El futuro de la moda a propósito de la transición de Nathan Westling

Cada día hay más formas de expresión y menos etiquetas

En 1965, Janet y Ron Reimer trajeron al mundo a dos gemelos idénticos, Bruce y Brian. Cuando tenían siete meses, tras ser diagnosticados con fimosis, el doctor recomendó hacerles una circuncisión. Dado que el urólogo designado para realizar el proceso usó el inusual método de la electrocauterización, hubo complicaciones en la operación y el pene de Bruce terminó siendo quemado sin reconstrucción posible. Preocupados por el futuro de su hijo, los padres de Reimer fueron a ver al psicólogo John Money, quien en ese momento se encontraba desarrollando una teoría acerca de la identidad de género. Según Money, esta tenía lugar a partir del aprendizaje social, es decir, si una persona era expuesta, por ejemplo, a todo aquello que se considera masculino y era tratada como un hombre desde temprana edad, pues esta se sentiría como tal. Cuando los Reimer llegaron a él con este problema, a Money se le presentó la oportunidad perfecta para probar su teoría y sugirió que criaran a Bruce como una niña. Bruce pasó a ser Brenda, quien fue sometida a una cirugía para remover sus testículos, seguida de sesiones de terapia que consistían, entre otras cosas, en Money mandando a los gemelos a ensayar actos sexuales en los que Brian simulaba penetrar a su hermana. Ron Reimer le confesó la verdad a su hija Brenda en 1980, quien para ese momento tenía 14 años, sufría de depresión y tenía pensamientos suicidas. Posteriormente, aquel niño que alguna vez fue Bruce decidió asumir nuevamente su identidad masculina y empezó a ir por el nombre de David. La teoría de Money había demostrado ser falsa.

En su libro El género en disputa: Feminismo y la subversión de la identidad, Judith Butler cita a Simone de Beauvoir y postula que la identidad de género de una persona no tiene por qué corresponderse con su sexo biológico. Según explica de Beauvoir en El segundo sexo, “no se nace mujer: llega una a serlo”. Para Butler, esto permite que el género pueda ser visto como algo que se construye: “No hay nada que asegure que la ‘persona’ que se convierte en mujer sea obligatoriamente del sexo femenino”.

Judith Butler
Centre de Cultura Contemporània de Barcelona

Si el género es los significados culturales que acepta el cuerpo sexuado, entonces no puede afirmarse que un género únicamente sea producto de un sexo. Llevada hasta su límite lógico, la distinción sexo/género muestra una discontinuidad radical entre cuerpos sexuados y géneros culturalmente construidos. Si por el momento presuponemos la estabilidad del sexo binario, no está claro que la construcción de «hombres» dará como resultado únicamente cuerpos masculinos o que las «mujeres» interpreten sólo cuerpos femeninos. Además, aunque los sexos parezcan ser claramente binarios en su morfología y constitución (lo que tendrá que ponerse en duda), no hay ningún motivo para creer que también los géneros seguirán siendo solo dos”, plantea Butler en El género en disputa: Feminismo y la subversión de la identidad.

En vista de que la identidad de género no puede ser solo producto del aprendizaje social ni tiene por qué corresponderse con el sexo, Butler propone la teoría de la performatividad. Para la filósofa americana, ni la biología ni la construcción cultural son el destino, pues se trata de algo mucho más amplio y menos rígido. La performatividad se refiere a una actuación reiterada en función de normas sociales que exceden al individuo. No se trata de un proceso automático ni mecánico, sino más bien de una improvisación que le presentamos al mundo.

No hay nada que restrinja dicha improvisación a un sistema binario, por lo cual nos encontramos frente a un variado espectro de géneros que incluso acepta la neutralidad de este. Cada día más, el binarismo es cosa del pasado, puesto que este asume que el sexo, el género y la sexualidad son elementos necesariamente alineados; es decir, una mujer, femenina en comportamiento, aspecto y cuerpo, debe sentirse atraída exclusivamente hacia los hombres, y viceversa. Esto excluye a las personas intersexuales —aquellas que nacen con características sexuales tanto femeninas como masculinas—, los gays, las lesbianas, los transgéneros y transexuales, etc. Este sistema, además de dejar a un lado a un porcentaje de la población mundial que se encuentra en constante crecimiento, impide o dificulta la elección de cualquier individuo que no encaje en él.

“La univocidad del sexo, la coherencia interna del género y el marco binario para sexo y género son ficciones reguladoras que refuerzan y naturalizan los regímenes de poder convergentes de la opresión masculina y heterosexista”

Butler en El género en disputa: Feminismo y la subversión de la identidad.

