#CuéntameMás: encuentros con la ley

Cuando éramos pequeñas, una muy buena historia de terror podía comenzar con un encuentro con la policía, guardia de centro comercial o vigilante de supermercado. Cualquier autoridad con la capacidad de acusarnos con nuestras mamás.

Para conmemorar esos buenos tiempos porque queremos creer que ya no nos da miedo que nos acusen, sino más bien no tener conexión a Internet en la cárcel, le preguntamos las experiencias que no terminaron en cadena perpetua de nuestro grupo mala conducta más cercano.

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“En esos tiempos hacían muchas redadas, fui a comprar pan y cuando salí de la panadería me agarraron”. –Junior.

“Me pararon con el carro de mi tía y me pusieron una multa. Resulta que después descubrí que el guardia era mi primo lejano. Ni me reconoció por el nombre”. –Ley.

“Estaba bajando a la playa con mis amigos y nos pararon. Nos revisaron literalmente todo. Hasta las toallas sanitarias de mis amigas. Nos dejaron seguir y como dos alcabalas más adelante el guardia me hizo señas para que me parara y como ya estaba cansado de la revisión pasada, lo ignoré. Así fue como terminé en una persecución policial como por dos kilómetros”. –Santiago.

“Me pararon, me puse a chalequear y me soltaron”. –Daniel.

“Un policía me robó, pero eso no es nada nuevo”. –Gaby.

“Una vez me paró un policía que se notaba que acababa de salir que si de un curso en Sabana Grande. Me pidió mi cédula, la vio y me pidió que la dijera de atrás para delante. Después me interrogó sobre a dónde me dirigía, le dije que a la universidad y le tuve que dar mi carnet. Muy educadamente me estaba llevando al paredón cuando se volteó a mitad de camino y me preguntó si alguna vez había estado preso. Cuando le dije que no, me devolvió la cédula y me deseó un buen día”. –Juan.

“Un policía me revisó la cartera y me dijo que era demasiado desordenada. Épico”. –Andrea.

“Mi papá era policía, así que de adolescente terminé en la cárcel como diez veces”. –Luis Miguel.

“A los 11 años estaba en Florida, mi hermano me robó la bicicleta y salí arr*chísima a buscarlo por todas partes. El sheriff del lugar me preguntó qué estaba haciendo, le conté lo de mi hermano y pensó que me estaba escapando de mi casa. Llamó a seis patrullas y me llevaron todas a mi casa porque no me creían”. –Mate.

“No tenía luz trasera y la multa fue básicamente mi celular”. –Pedro.

Aunque ninguno de los entrevistados terminó en la cárcel, cualquier encuentro con la ley es lo suficientemente relevante como para quedarse en nuestra memoria. Esperamos no tener que hacer una segunda parte de este artículo. 

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