Cómo Saint Laurent cambió la industria de la moda gracias a Mondrian

Probablemente les debas más de lo que crees

Cuando estaba en bachillerato, mi profesora de Historia del Arte nos asignó la tarea de recrear algún cuadro famoso, el que quisiéramos. El único artista que figuró dos veces entre aquellos intentos de tributo a Picasso, Frida Kahlo y Monet fue Piet Mondrian. Quienes escogieron pintar las afamadas composiciones en colores primarios del holandés seguramente veían su realización como un proceso mucho más sencillo que el que implicaba imitar un beso cubista. Esto quizá no se debía solo al hecho de que la obra consistiera en unos cuantos recuadros separados unos de otros por líneas negras sino a que todos la conocíamos, incluso si no estábamos conscientes de ello. Mientras que muchos de nosotros llegamos a familiarizarnos con una gran variedad de cuadros gracias a este ejercicio, ninguno pareció haber descubierto a Mondrian en ese momento. Tal vez el trabajo del pintor resultó lo suficientemente nuevo durante el siglo pasado para originar un movimiento artístico llamado De Stijl —“El Estilo” en español—, pero en la actualidad, gracias a la regularidad con la que somos expuestos a obras neoplasticistas, nuestro ojo se ha acostumbrado a ellas y ahora forman parte de nuestro inconsciente colectivo.

En 1985, L’Oréal sacó una línea de productos cuyos empaques parecían hacer referencia directa a las obras de Mondrian. En el año 2000, la banda The White Stripes estrenó el disco De Stijl, cuya identidad gráfica recordaba al trabajo del pintor holandés fundador del movimiento artístico que le dio su nombre al álbum. En el 2014, Katy Perry protagonizó el video musical de su sencillo This Is How We Do, donde la cantante, debido a su vestimenta, parecía sacada de una composición de Mondrian. En el 2017, el ayuntamiento de la ciudad de La Haya figuró en las noticias tras vestir los colores primarios que caracterizan la obra del artista. Ejemplos de maneras en las que los cuadros neoplasticistas se han filtrado en la cultura pop para convertirse en algo conocido por todos sobran, al menos así es ahora. En 1965, sin embargo, Yves Saint Laurent encontró una escena distinta.

Publicidad de L’Oréal

Cuando la Segunda Guerra Mundial acabó en 1945, un nuevo modelo de vida surgió en Estados Unidos. Dada la estabilidad económica que caracterizó al país durante ese período, el consumismo se estableció como norma, lo cual, por supuesto, generó una respuesta. A finales de los años cincuenta, los jóvenes de Nueva York contestaron a este cambio con lo que ahora conocemos como minimalismo, un movimiento que también recibió el nombre de “arte cool. Lo que lo hacía tan genial era su forma de rebelarse contra lo que la gente esperaba del arte; es decir, en lugar de encontrarse con obras que requirieran de una meticulosa observación y un análisis aún más escrupuloso, al espectador ahora se le pedía que viera las cosas por lo que eran.

Cualquier pintura es un objeto y cualquiera que se involucre en esto al final tiene que afrontar la objetualidad de lo que sea que está haciendo. Está haciendo una cosa. […] Lo único que quiero que cualquier persona saque de mis pinturas, y lo único que yo sacaré de ellas, es el hecho de que puedes ver la idea en su totalidad sin confusión alguna. Lo que ves es lo que ves.

Frank Stella, representante del movimiento.

El minimalismo dejaba el simbolismo y las metáforas de lado, y abordaba las cosas —porque eso es lo que eran: cosas— desde un punto de vista conceptual. Aunque esta forma de expresión se limitó a la escultura en sus inicios, pronto la pintura, la música, la literatura, el teatro, la arquitectura y el diseño adoptaron sus patrones de repetición y su impersonalidad. Al estar en todas partes, se convirtió en una nueva manera de plantearse la realidad; una manera de oponerse al “más es más”, a la ostentación y al dramatismo; una manera de imponer lo “cool”, de invitar a una reflexión sobre la modernidad; una manera de intentar comprender, a través de conceptos y formas, la estructura que había tomado la vida luego de la guerra. Esa fue la escena que encontró Yves Saint Laurent.