El sistema binario impone roles de género que limitan la expresión de cada persona y, ¿qué es la moda si no una forma de expresión? En un mundo donde el 20% de los millennials se identifica como parte de la comunidad LGBT según un estudio de GLAAD, la moda se transforma, evoluciona y se adapta a los cambios, permitiéndole manifestar su identidad a la juventud. En las palabras de Nihan Akdemir, profesora de la Facultad de Bellas Artes y Diseño de la Universidad Altinbas en Turquía, “si la sociedad cambia, las normas cambian, y si las normas cambian, la moda también lo hace”. Tomemos como ejemplo la década de los sesenta, la cual no coincidencialmente vio el inicio de la revolución sexual, la decadencia del corset y el nacimiento de los trajes de pantalón para la mujer, cuando el famoso Le Smoking de Yves Saint Laurent salió por primera vez a la luz en 1966.

‘Le Smoking’ de Yves Saint Laurent
Getty Images

En la actualidad, la sociedad está cambiando: el movimiento feminista se ha hecho más fuerte, la comunidad LGBT ha crecido de forma considerable y la lucha por la igualdad y la inclusión no descansa. Esto ha resultado en la modificación de ciertas normas, como lo es la sustitución del binarismo, lo cual nos lleva a la fluidez de género en la moda. Estos cambios abarcan iniciativas como la de grandes casas de moda presentando sus colecciones de ropa femenina y masculina en un mismo show —cosa que hace Gucci desde el 2017—, la de compañías de fast fashion como Zara lanzando líneas sin género y la de tiendas como Topshop instalando probadores neutrales en todos sus establecimientos.

Los modelos también tienen un rol importante en la industria, por eso la visibilización de aquellos que no entran en el sistema binario es importante y cada vez más frecuente. Casos como el de Hari Nef, quien fue la primera modelo transgénero en firmar contrato con la prestigiosa agencia IMG y se convirtió en imagen de Gucci al protagonizar la campaña de su perfume Bloom junto a Dakota Johnson y Petra Collins, o el de Laith Ashley, modelo transgénero que se hizo famoso tras posar para Bruce Weber, han ayudado a exponer la diversidad de los tiempos modernos. El éxito de personas como Hanne Gaby Odiele, modelo intersexual belga que nació con síndrome de insensibilidad a los andrógenos, también evidencia la evolución de la industria en los últimos años. Y así como estos, más recientemente, tenemos el caso de Nathan Westling.

En agosto de 2016 compré la edición de septiembre de la revista Vogue, la más importante de cada año y esa que inspiró un documental sobre su realización. Mientras la hojeaba con una amiga, le comenté: “Esta tipa sale cada dos páginas”. Me refería a Natalie Westling, esa modelo de melena pelirroja y look andrógino que en su tiempo libre hace skateboarding. Como la industria de la moda, yo también llevaba años obsesionada con ella. Tenía cierto encanto difícil de describir que la hacía resaltar entre sus colegas y que la llevó a la fama en septiembre del 2013, cuando tenía tan solo 17 años y desfiló para Marc Jacobs, donde abrió el show, Louis Vuitton y Saint Laurent, pasarela por la cual caminó usando un traje de pantalón para mujer derivado de aquel Le Smoking diseñado en 1966.

Nathan Westling desfilando para ‘Saint Laurent’ primavera-verano 2014
Yannis Vlamos

Cuando posteriormente, en el año 2014, Westling tiñó su pelo de un rojo ardiente, un ícono de la moda había nacido, lo que la llevó a protagonizar numerosas campañas para gigantes de la industria y a aparecer cada dos páginas en esa revista que había llegado a mis manos en el 2016. No era solo su cabellera lo que la había hecho fascinante ante los ojos de todos los entusiastas de la moda alrededor del mundo, era también su estética hombruna. El look de Westling se salía de lo establecido y representaba lo que gente como yo veía en las calles y quería ver en una pasarela, y lo que gente como ella, también era.

En marzo de este año, Westling le concedió un reportaje exclusivo a CNN, en el que revelaba que había comenzado su transición: Natalie había quedado en el pasado y ahora nos presentaba a Nathan Westling, a quien él mismo describe como “una versión masculina de su antigua persona”. El modelo expresó que tras haber estado en terapia para su depresión y problemas de ira durante la última década, fue la industria de la moda lo que lo ayudó a explorar y sentirse en paz con su identidad de género. Fue probarse toda esta ropa distinta y experimentar con maquillajes y diferentes estilos lo que lo llevó a descubrirse a sí mismo.

