Fui vegetariana un mes (segunda parte)

Fui vegetariana un mes (segunda parte)

Con ínfulas de superioridad me reía de aquellas personas que decían “Yo no me puedo comer eso, tiene cara”.

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Bueno, para ser honestos las risas venían luego de un gran desprecio y asombro por aquellas personas que no se entregan a chupar la cabeza de un langostino a la parrilla, o de sacar la mejor carne del pescado, de aquellas que se revuelven de pensar en orejas de cochino y que nunca, en serio, nunca considerarían engullir sesos con una cantidad letal de mantequilla.

Desprecio y risas, seguidas por una pérdida de fe en un mundo que prefiere comer un nugget en forma de estrellita que un pollo a las brasas.

Mi odio a lo vegetariano crecía cada vez que sin ningún cuidado por la milenaria cocina del líbano, alguien decía que hummus es la comida más in de la temporada.

Me estaba montando en un avión con destino a un continente que no había pisado nunca y a un país que nunca soñé que iba a visitar.

Eran 9 horas a Frankfurt, 4 en el aeropuerto y luego unas 7 horas y media para llegar a Mumbai, que está a 3 horas de Puné, donde vive mi tía. Digamos que básicamente iba a pasar dos días viajando, imáginandome todo lo que me iba a esperar en un país casi considerado un continente por sí solo porque tanto en tamaño, cultura, religión y gastronomía era demasiado distinto a todo lo que lo rodea.

Sí, gastronomía. En parte lo que para mi casi se lleva el premio de lo más importante en un buen viaje. Siempre he creído que las buenas experiencias y las vacaciones se miden por kilos. Si fuiste a Italia y regresaste más delgada, fallaste. Perdiste rotundamente por no terminarte absolutamente cada plato de pasta, por rechazar un pedazo de pizza y por no desayunar, almorzar y cenar gelatto.

Pero yo iba a la India, y allá no se come pizza, ni pasta y mucho menos gelatto, ¿o sí?

La verdad es que entre el pánico asombroso que domina mi cuerpo una vez que ingreso a la cabina de un avión y mi compañera zombie/madre de viaje, no me quedaba de otra que escribir un poco y soñar despierta con los platos exóticos que se me podrían presentar en Pune.

Lo que sabía de la comida allá eran pocas cosas: se come curry, obvio, eso todo el mundo lo sabe; las vacas son sagradas, así que nada de double cheese burgers, toman mucho té por el tema de ser ex colonia inglesa y que mi tía cada vez que venía de visita a Venezuela para realizar trámites engorrosos u ocuparse de la votación anti comunismo de la temporada, no salía de un restaurante de carne.

Todas más o menos buenas señales, considerando que me enorgullece decir que como casi todo, menos eso de que mis tíos devoraban casi una vaca completa en lo que pisan Maiquetía. Eso no puede ser un buen indicio.

Cerca de llegar a mi destino en algún lugar entre la tierra de las salchichas y la del curry, se me acerca una aeromoza y me ofrece “chicken or veg” , a lo que inocentemente respondí “veg” y mi madre casi con los ojos fuera de sus órbitas me preguntaba si me sentía bien. En primer lugar porque casi nunca como en un avión y segundo porque que yo pidiera comida vegetariana, era como decir que Frodo se había puesto el anillo definitivamente para entregarse a Sauron.

“Mami, yo creo que voy a aprovechar para ver si puedo pasar un mes siendo vegetariana”.

Lo que me llevó a tomar esta decisión fue lo siguiente. Había visto Okja recientemente y de verdad que me medio movió el corazón el tema de los mataderos, como si fuera poco vi Cowspiracy y aunque reservo mis dudas, la tésis cubre un muy buen punto sobre el impacto de nuestra dieta en el ambiente, además que el 41% de los indios sean vegetarianos significa que entre ellos deben haber unos buenos chefs que velen por el cuidado al sabor, a fin de cuentas no son bloggeras insoportables y han tenido esta dieta desde hace siglos, y más importantemente porque me quería probar que lo podía hacer y listo.

Las oportunidades están hechas para probar cosas nuevas, así que por no encasillarme en una fanática que repele el cambio, pues me encasillo como una fanática que por lo menos va a intentarlo.

Para ser honestos, muy dentro de mí sabía que mi arrogancia lo que buscaba era probar, con fundamentos que esto de ser vegetariano era una hu*vonada y no precisamente una merengada de huevo.

Así que revelé debajo de un papel aluminio hirbiendo una especie de potaje amarillento con arroz, acompañado por un plan chato y lo que por olor y aspecto similaba un postre. De cubiertos un tenedor, un cuchillo y una cuchara y luego de esperar sin éxito la sopa para darle uso lógico a mi cuchara, hice lo que mi instinto me dictó:

In India do, as Indians do.

Mi mamá y yo casi como en una coreografía de Beyoncé, volteamos a nuestro vecino de asiento e imitamos lo que veíamos. Esta gente usaba la cuchara como cuchillo y mezclaba todo junto como cuando te lo prohibían de pequeño cuando querías comer el pabellón en plato hondo.

“¿Jesús Cristo Santísimo, qué es esto?” le dije telepáticamente a mi mamá mientras sudaba por lo picante, quién acató mi mensaje a la perfección y preguntó a nuestro vecino local, que diántres era lo que tenía a su niñita transpirando como pecador en misa de domingo de 4 de la tarde en Higuerote.

El muy amable paisanorespondió en inglés con un acento distintivamente hindú que hizo imposible entender lo que nos respondió.

“Ahhh” respondimos en unísono asintiendo con la cabeza, mientras todavía confundidas y sudando como si hubiese corrido de Caracas para acá, intentaba comprender mi plato.

Suena la señal de abrocharse los cinturones, y no es porque voy a morir en turbulencia, sino porque estamos aterrizando en el país inventor de la corriente gastronómica que había dado tantas vueltas en el tiempo y espacio para que yo, niña de empanadas y tajadas, tuviese un curry verde enfrente en un avión.

Discutiendo con mi mamá le juré por orgullo que era capaz de pasar un mes sin beber, ni fumar, ni comer carne.

Esperando las maletas, desorientada sin saber qué día de la semana era, ni qué hora de la madrugada acechaba, mi estómago ruge como un tigre de bengala y solo puedo pensar en un sánduche de pulled pork con pepinillos y cebolla crujiente.

¿Por qué me estoy queriendo torturar así?

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