David Bowie, glam rock y la estética de un ícono inmortal
David Bowie

David Bowie, glam rock y la estética de un ícono inmortal

Hace exactamente una semana, el sexto disco de estudio de David Bowie cumplió 47 años de haber sido lanzado al mundo. Aladdin Sane fue el álbum que le permitió al cantante británico darse a conocer internacionalmente en 1973. Fue, también, el trabajo discográfico que en 2010 me llevó a conectar, de una vez por todas, con un ícono cultural que luego se convertiría en un ídolo formativo para mí. Cuando tenía 12 años, un rayo brillante, rojo y con detalles azules me sacudió y marcó un antes y un después en mi vida. El maquillaje que atravesaba el ojo derecho de David Bowie de la forma más extravagante y llamativa en la portada de Aladdin Sane fue mi primer acercamiento hacia la imagen de un hombre que no solo me cambió a mí, sino que se encargó de hacer lo mismo con la música, la cultura y, por supuesto, la moda.

David Bowie Alladin Sane
Portada de Aladdin Sane de David Bowie
RCA

Tras haber escuchado sus canciones en distintos soundtracks de películas durante mi infancia, la imagen —obra del fotógrafo Brian Duffy— finalmente me ayudaba a ponerle un rostro al sonido que tanto me intrigaba y fascinaba cuando era niña y que fallé en asociar con un nombre al no saber cómo hacer una búsqueda en internet de la manera más efectiva a pesar de mis numerosos intentos. Fue a los 12, sin embargo, que pude atribuirle canciones como Fame, Changes o Rebel, Rebel al hombre del mullet rojo y del gran rayo reluciente, al de la tez pálida y el aspecto alienígena, y eso fue gracias a Floria Sigismondi y su largometraje The Runaways (2010).

La cinta, un biopic de la banda femenina de rock The Runaways, ponía sobre la mesa la gran influencia —tanto musical como estética— de David Bowie, no solo para la agrupación sino para el resto del mundo. La película retrataba una realidad de la cual no podía escapar al estar ambientada a mediados de la década de los setenta: el cantante británico no solo era un ícono cultural, sino que también era la personificación de la época. En The Runaways, este no es un punto que se demuestre con timidez. Al contrario, en la cinta, el productor Kim Fowley (Michael Shannon) luce maquillajes que recuerdan a esos que caracterizaron al Bowie de las eras de Ziggy Stardust y Aladdin Sane. En otros momentos, se escucha Rebel, Rebel mientras los personajes bailan en un club nocturno o se ven imágenes de Bowie colgadas en las paredes de cuartos adolescentes. No obstante, y a pesar de que el impacto del artista es palpable en estos detalles, fue una escena incluso menos discreta la que se sintió como un punto de no retorno para mí.

Dakota Fanning como Cherie Currie
Dakota Fanning como Cherie Currie en The Runaways (2010)
Apparition

Justo antes de salir al escenario para presentarse en un concurso de talentos en su colegio, Cherie Currie (Dakota Fanning), una de las protagonistas del filme e integrante de la banda, toma unas tijeras y comienza a cortar su pelo para adoptar un aspecto más cercano al de una estrella de rock de la época. Acto seguido, toma un pincel para dibujar en su rostro ese símbolo que hoy en día todos conocen. Así, con prendas brillantes, plataformas y un enorme rayo rojo en su cara, Currie se presenta ante el resto de los estudiantes e interpreta Lady Grinning Soul, una de las canciones pertenecientes al sexto álbum de estudio de David Bowie. La escena, entonces, simboliza el final de Cherie Currie, la adolescente de pelo largo y ropa hippie, y el inicio de Cherie Currie, ícono del rock que, como otras figuras de su época, fue influenciada por Bowie.

