Fui vegetariana un mes (primera parte)

Fui vegetariana un mes (primera parte)

Irritada, así me sentía cuando un conocido decía que su novia llevaba 6 meses sin comer cochino.

Siempre me ha irritado el hecho de privarte de algo que te guste. No en el sentido rock & roll- carpe diem- yolo de “haz lo que te dé la gana cuando te dé la gana”, sino en una dosis menos crack al estilo “sí sé que el foie gras es una maldad al ganso, y qué chimbo, pero no por eso voy a dejar de comer paté”.

La comida es rica y buena, ¿Qué hace esta gente dejando de comer queso?

Si existe algo peor que un sistema político dictatorial, es una dieta. Bueno, no sé si peor, pero definitivamente se parecen en malicia. Que una persona ajena a ti te establezca un régimen de alimentos, una única lista de víveres que puedes comer, un máximo de 10 alimentos que si traicionas te torturaran con la amenaza de unos kilos de más, que tengas que cocinar con una sazón desabrida porque “mucha sal es mala y el aceite de oliva no es tan bueno como dicen”, que te sometas a un detestable exámen de peso, forzada a desnudarte para que alguien te toque los rollos y te diga que esta semana te portaste mal, que aunque apestes en deportes te obliguen a rebotar sobre máquinas de acero hasta que estés roja y en el precipicio del vómito; suena a una experiencia militar, torturadora, dictatorial y un poco sadomasoquista para ser honestos.

Suena radical esta visión sobre las limitaciones de una dieta alimentaria, pero he pasado muchos años de mi vida desafortunadamente viendo amigas, familiares y desconocidos engullir pedazos de lechuga soñando que es lomito con papas fritas.

Más tolerante, luego pensé, no hay nada de malo con querer bajar de peso a uno saludable e ideal según unos buenos estándares médicos. Pero la idea de “prohibir” alimentos me seguía perturbando.

La comida es rica y buena, ¿por qué será que esta gente le quita la grasa al jamón serrano?

El mundo se divide en un polo de personas que pueden (económicamente) comer todo lo que quieran y no lo hacen, y otra gente, otra gran y lamentable masa de gente, que no logra ver en su mesa una cajita feliz ni por equivocación.

Este último caso demasiado cercano a casa, es el que me hace hervir la sangre frente a cuentas de Instagram que promueven una dieta libre de gluten, libre de grasas trans, libre de químicos, libre carne, libre de pollo y definitivamente libre de sabor.

A fin de cuentas, ¿Qué caraj* es un estilo de vida green?

Más allá de una obvia pero equivocada alegoría a la marihuana, el estilo de vida “green” parecía ser una movida, retroalimentada por bloggers anoréxicas y kale, que fomentan la idea de que comer puros vegetales y alejarse de los animales “porque son cuchis y qué feo que los maten” es la manera natural de manejar una dieta.

Somos omnívoros, tenemos dientes incisivos y caninos. Es biológico, b*tches gotta eat bacon.

La comida es rica y buena, ¿A nadie le dijeron que mientras más grasa o más “marmoleada” sea la carne molida, mejor sabrá la hamburguesa?

Peleé varios años de mi vida con vegetarianos fanáticos que se empeñaban en que nuestra dieta no era balanceada y que perjudicaba el planeta. Palabras que venían de una persona que comía hummus en el desayuno para cumplir la cuota de proteínas necesaria para no pues, morir.

En cierta parte tenían razón y yo lo sabía, en general el mundo no come balanceadamente y EEUU se está llevando el premio de Little Miss Fat Sunshine hundiendo la balanza que mide la obesidad en el planeta. También hemos desarrollado un ritmo aceleradamente absurdo en cuanto al consumo de carnes por lo que además de cometer atroces crímenes contra los animales, estamos matando al planeta. Y esta parte de la pelea no me gustaba abordar, porque iba a salir noqueada al estilo McGregor a pesar de mis aires de “sabrosona”.

La vida se dividía para mí en dos: ellos y nosotros.

Ellos son los que lloran viendo Okja, ellos son intolerantes con las parrillas de los domingos, ellos sufren y arquean al verte comer una empanada de carne, ellos son los que te boicotean la cena en tu casa y por los que tienes que buscar hamburguesas de pollo, ellos le hacen saber a todos que están a dieta, o que no comen gluten, o que llevan un mes sin comer carne de res, que en verdad aprendieron a odiar la tocineta, ellos son los fanáticos, ellos son los radicales, en muchos casos ignorantes, ellos son en el peor de los casos (Dios me perdone por decir la palabra) vegetarianos.

Nosotros, bueno, nosotros comemos morcilla y nos gusta la carne de parrilla roja y que diga “MUUU”.

La comida es rica y buena, ¿será que soy la única que se emociona cuando ve una caja china y pregunta “pa’ cuando el cochino”?

Me molestaban además los cónyuges, familiares y amigos cómplices de “ellos”. Basta negar con un no rotundo la petición de una de “ellos” de sacarle los langostinos a la pasta con langostinos, para que salga el novio bolsa a decir que él puede prepararle una salsita a su cuchi. Y ahí terminamos todos, en la mesa chupándole el jugo a las cabezas de los langostinos mientras cuchi come linguini con margarina y queso parmesano.

Demasiado tiempo sin comprender, sin tratar de encontrar un punto medio de paz, siendo así de intolerante me tenía cegada. Era el miembro perfecto de una liga de súper villanos del nuevo milenio: el papá homofóbico, el gringo xenófilo, el tipo que mató a Harambee, Mohamed el musulmán radical, Kim Kardashian, Kim Jong Un y yo la intolerante a los vegetarianos.

Mi poder de súper villana iba a ser un uso samurai de mi cuchillo de charcutería y la habilidad de lanzar huesos de costillitas barbecue a una velocidad supersónica a un gran grupo de personas saliendo de Whole Foods.

Pero el universo es sabio, y no iba a dejarme salir con más de mi intolerancia al mundo.

Entonces un buen día, mi tía que vive en la India me extendió la bonita invitación de quedarme con ella un mes. En Asia. En la India. En un lugar donde 41% de las personas es: VEGETARIANA.

Y así, con una gran suerte y un espectacular viaje enfrente, fue como comencé a ver a los vegetarianos con otra lupa.