Para mediados de los sesenta, el diseñador francés cuyo nombre nos es familiar a todos en la actualidad no había tenido el más grande de los éxitos aún. Sin embargo, el minimalismo no pasó desapercibido para un gran conocedor de las artes plásticas como Saint Laurent, quien supo usar la popularidad que estaba teniendo el movimiento en los Estados Unidos y en Europa a su favor. Para su colección de alta costura de 1965, YSL presentó más de ochenta looks que referenciaban el trabajo de diferentes artistas, pero fueron seis de ellos los que cambiaron la carrera del diseñador por siempre y dieron origen a lo que concebimos hoy en día como la industria de la moda.

El shift dress es un tipo de vestido corto, de corte recto y suelto que apareció por primera vez en los años veinte gracias a las flappers y que dejó de ser popular durante la guerra. En la década de los sesenta fue redescubierto y adoptado como un símbolo de la época y de la transformación que el rol femenino atravesaba en ese momento. El nombre de la pieza viene del shift —en español, cambio— cultural que se había visto tanto en los roaring twenties —cuando la mujer se opuso a lo que la sociedad esperaba de ella, acortó su falda, se deshizo del corset y empezó a fumar, beber alcohol y conducir, todo al ritmo del jazz— como en los swinging sixties —época de la revolución sexual y del inicio de la segunda ola del feminismo—. Shift dresses eran, también, esas seis piezas que marcaron un antes y un después, y que en su tiempo fueron llamadas “el mañana” por Harper’s Bazaar. Saint Laurent había usado los vestidos con corte en A como lienzo para llevar a cabo su homenaje a un artista por el cual sentía una profunda admiración: Piet Mondrian. Y así, sin haberlo predicho, él mismo ocasionó un shift tanto en la industria de la moda como en su carrera.

Estos seis atuendos hacían una referencia directa a la obra del holandés y lograron opacar los otros looks que conformaban la colección, tanto así que ahora a esta se le conoce como la serie Mondrian. Luego de la muerte de Saint Laurent en el año 2008, Tom Ford manifestó: “Yves no solo era muy intuitivo en cuanto a la moda, sino que también era un gran empresario. A pesar de la imagen que creó sobre él mismo, siempre pensé que era muy rápido cuando se trataba de negocios y que tenía una brújula intuitiva que lo guiaba en la dirección correcta”. Quizá fue ese compás el que lo llevó a aprovechar el revuelo que estaba causando el minimalismo en la década de los sesenta para tener el primero de muchos hits de su carrera. Saint Laurent, lejos de ser una persona inculta, sabía que las bases del movimiento que había empezado en Nueva York y que ahora sacudía Europa estaban en la Bauhaus y en el De Stijl, también conocido como neoplasticismo o constructivismo holandés. Aquellos recuadros rojos, azules, amarillos y blancos acompañados por líneas negras no se alejaban de la falta de emociones que proponía el minimalismo, más bien se aproximaban muchísimo y eso fue algo que vio el diseñador francés y en lo cual encontró la oportunidad de hacer dinero.

Portada de la edición de septiembre de 1965
Vogue Paris

“Cambié mi concepto por completo, todo es nuevo. Esta colección es joven, joven, joven. Mondrian fue mi inspiración de último minuto. Nada estaba vivo, nada era moderno en mi mente […]. No fue sino hasta que abrí un libro de Mondrian que mi madre me regaló en Navidad que tuve la idea clave”, le expresó Saint Laurent a la periodista Carol Bjorkman de Women’s Wear Daily el día que presentó la colección. Y tenía razón. Se trataba de atuendos que conectaban con la idea de modernidad que tenía la juventud y que, según muchos, capturaban el espíritu de la era. “El estilo de Mondrian fue popular en la década de los sesenta debido a que la modernidad ofreció un cambio en las habituales y exageradas prendas a las que el público estaba acostumbrado”, afirma Alexa S. Runsdorf en su tesis Reconociendo los paralelismos entre la moda y el arte: los diseños de Elsa Schiaparelli, Yves Saint Laurent y Rei Kawakubo.