Quizá la afirmación de que un disco, una canción, una película, una serie o, en este caso, una escena son capaces de cambiar vidas suene como una exageración para algunos. Pero la presentación de Currie, su nuevo aspecto, acompañado de una nueva actitud, su atuendo y, por supuesto, el rayo en su rostro cambiaron la mía. Cherie Currie se había transformado y también lo había hecho yo. Con 12 años, finalmente pude atribuirle las canciones que me gustaban a alguien, y no a cualquier persona, sino a David Bowie; descubrí un nuevo mundo en su música; forjé gustos que hoy en día son parte esencial de mi personalidad; y encontré una estética y un estilo que no había visto nunca antes, pero que parecía combinar y responder a todo aquello que me había llamado la atención desde que tenía uso de razón. Mi encuentro con Bowie se sintió, de alguna manera, como algo que tenía que pasar tarde o temprano y que me haría ser quien soy hoy.

Tilda Swinton luciendo un look inspirado en David Bowie
Tilda Swinton luciendo un look inspirado en David Bowie. Fotografía de Craig McDean para la edición de febrero 2003 de Vogue Italia
Vogue Italia

Algo similar fue lo que sintió Tilda Swinton a la misma edad y con el mismo disco. En el discurso que dio durante la cena de inauguración de la exposición David Bowie Is en el Museo Victoria and Albert en 2013, la actriz británica comentó que a los 12 años, llevaba con ella a todas partes una copia de Aladdin Sane. “La imagen de esta persona pelirroja, huesuda, rosada y pálida con la clavícula de mercurio líquido en la portada era, para una joven soñadora lunar, la imagen de un pariente planetario, de un primo cercano imaginario y un compañero por elección”, explicó Swinton, poniendo en palabras lo que millones hemos sentido gracias a Bowie. Luego, dirigiéndose al cantante, dijo: “Nos hiciste compañía a quienes no encajábamos, una compañía tan rara y excéntrica. Nos halaste, dejaste tu brazo colgando sobre nuestros cuellos y nos mantuviste calientes, como lo has hecho por siglos. Eras y eres uno de nosotros”.

Su música permitía visitar otras galaxias y conocer a personajes como Major Tom, Ziggy Stardust, Aladdin Sane, Halloween Jack o The Thin White Duke. Su imagen, con toda su extravagancia y singularidad, iba incluso más allá. No solo el sonido de David Bowie adquiría una nueva dimensión a través del uso de vestidos, bufandas, maquillajes brillantes, leotardos asimétricos o trajes monocromáticos por parte del cantante, sino que esto lo posicionaba a él como una figura disruptiva y fascinante que tenía la capacidad de ser como todos y como ninguno al mismo tiempo. Mediante su peculiar forma de expresión estética, Bowie podía hacer que la comunidad queer se viera reflejada en una de las más grandes estrellas que la industria musical verá jamás; que adolescentes conectaran con el mensaje que acarreaban sus prendas y proyectaran en ellas su visión del mundo; o que niñas de 12 años nos sintiéramos comprendidas y finalmente encontráramos un ídolo que respondía a todas nuestras necesidades creativas. Era “uno de nosotros”, como bien decía Swinton, pero no había nadie como él.

Kate Moss como David Bowie
Kate Moss como David Bowie en la portada de la edición de mayo 2003 de Vogue Reino Unido
Vogue Reino Unido

El culto que gira en torno a la figura de David Bowie no es solo producto de su talento natural para la música. Quizá este consiste, también, en una admiración profunda por la habilidad que tenía el cantante británico para reinventarse una y otra vez mediante un estilo único y hacer de su identidad un espectáculo. Como el Orlando de Virginia Woolf, Bowie vivió múltiples vidas a lo largo de una sola existencia que, a pesar de que no llegó a trascender los 69 años, ha acompañado y seguirá acompañando a distintas generaciones. Con el inicio de las eras inauguradas por el lanzamiento de cada uno de sus discos, surgían nuevos personajes encarnados por el cantante: duques, alienígenas, mimos y demás. Aunque estos alter ego no solían vivir más de un año, era el impacto que generaba David Bowie interpretándolos lo que los inmortalizaba y convertía en símbolos culturales capaces de mantenerse en el tiempo, permitiendo así que figuras como Aladdin Sane conectaran con una Tilda Swinton de 12 años en 1973 o conmigo en 2010. 

