La guerra del plástico y los pitillos

Acto seguido, mi mejor amiga se acerca al dispensador de pitillos, a lo que respondo “no, yo no quiero uno”. Con una expresión de desconcierto empieza a imaginarse en qué tipo de lucha de activista social me metí ahora, sin embargo prefiere no darme cuerda para que me siente treinta minutos a darle una explicación a lo National Geographic porque la película ya va a empezar y honestamente le da un poco de fastidio escucharme ahora. Entendible.

Luces apagadas, aire acondicionado a millón y la lamparita de Pixar hace su entrada triunfal, aquí es cuando mi decisión de optar por el “no pitillo” es un fracaso porque mientras el castillo de Disney se ilumina yo siento el río de refresco helado correr por mi suéter. Era muy probable que esto sucediera. Pero valió la pena.

Salvando el día, una tortuga a la vez era lo que pensaba cuando me bañaba en refresco durante la película.

La iniciativa anti pitillo comenzó cuando una noche, navegando por las oscuras aguas del Internet, me topé con el video de una tortuga rescatada a la que le estaban tratando de sacar un pedazo de plástico de la nariz.

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El video da grima, dolor y sobre todo rabia sabiendo que ese pedazo de plástico probablemente provenía de una niña insolente que se estaba tomando una margarita en la playa y borracha dejó caer el pitillo al mar. Una niña insolente que perfectamente pude haber sido yo.

Entonces investigué un poco más y resulta que el mes pasado hubo un auge de popularidad sobre el hecho de evitar el uso de pitillos.

Razones simples:

1. Están usualmente hechos de varios tipos de plástico, lo que los hace imposible de reciclar.

2. Las campañas para reducir el plástico han ido dirigidas a bolsas, contenedores de comida y etiquetas, pero nadie había concientizado el hecho de que usamos plástico casi cada vez que vamos a tomar un sorbo.

3. Porque son pequeños, logran llegar más fácilmente a grandes cuerpos de agua.

4. Los animales marítimos como siempre, salen perdiendo la lucha frente al plástico.

5. El video de la tortuga vale.

Lo más probable es que si vas a una discoteca, un restaurante, un puesto de perros calientes, el cine o incluso a casa de una amiga, te ofrezcan un pitillo sin siquiera pedirlo.

Asumiendo que hayas hecho todas esas actividades un sábado y suponiendo que solo hayas tomado una bebida en cada lugar (aunque bien sabemos que no te tomaste un solo trago en la discoteca), habrás tocado cinco pitillos en un solo día. Sumando los que tocaron tus digamos, cinco amigas, son 25 pitillos.

Aplica una matemática lógica que evidentemente no manejo bien y descubrirás que la cantidad de pitillos que manejamos semanalmente son casi tan absurdos como esperar que Putin le ofrezca un paraguas a la primer ministro de Croacia.

Eliminar los pitillos es la campaña más grande del 2018 según Eater y aunque parece medio absurdo, es una iniciativa que puede aplicar todo el mundo a su vida diaria. Digamos que es más fácil decir que no a un jugo de fresa con pitillo que plantar un árbol, supongo que de ahí viene su popularidad.

Pero eso no debe ser un rasgo malo, el hecho de que sea una acción sencilla más bien trae atención positiva sobre crear conciencia de la cantidad de plástico que usamos a diario. Dices que no a un pitillo y creas un espacio de conversación sobre el ambiente sin tener que sonar como un documental británico sobre osos polares en peligro.

Starbucks decidió eliminar para el 2020 el uso de pitillos en sus establecimientos, y aunque no sabemos si la decisión fue para mejorar la opinión pública de la franquicia o para ser ángeles del ambiente, un paso positivo es.

Se dice que en EE.UU. se usan más de 500 millones de pitillos diariamente, los suficientes como para llenar 127 autobuses escolares. La cifra mundial debe ser tan abrumadora como el hecho de saber que Game Of Thrones paró de filmar para siempre.

Y como siempre hay un grupo de personas que opinan que estar Straw Free es un insulto. Porque nada en este mundo contemporáneo sucede sin que alguien se queje. Esta vez la queja va con sentido, bueno más o menos.

Las personas con discapacidades, ya sea porque les falta un miembro o tienen problemas para comer como el resto de nosotros, dependen de los pitillos para alimentarse. Son una herramienta que los ayuda a tragar y tan necesaria como lo sería un tenedor para los demás.

Sin embargo, muchos han dicho que la respuesta a no utilizar pitillos no debe ser definitiva. Los pitillos de acero, cartón o incluso unos comestibles pueden ser la respuesta para aquellos que no puedan vivir sin pitillos o que simplemente no quieran dejar de usarlos. La guerra es al plástico, no a los pitillos.

La cantidad de pitillos que usan los estadounidenses en un día son suficientes como para darle la vuelta al mundo, dos veces. Podemos llevar nuestras propias bolsas al mercado, gastar menos agua y usar pitillos de bambú, eso solo si quieres por supuesto que la Tierra viva más tiempo del que le estamos dando, sino terminaremos mudados a una nave espacial y moviéndonos en carritos eléctricos y obsesos como en Wall-E. Y aunque eso suene genial, no lo es.

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