En defensa de hacer más planes contigo misma

Hay pocas cosas en la vida que te hacen sentir más independiente que resolverle una falla a tu carro por tu cuenta, matar a tu primer insecto y subirte el cierre del vestido sin ayuda.

Una de ellas es tener una cita contigo misma sin creer que todas las personas en un radio de dos kilómetros y medio están pensando que te dejaron plantada o que vas a terminar sola con una cantidad absurda de gatos y batas extra largas.

Por más de que sientas todos los ojos sobre ti, evidenciando tu falta de compañía, la gente en realidad no te está prestando tanta atención como para crearse la historia de tu vida solterona en su cabeza. Nadie está pensando que te ves miserable, a menos de que te sientas miserable. 

Estamos acostumbradas a manejarnos en grupos; el ser humano es intrínsecamente sociable, necesita de la interacción para validar sus conductas, pensamientos y actitudes. Por lo que es entendible que inscrito en nuestro código genético esté la premisa de que hacer las cosas en grupo es necesario para disfrutarlas, lo que no es entendible es que después de años sigas pensando que es necesario ir al cine con veinte personas -y un representante, como los viejos tiempos-.

Entrar a una sala oscura para ver una hora y media de ficción en una pantalla grande siempre ha sido considerado una actividad grupal; lo mismo ocurre con el teatro, los conciertos y los restaurantes. No hay problema con ver por horas Netflix desde tu cama, pero sigue siendo extraño sentarse, frente a frente, con una pantalla gigante por hora y media sola. 

Y en cierto modo, lo entendemos; porque nos ha pasado. Invitarse uno mismo a salir se siente raro. Lo más curioso es que, aunque estamos acostumbrados a manejarnos en grupos, pasamos mucho tiempo solas, pero sin reconocernos.

Es decir, en una manera menos romántica y más tangible: tendemos a pasar mucho más tiempo solas que acompañadas, pero de todas maneras, no siempre estamos compartiendo con nosotras mismas, sino que podemos llamarlo un acompañamiento por “inercia”.

Claro, siempre están las almas independientes que ya saben pasar tiempo consigo mismas; pero para el resto de nosotras, requiere práctica. Y vino, de ser posible. 

Esto, obviamente, no es una razón para te aisles del mundo y huyas de cualquier interacción grupal, sino para que te vuelvas más consciente de quién eres cuando estás sola, qué te gusta genuinamente, qué no, cuál es tu ritmo, qué quieres hacer sin tener que pensar en más nadie que tú mismo o preguntar: ¿pero qué te provoca comer a ti? cuando sabes claramente cuál plato de sushi vas a pedir.

Se necesita un equilibrio; lo importante es que al menos una vez al mes no sobre-pienses el hecho de sentarte sola frente una pantalla gigante; porque tiene muchas ventajas, empezando porque no tienes que compartir las cotufas. 

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