David Bowie, Ziggy Stardust y la explosión del glam rock

“Parece que los jóvenes de hoy le han dado un nuevo sentido a la llamada liberación sexual del flower-power. El pelo largo y los collares han dado paso al maquillaje brillante, los zapatos de plataforma y un gusto completamente nuevo por el glamour, la nostalgia y la pura extravagancia”. Esta reinterpretación de la que hablaba un reportero en Velvet Goldmine (1998), cinta seudobiográfica sobre David Bowie dirigida por Todd Haynes, llevaba el nombre de glam rock y fue un estilo que acaparó la escena musical y las calles de Londres a principios de la década de los setenta, y del cual Bowie pasó a ser uno de los líderes con el lanzamiento de su disco The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars en 1972.

Kate Moss como David Bowie en la portada de la edición diciembre 2011 de Vogue París
Kate Moss como David Bowie en la portada de la edición diciembre 2011 de Vogue París
Vogue París

Este movimiento cultural fue conocido por la atención que prestaban sus representantes a su aspecto, y por la androginia y la escandalosa actitud de los mismos, por lo que resulta lógico que David Bowie sea considerado uno de sus más grandes exponentes. Interpretando a Ziggy Stardust, personaje creado por el cantante y del cual se desligaba el nombre del álbum, el artista no conoció barreras que no se propusiera romper: les decía a los medios que era gay y que “siempre lo había sido”; simulaba darle sexo oral al guitarrista Mick Ronson en el escenario; pintaba sus uñas, sus párpados y el resto de su rostro; teñía su pelo de un rojo ardiente; depilaba sus cejas; y prefería los zapatos de tacón. “Ziggy vivía fuera de las normas de la sociedad terrenal: era hombre y mujer, homosexual y heterosexual, humano y extraterrestre, un eterno outsider que actuaba como un guía para cualquiera que se sintiera excluido del mundo que lo rodeaba”, explica Peter Doggett en su libro The Man Who Sold the World.

Esta conducta y esta manera de lucir eran respuestas a la etapa que atravesaba la escena musical en ese entonces, cuando los jóvenes sentían que no había voz que les hablara a ellos. “El glam rock […] llegó en un momento en que el pop pedía a gritos una nueva ola musical, un alboroto adolescente que le hiciera competencia a ese con el que habían sido bendecidos nuestros hermanos, hermanas y primos mayores en aquel movido mundo que ya no existía. El glam fue una reacción —explosiva, plástica, inevitable— tanto al pomposo rock ‘progresivo’ al que ahora esos hermanos mayores estaban esclavizados como al bubblegum pop banal con el que los adolescentes tuvieron que arreglárselas en la era de los jeans acampanados y los festivales gratuitos”, escribe Barney Hoskyns en Glam!: Bowie, Bolan and the Glitter Rock Revolution.

David Bowie durante la era de Ziggy Stardust
David Bowie durante la era de Ziggy Stardust, fotografiado por Masayoshi Sukita en 1973
Masayoshi Sukita

Esta exhibición de la identidad, tan evidente y provocativa, conectaba con las necesidades de una generación que cada vez más optaba por el individualismo tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, donde la inclinación hacia este estilo de vida llevó a Tom Wolfe a referirse a los años setenta como “la década del yo” en un ensayo que escribió para la New York Magazine en 1976. La revolución sexual, la segunda ola feminista, la experimentación con sustancias psicoactivas, el movimiento de liberación LGBTQ+, además de la espiritualidad de la nueva era y el auge de divorcios y relaciones poliamorosas que mencionaba Wolfe en su texto, dieron lugar a un nuevo modelo de pensamiento que favorecía la expresión individual por encima del colectivismo. 