Podría decirse que el público tampoco estaba acostumbrado a que el arte se llevara a la vestimenta, pues pocos eran los diseñadores que habían incursionado en un territorio que, si no fuese por figuras como Elsa Schiaparelli, habría sido virgen para el momento en que Saint Laurent llegó a él. Aunque tanto el francés como la italiana pretendían borrar las líneas que existían entre ambas disciplinas, cada uno tenía una manera diferente de hacerlo. Mientras que Schiaparelli era una aficionada de las colaboraciones con artistas y tomaba un rol más activo en el diálogo entre la moda y el arte, el método de Saint Laurent se basaba en la admiración y la traducción de los códigos propios de cada artista, los cuales luego llevaba a lo que él conocía como lienzo: la tela de sus prendas. La primera vez que hizo tal cosa fue en 1965, con la colección que, además de hacer referencia a la obra de Mondrian, también establecía conexiones con el trabajo de Serge Poliakoff y Kazimir Malevich, entre otros.

[Yves Saint Laurent] era capaz de tomar las creaciones de los artistas para su propio uso, sin el consentimiento de estos, para diseñar su ropa. Se apropió de ideas y las convirtió en prendas de vestir. La apropiación no desacredita el genio de Saint Laurent ya que fue uno de los primeros en transformar las bellas artes en alta costura.

Alexa S. Runsdorf

Los famosos seis vestidos no solo se asemejaban a la obra de Mondrian en aspecto, sino que también integraban los principios del De Stijl y el minimalismo a su fabricación. En la superficie plana de los shift dresses, Saint Laurent vio la oportunidad de hacerle creer a todo aquel que se topara con las piezas que estas carecían de complejidad cuando en realidad este estaba muy lejos de ser el caso. A pesar de que las obras de Mondrian son simples en apariencia, el espectador que las detalle —o el alumno de bachillerato que decida recrearlas basándose en su supuesta sencillez— se dará cuenta de que tras cada pincelada hay, en realidad, un gran esfuerzo y que cada recuadro tiene una textura y tonalidad distinta, aunque parezcan lisos o del mismo color. Esto mismo sucedía con las piezas del diseñador, las cuales aparentaban ser vestidos con corte en A como cualquier otro, pero cuya construcción implicaba un reto mayor: la composición que todos conocemos no había sido impresa en el material, sino que se trataba de telas individuales que fueron teñidas previamente para luego ser unidas sin que se notaran las costuras.

Modelos usando los vestidos Mondrian en 1966
Eric Koch

Saint Laurent convirtió la técnica de la apropiación en una característica de su carrera, la cual sobrepasó los cuarenta años y nunca dejó de comprender el acto de revisitar obras del pasado en busca de referencias que pudiesen ser traducidas y llevadas a la indumentaria, haciendo cada vez más compleja la discusión que existe en torno a la moda y su clasificación como arte.

Dicho debate es explorado en el libro Fashion and Art, editado por Adam Geczy y Vicki Karaminas. Como explica Valerie Steele en él, la relación que existe entre la moda y el arte es “problemática”. Las prendas de vestir expuestas en museos o la recurrencia con la que artistas deciden experimentar con ropa han facilitado que se borren los límites que separan —o se cree que separan— una profesión de la otra. “Históricamente, la moda ha sido calificada de superficial, efímera y material. En contraste, el arte se valora como algo significativo, eternamente bello y espiritual por naturaleza. Debido a que la moda cambia —porque el cambio es el corazón de la moda—, esta parece carecer de cualidades como la verdad y la belleza ideal, las cuales suelen asociarse con las bellas artes”, expone Steele. Sin embargo, gracias a exploraciones como la que hizo Saint Laurent, esta visión algo arcaica y simplista ha ido evolucionando. De hecho, cuando los vestidos vieron la luz por primera vez, los reporteros no pudieron evitar comparar los precios de estos con un verdadero Mondrian, de alguna manera poniendo ambas obras en un mismo nivel.

Para Rubye Graham del Philadelphia Inquirer, la moda y el arte eran casi intercambiables en 1965, cuando escribió: “Saint Laurent recibió $1.800 por el vestido, mientras que recientemente se pagaron $42.000 por un Mondrian en una subasta de arte”. La periodista de moda demostró que para ella un cuadro y una prenda de vestir tenían el mismo valor al agregar: “Obras de Mondrian pronto estarán colgando en miles de armarios como parte de los guardarropas de otoño, así como en paredes como parte de colecciones de arte moderno”.