Westling afirmó que su equipo se ha comunicado con aquellos diseñadores con los que ha trabajado en el pasado y todos le han dado su apoyo y han expresado su intención de seguir trabajando con él. Cuando se presente su momento de volver a las pasarelas, indudablemente se convertirá en el modelo transgénero masculino más famoso de la industria, suerte con la que no corrieron April Ashley y Tracey Norman, quienes aparecieron en las páginas de prestigiosas revistas de moda en los sesenta y setenta respectivamente, y cuyas carreras como modelos se vieron truncadas luego de que se reportara que eran mujeres transgénero.

Nathan Westling
Collier Schorr

El acoso sigue siendo una realidad para estas minorías, las cuales deben lidiar con comentarios indeseados, violencia física y psicológica, y el rechazo de sus familias en la cotidianidad; todos actos que, en algunos casos, conducen al suicidio. Afortunadamente, los tiempos modernos que vivimos permiten que personas como Nathan Westling se dediquen a hacer lo que aman, que puedan crearse espacios para que la juventud se sienta identificada y se vea representada en ellos, y que se construyan puentes que lleven a la libre expresión. Esto último es lo que pretende ser la moda tras su evolución en años recientes: una industria que no busca hacer que el hombre sea más femenino ni que la mujer adquiera un aspecto masculino, sino que apunta a borrar los límites impuestos entre ambas categorías, a servir de puente entre el mundo en el que vivimos y aquel donde las etiquetas y las barreras no existen. Esto queda en evidencia, por ejemplo, cuando observamos colecciones como la de Raf Simons para Calvin Klein primavera-verano 2018, donde mujeres y hombres usaban ropa que bien podía ser intercambiable.

Esta tendencia, más que ser algo temporal, parece haber llegado para quedarse. Un año después, durante la temporada primavera-verano 2019, esta evolución se reflejó en las colecciones que presentaron distintas casas de moda. Se trataba de piezas que realmente podían ser usadas por quien fuese, es decir, piezas sin género, las cuales no deben confundirse con la ropa andrógina o unisex, ambos términos que cada día se vuelven más anticuados en la industria. Calificar la vestimenta con una de estas dos palabras implica la admisión de un sistema binario ya que, por definición, lo andrógino es la mezcla de lo femenino y lo masculino, mientras que unisex se refiere a todo aquello que pueda ser usado por ambos sexos. Lo que busca la moda en la actualidad es borrar la frontera que existe entre aquello que se dice que es para la mujer y lo que debe ser usado por hombres según las reglas impuestas por la sociedad, por eso se habla de prendas sin género.

‘Calvin Klein’ primavera-verano 2018
Yannis Vlamos

“¿Qué son la masculinidad y la feminidad hoy en día? Espero que este sea un viaje que nos ayude a descubrir una nueva sensualidad, una  nueva sexualidad, a romper con las ideas preconcebidas acerca de lo que es masculino y femenino”, expresó John Galliano, quien no solo quiebra las barreras de género a través de la ropa, sino que también incorporó este concepto a Mutiny (“motín” en español), la fragancia que lanzó como director creativo de Maison Margiela. El nombre del perfume deriva del motín —definido por la Real Academia Española como un movimiento desordenado de una muchedumbre, por lo común contra la autoridad constituida— de los jóvenes en contra de los arcaicos códigos de género.

En la década de los sesenta, se le negó la entrada al restaurante Le Côte Basque a la socialité Nan Kempner dado que llevaba puesto el famoso Le Smoking. Su respuesta y manera de burlarse de las normas del establecimiento fue quitarse los pantalones en la entrada del lugar y dejarse el blazer como un vestido. Desde entonces, mucho ha pasado y una gran cantidad de normas se han quebrado. Hoy en día, la moda sigue rompiendo con lo establecido, se adapta a los cambios que hay en el mundo y nos invita a usarla como vehículo para la evolución, eliminando estas ideas que se tienen acerca de los colores, las formas y los estampados, y recordándonos que todos podemos usar lo que queramos y somos libres de expresarnos como nos plazca, sin que haya nada ni nadie que, como a David Reimer, nos diga qué es lo que tenemos que ser.

Fila superior de izquierda a derecha: ‘Louis Vuitton’ primavera-verano 2019 y ‘Gucci’ primavera-verano 2019. Fila inferior de izquierda a derecha: ‘Givenchy’ primavera-verano 2019 y ‘Maison Margiela’ ‘menswear’ primavera-verano 2019
Vogue
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