El estoicismo y el budismo pueden enseñarnos a vivir mejor

El estoicismo y el budismo no nos convierten en el Sr. Spock, pero pueden enseñarnos a vivir mejor

Breve guía para relajar nuestros músculos faciales después de leer un tweet ofensivo

Cuando cumplí 19 años asistí a mi primer —y único— retiro de meditación Vipassana a las afueras de la ciudad durante diez días. La actividad consistía en abandonar todo tipo de estímulo externo: celulares, libros, laptops y similares, para entregarme cada día a extensas sesiones de meditación siguiendo la regla principal del “noble silencio”, es decir, cero comunicación con los otros compañeros del retiro, únicamente con los instructores y la maestra budista, un poco extremo para alguien de mi edad. Aun así lo pude terminar “en perfecto silencio” y aprendí, además, la base de toda meditación, que es sencillamente observar tu respiración sin aferrarte a ningún pensamiento, entendiendo que la mente y las emociones son un continuo ir y venir. Todo muy fácil, pero no realmente. 

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Diez años después, con una vida sobreestimulada por las redes sociales, las series de Netflix y la biblioteca infinita de Apple Music, creo que no lograría completar siquiera tres días del retiro sin querer tararear alguna canción de Taylor Swift o revisar el feed de Instagram y reaccionar a cuanta publicación me sea posible. Claramente, del 2009 hasta hoy, nuestros hábitos se han transformado, vivimos para entretenernos porque nos hemos convertido en la pesadilla de Theodor Adorno. Pero a pesar de vivir sometidos a estímulos constantes, observar mis pensamientos y emociones continúa siendo un hábito más o menos constante, pues asisto una vez por semana a un centro de meditación budista. Y aunque discrepo con algunas nociones de esta doctrina, mi afición por los videos de Alain De Botton sobre filosofía aplicada a la vida moderna me llevó a encontrar en el estoicismo paralelismos con el budismo que podemos incorporar para mejorar nuestra atención, controlar la reactividad y tomar mejores decisiones. 

Aunque ambas doctrinas parten de concepciones muy distintas del mundo, los puntos de encuentro entre ellas proponen herramientas que son esenciales para canalizar de una manera más saludable el ajetreo y el exceso de estímulos digitales que a veces puede ser agobiante para nuestra salud mental. En el caso del budismo, doctrina fundada en el año 500 a.C en la actual Nepal por el príncipe Siddhartha Gautama, se considera que la raíz de todo sufrimiento está en el apego a las cuestiones mundanas, lo cual produce una profunda insatisfacción y nos impide alcanzar la iluminación o Nirvana, haciendo que reencarnemos una y otra vez. 

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“Cuando nos resistimos al cambio, decimos que estamos sufriendo”, afirma Pema Chodron, monja budista y autora del libro Living Beautifully: with Uncertainty and Change (2012), pues en el budismo la impermanencia es uno de los rasgos centrales de la existencia humana y en general de todo lo que vive. Nos gusta creer que pisamos suelo firme y que todo en nuestra vida es controlable y seguro, pero de pronto, ese edificio de certezas se derrumba y nos desmoronamos. “Bajo la ilusión de que experimentar seguridad y bienestar es el estadio ideal de nuestra existencia, hacemos todo lo posible por alcanzarlo: comemos en exceso, bebemos alcohol, nos drogamos, trabajamos demasiado, pasamos horas en la web y vemos televisión. Pero de alguna forma nunca alcanzamos esa satisfacción que tanto deseamos”, continúa Chodron. La causa de nuestra ansiedad, de nuestro dolor físico y mental, radica en esa aprensión hacia aquello que no podemos controlar. 

Si bien el budismo como doctrina se ha popularizado en Occidente a través de libros sobre mindfulness, clases de yoga o apps de meditación, algunos emprendedores y personalidades del internet como Tim Ferris o Alain De Botton se han encargado de rescatar de la filosofía antigua los textos de Séneca y Epicteto para encontrar en el estoicismo herramientas que igualmente nos pueden ayudar a vivir mejor. 

El estoicismo nació en Grecia alrededor del año 300 a.C, pero se difundió con mayor fuerza durante los tiempos del Imperio Romano gracias a las cartas de Séneca y a Marco Aurelio, quien lideró uno de los períodos más prósperos como emperador siguiendo los principios de esta filosofía. El fundamento del estoicismo radica en la importancia de vivir de acuerdo con el fluir de las circunstancias y de aceptar los eventos tal cual como ocurren, pues el amor fati o la apreciación del propio destino es uno de los principios básicos en las Meditaciones de Marco Aurelio. Siguiendo a Massimo Pigliucci —filósofo italiano practicante del estoicismo y autor de How to Be a Stoic: Using Ancient Philosophy to Live a Modern Life (2017) ser estoico no implica convertirnos en personas inexpresivas o insensibles como equivocadamente se ha representado en el personaje del Sr. Spock de Star Trek, pues no se trata de reprimir nuestras emociones sino más bien de “reflexionar acerca de ellas, sobre aquello que las produce y de redirigirlas para nuestro propio bienestar”. De este modo podemos concentrar nuestra energía en aquello que sí podemos controlar, como nuestros hábitos, el ejercicio de nuestras virtudes y del alcance ético de nuestras acciones. 

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Distinguir lo que podemos controlar de lo que no es quizá el punto de encuentro más cercano entre ambas doctrinas. En el caso del budismo, es la contemplación en soledad de nuestros pensamientos a través de la meditación la herramienta fundamental para abrirnos a la incertidumbre y al fluir constante de cambios en nuestra vida. Mientras que en el estoicismo, la aceptación de aquello que no podemos controlar viene dada por la autorreflexión de nuestras acciones y circunstancias presentes desde la perspectiva de un compromiso social y ético, partiendo del ejercicio de la virtud en función del bien común como pilar fundamental que brinda significado a la existencia. Aunque los métodos para aceptar el devenir normal de la realidad externa sean distintos en ambas, en esencia, la noción de que el bienestar es responsabilidad de cada individuo prevalece y resulta útil como fundamento para hacer frente a los retos del mundo moderno. 

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Engancharse en una discusión en redes sociales o desmoronarse cuando las cosas no salen como deseamos son consecuencias evidentes de que las circunstancias externas condicionan nuestra felicidad. Concentrarnos en aquello que no podemos controlar nos desvía de nuestro propósito y atenta contra nuestra estabilidad emocional, generándonos ansiedad, entre otros problemas de salud. Lo que tanto el estoicismo como el budismo nos enseñan y que podemos aplicar en nuestra rutina sin necesidad de hacernos llamar estoicos o budistas, es justamente comprender que el bienestar y la satisfacción personal son un trabajo interno que depende enteramente de nosotros y no del mundo exterior. 

Así que antes de responder agresivamente un tweet ofensivo debemos ponderar si de verdad ese malestar pasajero vale nuestra energía, pues como dice Epicteto: “Las personas se alteran no por los hechos sino por la opinión que tienen sobre esos hechos”. 

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