Bocetos de la colección
Musée Yves Saint Laurent Paris

Desde entonces han pasado 54 años y las colaboraciones entre artistas y grandes casas de moda no son inusuales, lo cual ha ayudado a converger ambos mundos y a eliminar la concepción errada de que la indumentaria no es más que algo superficial. Aunque lograr un acuerdo sobre el tema ha sido imposible, sobre todo cuando el mismo Karl Lagerfeld solía decir que “el arte es arte y la moda es moda”, lo cierto es que Yves Saint Laurent abrió el camino para que estemos teniendo esta discusión hoy en día, una en la que incluso a Piet Mondrian le habría gustado participar, puesto que en varias ocasiones demostró un interés en la industria que se dedica a vestir el cuerpo, llamándola “una de las expresiones plásticas más directas de la cultura humana” en la década de 1930.

Esta no fue la única puerta que Saint Laurent dejó abierta para sus colegas. El diseñador francés transformó la industria en lo que conocemos hoy en día cuando dio los primeros pasos hacia la democratización de la moda. En 1966, luego de observar y experimentar el éxito que habían tenido sus tributos al De Stijl, YSL abrió Rive Gauche, su primera tienda de ropa prêt-à-porter —lista para llevar— y el primer esfuerzo de un diseñador de alta costura por ofrecer su trabajo a un público más grande y menos elitista.

Aunque casas de moda como Dior llevaban unos cuantos años vendiendo piezas prêt-à-porter, había dos aspectos que separaban Rive Gauche de lo que habían sido las prendas listas para llevar hasta ese momento. En primer lugar, la nueva boutique de Saint Laurent y el atelier de su línea de alta costura se encontraban en lados opuestos de la ciudad, lo cual probaba que los establecimientos realmente tenían enfoques diferentes —y distantes—. Por otro lado y este quizá sea el factor más importante, la marca fundada por el diseñador francés y Pierre Bergé contaba con el financiamiento necesario para apuntar a una expansión ilimitada que garantizara rapidez en su producción. Fue así, entonces, como Rive Gauche se convirtió en una estrategia nunca antes vista a la cual le debemos el hecho de que sean muchas las grandes casas de moda que presentan atuendos exclusivos, pertenecientes a una línea de alta costura, y al mismo tiempo ofrecen piezas más asequibles realizadas a través de un modelo industrial que pretende llegar a las masas y trabaja con tallas y no a la medida.

Si bien los vestidos Mondrian fueron presentados como parte de una colección de alta costura, es muy probable que los mismos hayan contribuido con el origen de Rive Gauche tan solo un año después. Esto se debe a que dada la popularidad de las piezas, Saint Laurent creó y puso a la venta patrones de estas para que sus clientas, desde sus casas, pudiesen confeccionar sus propios vestidos. Esta es la razón por la que existe un exceso de versiones y copias no autorizadas de la prenda. La boutique, entonces, se postuló como una buena manera de hacer dinero, ya que si había gente en las calles convirtiendo los modelos no originales en un negocio, definitivamente se podrían obtener ganancias de piezas que no necesariamente pertenecieran a la alta costura pero que sí fuesen de diseñador. Esta decisión —bastante controversial y por ende, criticada en su momento— nos lleva a la democratización de la moda y a la industria tal cual la conocemos.

Parte de la colección de alta costura de 1965 de Yves Saint Laurent
Musée Yves Saint Laurent Paris

El historiador de arte Benno Tempel llamó “la madre de toda la mercancía de Mondrian que existe” a la serie de vestidos confeccionados por Saint Laurent. Son seis piezas fascinantes cuyo valor cultural las hace incluso más significativas. No hay absolutamente nada sobre estos vestidos que no sea capaz de generar una pasión desbordante en cualquier entusiasta de la moda. Se trata de prendas que acercaron un poco más esta profesión al arte, que se convirtieron en un signo de los tiempos modernos, que sirven como referente del minimalismo de la década de los sesenta y la preferencia de la juventud por este, y que transformaron la moda en eso que entendemos hoy como algo más que una forma de cubrir el cuerpo. Si los cuadros de Piet Mondrian ahora forman parte de nuestra memoria colectiva, es porque los diseños de Yves Saint Laurent ayudaron a sellarlos en nuestras mentes y merecen, también, ser recordados.

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