Aquí o en China: una historia protagonizada por la xenofobia en Ecuador

Aquí o en China: una historia protagonizada por la xenofobia en Ecuador

Estadísticamente, todos los venezolanos tenemos por lo menos a un familiar cercano fuera del país o somos nosotros mismos quienes decidimos partir hacia otras fronteras en búsqueda de un mejor futuro.

Uy qué cursi.

Total. Mejor decir: nos fuimos porque la palabra capitalismo suena mucho más bonita que Socialismo del siglo XXI.

Y es así como actualmente las navidades en Venezuela son más tipo Skype que tipo fiesta, debido a que tu familia está a kilómetros y prefieres quedarte enclaustrado en tu casa, antes que secuestrado en la calle.

Es lamentable y triste quedarse aquí; ver a la gente partir, estar sumamente celoso de tus amigos que consiguen de todo en el automercado y estar pensando constantemente en si de verdad es una buena opción seguir creyendo en este país.

Pero así como lloramos todos nosotros presos del comunismo, el venezolano que se va tampoco la tiene color de rosa una vez que se despide del piso cromático destrozado en Maiquetía.

Como cualquier inmigrante en cualquier país del mundo, nos toma años entender que el trato, las leyes y hasta la misma gente es distinta y nos guste o no tenemos que adaptarnos a eso.

Sin embargo, no estamos aquí para debatir si se justifica que los venezolanos se coman la luz en otras ciudades, sino más bien cómo somos tratados a nivel laboral en esos países que con los brazos abiertos han aceptado a millones.

Pero como estás leyendo The Amaranta, específicamente cómo somos tratadas, mujeres venezolanas que pensamos que el acoso a nivel laboral solo lo encontraríamos en Venezuela.

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Les presentamos a Claudia Mosquera. De 27 años, de los cuales siete los ha vivido fuera de Venezuela. 

¿A dónde te fuiste?

Primero viví tres años en Francia, y ahora voy por el cuarto en Quito, Ecuador.

¿Por qué te fuiste?

Me fui hace siete años realmente por curiosidad. Yo quería ver lo que era hacer una carrera afuera. Me fui más por razones académicas que por la crisis en el país del momento.

Ahora, échame el cuento.

Las experiencias que he sentido como extranjera han sido tanto buenas como malas. En Francia fueron muy buenas, en Quito debido al contexto, a la ola masiva de inmigración venezolana en el último año, sí he sentido una resistencia mayor. Incluso sin conocerme, por mis gestos, por mi acento, me han dicho comentarios que atacan directamente a una cultura que no es andina, sino más bien caribeña.

Cuentos discriminatorios por ser venezolana tengo muchos, pero el más reciente fue hace como dos semanas. Al museo donde trabajo vino un grupo de estudiantes. Como coordinadora educativa del museo, hablé con la profesora encargada sobre los horarios y precios de las visitas. Hubo un malentendido con los precios ya estando en la visita, por lo que se los repetí e incluso le pedí disculpas por si no le había dado bien la información. Luego le dijo a una de las mediadoras del museo que como yo era venezolana, no entendía el valor del dinero y por eso la había atendido mal.

Otro caso, en un museo que trabajé como guía mediadora, me tocó un grupo de quiteños que dejaron una nota donde decían que les había encantado el museo, pero que lamentablemente no habían podido apreciarlo tanto como ellos hubiesen querido porque “mis conocimientos no eran tan profundos ya que era venezolana”.

Y por último, uno de los casos más denigrantes creo, estando en una cena navideña de oficina, estábamos hablando de las comidas de Navidad de cada país. Me preguntaron y respondí las hallacas y el pavo en algunas familias. El director en ese momento dijo en forma jocosa “bueno, pero ¿qué comen ahora en Venezuela?” Yo por supuesto quedé impresionada, y él al ver mi reacción me volvió a preguntar. Recuerdo que se me cortó la voz y me fui de la mesa. Sea o no una broma, fue un comentario que atenta contra la realidad latente del país.

Ahora, más por ser mujer que por ser venezolana, estando en Francia, trabajé como protocolo de eventos. Una vez me contrataron para una feria de inmobiliaria. Te imaginarás que es un entorno sumamente machista, patriarcal y heteronormativo. Me contrataron unos clientes que venden grúas. Obviamente mi rol como mujer era ponerme unos tacones, un vestido y atender a sus clientes durante el evento. En uno de los días, llegó un francés y le comentó al dueño que yo me parecía mucho a él, pero que era más guapa, a lo que el dueño le respondió que “de mi madre heredé las nalgas”. Haciendo a entender que él era feo, pero que la supuesta mamá tenía un cul*te.

Obviamente en ese tipo de situaciones te encuentras en una encrucijada. Contestas y puedes hacer un gesto, pero ellos pueden decidir no pagarte y tu trabajo se va a la mi*rda. Recuerdo que en ese momento no hice nada, pero sí al final del evento hablé con el francés.

¿Las entidades se hacen responsables por casos como estos?

No. En ninguna de las entidades que he trabajado han hecho algo al respecto, a pesar de que están al tanto.

¿Cómo trata el residente promedio a la venezolana inmigrante?

Aquí en Ecuador es complicado porque hay una mirada muy sexualizada hacia la mujer venezolana. Lamentablemente muchas venezolanas por la situación han tenido que aceptar trabajos de este tipo, pero en general sí hay una premisa sexualizada hacia la mujer venezolana; por el fenotipo racial y los gestos. Personalmente he recibido de todo. Malos y buenos tratos, miradas y gestos desagradables.

¿Cuando te fuiste pensaste que el trato laboral hacia las mujeres sería diferente?

La verdad es que como me fui inicialmente a estudiar no me planteé esa pregunta, pero si me la hago ahora y lo veo en perspectiva, hubiese pensado que sí, que estando en el siglo XXI y sobre todo habiendo tantas luchas cotidianas y debates sociales sobre los prejuicios que hay hacia el género femenino, el trato debería ser distinto. Pero también se siguen dando muchísimas atrocidades, sobre todo en el mundo del arte, sigue siendo un espacio sumamente patriarcal y machista a pesar de que hay muchas mujeres en la profesión. 

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