallas en búsqueda de nuestra independencia, entre ellas, la de la libertad sexual. Finalmente el mundo reconoce que también disfrutamos del sexo y no hay nada de malo con admitirlo. El problema viene cuando este mensaje que pretende ser empoderador se distorsiona. En los últimos años, gozar de libertad sexual y ser una fuckgirl se han convertido en sinónimos, implicando que el desapego emocional y la promiscuidad son requisitos necesarios para ser feminista. Es muy fácil caer en la tergiversación, así que antes de apropiarnos de un término, debemos entender en qué consiste disfrutar de la libertad sexual y por qué esto no es sinónimo de actuar como una fuckgirl.

Amanda Charchain libertad sexual
Amanda Charchain

La libertad sexual puede ser entendida a grandes rasgos como el derecho a hacer lo que quieras con tu cuerpo porque, al final del día, es tuyo, pero este concepto va más allá de experimentar sexualmente y tiene que ver con el desarrollo de la mujer en la sociedad y la visión que tenemos del sexo. 

Las primeras ideas sobre libertad sexual surgieron hace cien años, en medio del desenfreno que caracterizó la década de 1920. El fin de la Primera Guerra Mundial significó un cambio de la mentalidad que valoraba el sacrificio y el deber patriótico a una que favorecía la individualidad y que contribuyó al deseo de las mujeres de explorar campos que antes se le tenían prohibidos, como la política.

Con las mujeres integrándose al entorno laboral y adoptando actitudes que antiguamente estaban reservadas para los hombres, como fumar o usar pantalones, los debates en torno a la sexualidad femenina tampoco tardaron en aparecer en libros como Lady Chatterley’s Lover de D. H. Lawrence, la primera novela erótica en mostrar de qué se trataba la liberación sexual de las mujeres a finales de los años veinte, que además fue prohibida precisamente por lo mismo.

Mujeres en los años veinte exigiendo su derecho al voto
Gamma-Keystone via Getty Images

Posteriormente, con la expansión del movimiento feminista y la comercialización de los métodos anticonceptivos en 1960, las mujeres ganaron mayor control sobre sus cuerpos y decisiones. Sin embargo, el discurso de igualdad, en ocasiones, estaba también asociado con la idea de que las mujeres debían adquirir actitudes masculinas para romper con el ideal de feminidad preestablecido y poder acceder a algunos privilegios considerados solo para hombres como la participación en los asuntos políticos y mayores oportunidades laborales.

En años recientes se ha hecho más notorio el interés por replicar algunas conductas masculinas en pro del empoderamiento. Sin embargo, esta idea también nos ha llevado a pensar que debemos adoptar algunos comportamientos un poco cuestionables de algunos hombres, como lo podrían ser la falta de empatía general y un desapego y rechazo a lo emocional en favor de la fría racionalidad tradicionalmente masculina. Y esto ha permeado también nuestras relaciones personales.

Con el crecimiento del fenómeno de los fuckboys, hombres reconocidos por entablar relaciones solo para tener sexo y por descartar completamente los sentimientos de otros sin una pizca de empatía, el sexo como juego y arma de manipulación se hizo popular también entre las mujeres que desean reclamar su libertad sexual. Podemos ver esto si analizamos el cambio que ha tenido la industria del reguetón en los últimos años, ya que cada vez más artistas hombres reconocen la liberación sexual femenina y lo demuestran en sus letras, pero lo hacen partiendo de esta idea que relaciona la libertad con manipulación o infidelidad. De forma casi idéntica, las mujeres de esta industria se han apropiado de esta narrativa, enalteciendo una cultura que es raíz de relaciones tóxicas.

Bad Bunny celebra a la mujer que perrea sola al tiempo que dice que esta tiene a los hombres “de hobby” y les dedica Bichiyal a quienes se identifican como “casi solteras”. Karol G, mientras tanto, reafirma este estereotipo en China cuando nos cuenta cómo le es infiel a su novio sin ningún tipo de remordimiento. Para muchos ya no es raro escuchar o leer que las mujeres disfrutan de su sexualidad y es aun más común que palabras como fuckgirl se utilicen como insignias de orgullo feminista, aunque este puede no ser el término que mejor defina lo que es tener control de tu propia sexualidad en 2020.

