aceptación de mi cuerpo

Después de miles de dietas, una cirugía y un buen novio logré aceptar mi cuerpo

Es muy probable que en algún momento de nuestras vidas nos hayamos sentido insatisfechos al vernos en el espejo. En mi caso, la problemática con mi cuerpo empezó incluso antes de la adolescencia, que es cuando estos complejos comienzan a atormentarnos. Mi infancia, aquellos años que debían ser de feliz ignorancia sobre mi peso, fue interrumpida por un “estás gordita, te voy a llevar a la nutricionista” de mi mamá cuando tenía diez. Así, rápidamente caí en cuenta de los rollitos que tenía de más y dónde se acumulaba la grasa en mi cuerpo, mientras que muchas de mis amigas seguían pensando en sándwiches de Nutella. 

Una vez que todo empezó, el bombillo de la conciencia sobre mi peso se prendió y más nunca se apagó. Así, me embarqué en un viaje hacia la aceptación de mi imagen con altos y bajos hasta que por fin logré llegar a un lugar donde me siento francamente bien conmigo misma.

¿Cómo llegué a aceptar mi cuerpo?

Me gustaría decir que fue sencillo, pero el camino fue largo y duro. La verdad es que logré llegar a donde estoy hoy gracias a la intervención de seres queridos y a la toma de buenas decisiones. 

Las mil y un dietas

Primero hice una dieta con una nutricionista deportiva que esperaba que hiciera miles de horas de ejercicio a la semana. Recuerdo vívidamente que me pidió que caminara alrededor del colegio durante mis horas de recreo. A pesar de que esto obviamente no sucedió nunca, logré bajar la mayoría de los kilos que tenía de más gracias a mi esfuerzo y el de mi mamá, quien para esta dieta llamó a las madres de mis amigas pidiéndoles que no me ofrecieran dulces cuando fuera para su casa. 

Yo con mi primer “traje de baño de flaca”

Después de haber terminado esa dieta, comenzó un ciclo nada saludable de engordar un poco, luego comer bien por algunas semanas, dejar de hacerlo, y así una y otra vez. Arrastré este método de funcionamiento durante todo el bachillerato. Algunas dietas fueron más efectivas que otras, pero al final siempre terminaba engordando. Luego, poco antes de graduarme, me paré frente al espejo con 25 kilos de más y decidí que no tenía la fuerza de voluntad para hacer una dieta que me quitara todo el sobrepeso. 

Cirugía bariátrica

La cirugía bariátrica no era algo nuevo, pero sí más reciente e implicaba menos complicaciones que otras operaciones. Se trata de una pequeña intervención en la que se reduce el tamaño de tu estómago y por lo tanto, la poca ingesta de comida automáticamente hace que puedas bajar de peso. 

Mi mamá me dijo que era la última oportunidad que me daba para rebajar y que incurriría en esa inversión si yo prometía aprovechar la cirugía. Dije que lo haría y en mi último año de bachillerato me operé el estómago. Recuerdo haber presentado mi tesis unos días después de haber salido de la clínica. 

Fui despidiendo los kilos poco a poco. En total, perdí 21 kilos de los 25 que tenía que quitarme. No me veía como una modelo, lo cual pensé que sucedería, pero estaba feliz de haber recuperado mi ropa y sentirme bien conmigo misma. 

cuerpo con kilos menos
21 kilos menos

Entré a la universidad y me sorprendí al conocer a gente que no podía ni imaginarse cómo me vería con 21 kilos más. Me sentía genial. No estaba haciendo dieta propiamente, pero estaba cuidándome y me veía bien. 

Luego, conocí a un niño. 

Un buen novio

No sé si han escuchado por ahí que empatarse engorda, pero es una realidad. Después de citas de helado, cine, postres, almuerzos familiares y demás, el amor también se empieza a notar en el cuerpo. Yo estaba feliz, con una pareja que amaba ―y sigo amando―, aunque sabía que había engordado un poco, pues estar acompañada de alguien que veía belleza donde yo no aumentó subió mi autoestima astronómicamente. Eventualmente, el “a él le gusta mi cuerpo” se convirtió en “a mí me gusta mi cuerpo”, porque estar con él me dio el cambio de perspectiva que necesitaba para empezar a quererme de verdad. 

Sigo teniendo mis inseguridades. Ya he escrito varias veces sobre sobre mis piernas, caderas y trasero para esta revista, pero a pesar de que no sean las zonas más preciadas de mi cuerpo, son parte de él y las quiero igual; me hacen quien soy. 

aceptando mi cuerpo

Entonces, sí engordé un poco, hasta que la relación llegó al punto de poder decir “tranquilo, vamos a la heladería y yo me llevo mis galletas de arroz con mantequilla de maní” sin ningún tipo de resentimiento o problema. Así, empecé algo que más que una dieta, era un camino hacia una relación más saludable con mi cuerpo y mi imagen física. Como balanceado para sentirme bien y hago ejercicio ―aunque todavía me da mucha flojera― para ser fuerte y sentirme recargada, o menos letárgica. 

Aceptar mi cuerpo

Hacer cambios en la perspectiva que tenía de mi cuerpo me permitió identificar importantes problemas asociados a ella, como, por ejemplo, mi relación con la comida y el ejercicio. Debido a que están estrictamente vinculadas con las dietas, ser incongruente con mi alimentación y mi actividad física ―dígase ir a comer pizza un viernes como cualquier persona― me hacía sentir mal conmigo misma. Luego me di cuenta de que esto no tenía sentido y pude empezar a cambiar la manera en la que me relacionaba con la comida, permitiéndome estar más saludable física y mentalmente.

Esta historia no termina con un “y entonces adelgacé y volví a ser feliz”, sino pudiendo decir que me gusta comer saludable y disfrutar de ir a tomar vino con mis amigas, que encontré un ejercicio que me hace feliz y lo hago bastante ―aunque a veces me dé flojera―, que todavía me da un poco de ansiedad montarme en el peso y me siento mal si me veo gorda en las fotos, pero que sé identificar que el antojo a chocolate me da cuando estoy estresada y que quiero algo crujiente cuando estudio para un examen que me tiene nerviosa. Ahora estoy consciente de lo que quiere y necesita mi cuerpo y por qué. 

Esta historia termina con un “me puedo ver al espejo y decir ‘así soy yo y me gusta’, aunque algunos días no exprese esa afirmación con demasiada convicción”.

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