En términos generales, tendemos a calificar como fuckgirls a las mujeres que tienen una gran iniciativa en materia sexual y que utilizan este conocimiento del sexo y de sus atributos para manipular o sacar ventaja de otras personas. En pocas palabras, ven el sexo como una herramienta para obtener placer, no se involucran emocionalmente y, en algunos casos, buscan solo el beneficio unilateral, por lo que sus conductas pueden resultar hirientes para otras personas. 

No hay nada malo con que una mujer disfrute de su sexualidad, más bien, así debería ser. El propósito de la libertad sexual es que ninguna mujer sienta vergüenza o sea criticada por tener varias o una sola pareja sexual, o incluso por no tener ninguna y guardarse hasta el matrimonio si esto es lo que realmente quieren. La verdadera liberación viene de poder tener control y sentirnos bien con las decisiones que tomamos con nuestro cuerpo, siempre y cuando estas no le hagan daño a nadie.

La razón por la que muchas mujeres se autodenominan fuckgirls es la idea de liberación que rodea la palabra y suelen tomar la manipulación emocional como una exigencia para reafirmar el poder que tienen sobre su sexualidad, y este es precisamente el problema.

YSL Amanda Charchain
Amanda Charchain

Cuando utilizamos la palabra fuckgirl como bandera de un movimiento como el feminismo no podemos solo usarla por la mitad de su significado que más nos convenga, debemos tomar en cuenta también las connotaciones negativas que tiene y que, queriéndolo o no, ponemos sobre nuestra persona también. Señalarnos a nosotras mismas o a otras mujeres como fuckgirls y celebrar esa cultura no solo enaltece la libertad sexual, también envía un mensaje de que tomar el sexo con ligereza está bien y esto puede tornarse peligroso cuando tal libertad se extiende a dar por sentado que las mujeres nunca dirán que no a un encuentro sexual.

En Liberated: The New Sexual Revolution (2018), documental de Netflix, podemos ver parte de las consecuencias de una cultura en la que el sexo no tiene importancia más allá del placer. Algo que es evidente en este filme, que se enfoca en las consecuencias psicológicas y emocionales que resultan de la llamada hookup culture, es que muchas mujeres se sienten obligadas a participar en actividades sexuales para ser consideradas modernas, divertidas y atractivas, lo que genera una gran presión por adoptar actitudes típicas de fuckgirls e incluso decir que sí a todo porque el estereotipo lo demanda, dejando de lado cualquier sentido de liberación o control que estas mujeres puedan tener sobre sus cuerpos.

Una distorsión similar del concepto de la libertad sexual ocurrió durante los sesenta con la llegada de la filosofía del “all you need is love” y de nuevos ensayos que exploraban la sexualidad femenina. La década de la revolución hippie trajo consigo una nueva forma de ver el amor y el sexo, conceptos que para la mayoría eran independientes, tal como lo son para algunas mujeres de hoy en día, incluidas las fuckgirls. En The Sixties Unplugged, Gerard DeGrood recoge varios testimonios de personas que vivieron esta época y que, en retrospectiva, admiten no haberse sentido del todo liberadas, pues la agenda sexual que llevaba la juventud representaba una gran presión. 

De acuerdo a lo recopilado en el libro, eran tiempos en los que las mujeres feministas se enorgullecían de poder llevar a uno o varios hombres a sus casas sin necesidad de ser juzgadas por ello y esto significó un gran paso para la independencia femenina. Pero que no hubiese consecuencias morales para este acto y que las mujeres dijeran abiertamente que lo disfrutaban también creó la idea de que ese era el modelo que muchas debían seguir si se consideraban feministas, pues de otra forma, serían vistas como mujeres frígidas que apoyaban al patriarcado conservacionista.

Mujeres protestando por la guerra de Vietnam en 1970
Eugene Gordon—The New York Historical Society / Getty Images

Esta concepción de que la libertad sexual significaba nunca negarse a los actos sexuales pasó a ser la regla y se convirtió en un problema más importante cuando las mujeres empezaron a sentirse atacadas o eran violadas en nombre del triunfo de la poligamia y del sexo sin ataduras. Lo que muchos habían visto como una liberación de las estructuras morales del matrimonio se había convertido en una celebración de las violaciones como formas de expresar el amor universal. Así, las mujeres, más que tener control de su feminidad, volvían a ser presa de estigmas sexuales.

Es preocupante que algo como esto pueda volver a ocurrir casi sesenta años después. Parece que no hemos aprendido nada porque, como mujeres, seguimos utilizando términos que no nos describen del todo. Si bien ser una fuckgirl sí significa tener control total sobre tu sexualidad, gozar de libertad sexual no es sinónimo de dejar de lado límites saludables en nuestras relaciones y mucho menos tiene que ver con usar el sexo como un arma contra otros.

Y sí, puede llegar a ser confuso y hasta contradictorio cuando no hay mucha claridad sobre lo que implica la libertad sexual y lo que significa ser una fuckgirl. Ambas cosas pueden estar relacionadas, pero definitivamente no son sinónimos y tampoco deberíamos tomarlas a la ligera. La sexualidad femenina es un tema tan complejo que incluso las últimas teorías que trataron el tema en los ochenta se contradecían en cuanto a qué es o no es la libertad sexual de una mujer. 

Pure Stent / Honey Long

Las teorías que respectan al tema fueron discutidas en la Conferencia de Sexualidad en Barnard College en 1982 y recopiladas en el libro Placer y peligro: explorando la sexualidad femenina, una selección de los ensayos más importantes de la jornada. Entre ellos, destacan Placer y peligro: hacia una política de la sexualidad de Carol Vance y El ello domado: la política sexual feminista entre 1968-83 de Alice Echols. En ambos, se aprecian dos formas de ver la sexualidad femenina y a la mujer liberada sexualmente.

La primera, y la más antigua de estas visiones de la sexualidad femenina, entiende la libertad sexual como una restricción necesaria debido a que la naturaleza de la mujer es ser pasiva y depende de ella contener la agresividad innata de la sexualidad masculina al reprimir su propio instinto sexual. Por lo tanto, favorece a las mujeres que siguen los modelos tradicionales de matrimonio y maternidad, y que tienen que renunciar a su placer para sentirse protegidas. 

La segunda es un poco más parecida a nuestra perspectiva de la libertad sexual y tiene que ver con un placer liberado de las reglas dictadas por las tradiciones, aunque esto exponga a las mujeres al peligro típicamente asociado con la prostitución y la promiscuidad. Bajo esta concepción, las mujeres tienen un rol más activo, haciendo mímica de los hombres, como aquellas revolucionarias que comenzaron a usar pantalones en los años veinte para verse más masculinas.

Libertad sexual
Pure Stent

Últimamente tendemos a favorecer una de estas formas de feminismo sobre la otra. En ocasiones, al dejar atrás la cultura del slut shaming, llegamos al extremo de pensar que las mujeres deben vivir su sexualidad de una única forma —aquella que implica su carácter activo— y que, por lo tanto, deben ser un equivalente de los hombres en ese sentido. Es decir, tienen que identificarse, a falta de una mejor palabra, como fuckgirls, para imitar a los fuckboys. Sin embargo, no tiene sentido que nos apropiemos de un término que representa muchas actitudes que condenamos en hombres solo para crear un falso sentido de igualdad que termina siendo perjudicial. Que existan fuckboys no quiere decir que deban existir fuckgirls también, no es una competencia de quién puede jugar con otros mejor.

El número de personas con las que se ha acostado una mujer no la hace mejor o peor que otra. Todo el propósito de la libertad sexual es que, como mujeres, tengamos el poder de decidir qué hacer con nuestro cuerpo y con cuántas personas hacerlo, pero también debemos dejar claro que así como está bien tener múltiples parejas, también lo está tener solo una o ninguna, de eso se trata la verdadera libertad sexual por la que hemos estado luchando desde el principio. El sexo no tiene que ser una estrategia política o una herramienta de venganza contra los hombres, así que quizás deberíamos dejar de llamarnos fuckgirls y buscar un nombre que nos defina mejor. 

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