No es sorpresa, entonces, que un movimiento como el glam rock, cuyos representantes se esforzaban en construir una imagen llamativa, exagerada y artificial de sí mismos, conectara con los jóvenes de la época, esos que se encontraban sedientos de extravagantes demostraciones de identidad y autenticidad, demostraciones que David Bowie era capaz de hacer. El cantante le dio a aquella generación justamente el espectáculo que pedía a gritos, uno que lo diferenciaba del resto porque tenía algo mucho más impactante y valioso que ofrecer: su personalidad. “Cambio todos los días. No soy estrafalario. Soy David Bowie”, diría el artista, dejando claro que la razón por la que resultaba atractivo para el público no era otra más que la expresión de su identidad a través de diferentes personajes y atuendos.

Vogue Australia para su edición de mayo 2003
Editorial de Vogue Australia para su edición de mayo 2003, inspirado en David Bowie
Vogue Australia

Para mí, [el glam rock] no se trataba tanto del glamour, sino de cambiar de identidad o de construir una propia. Si era glamoroso o no, realmente era algo accidental. 

Brian Eno, uno de los principales exponentes de este movimiento durante los años setenta. 

Los valores de la llamada “década del yo” abrieron la puerta a la creación de un estilo escandaloso, exagerado, caricaturesco y plástico que giraba en torno a la exhibición y la celebración de la singularidad. Su genialidad, afirmaba Barney Hoskyns, era la atención que se le prestaba al estrellato. Según el periodista musical, este era un género que decía: “Alardea si tienes lo que se necesita, y si no lo tienes, finge. Maquíllate, cúbrete la cara con polvo de estrellas, reinvéntate como un marciano andrógino”. Cualquiera podía ser famoso si simulaba serlo por suficiente tiempo, si se comportaba como un rockstar y, sobre todo, si se veía como uno. Era una época para vestir de forma provocativa, controversial, diferente; para expresar a los medios que simplemente ser David Bowie bastaba y sobraba.

David Bowie maquillándose como Ziggy Stardust
David Bowie maquillándose como Ziggy Stardust
Rex

“Me parece que soy alguien que puede disfrazarse de las diferentes personas que conoce. Siempre he pensado que colecciono, que soy coleccionista. Siempre he coleccionado personalidades e ideas”, comentó David Bowie durante una entrevista en 1973, cuando se encontraba en el auge de su fama recién descubierta y se volvía uno de los íconos más grandes del glam rock. Ese nuevo estatus del cual gozaba el cantante era resultado de su facilidad para explotar el potencial de cada aspecto de su personalidad, por más minúsculo que este fuese, y de su habilidad para asumir las características de otros y hacerlas suyas. Combinando ambos talentos, David Bowie se convirtió en un collage de referencias y guiños; el artista era en realidad la obra y esta se encontraba en eterna mutación y evolución.

Quizá el primer gran descubrimiento que hizo David Bowie en su papel de coleccionista fue en 1972, cuando el cantante asumió la identidad de Ziggy Stardust: un extraterrestre de género fluido que llegaba a la Tierra como un mensajero y se convertía en una estrella de rock cuyos fans y estilo de vida hedonista eventualmente llevaban a su destrucción. Por un lado, Ziggy satisfacía esa necesidad que tenía el glam rock de construir personajes a partir de lo nunca antes visto, y por otro, era exactamente la representación de esa capacidad que tenía Bowie para jugar con sus propias características, tomar las de otros y adaptarse a los tiempos en los que vivía.

Magdalena Frackowiak luciendo un maquillaje inspirado en David Bowie
Magdalena Frackowiak luciendo un maquillaje inspirado en David Bowie para la edición de octubre 2013 de Numéro Tokyo
Numéro Tokyo

De pronto su tez pálida y la dilatación permanente de su pupila favorecían la narrativa extraterrestre con la que el artista se presentaba ahora ante el mundo, la cual a su vez conectaba con una sociedad que cuatro años antes había encontrado preguntas existenciales en el filme de Stanley Kubrick, 2001: A Space Odyssey, y que en 1969 había sido testigo de un evento histórico que había llevado a millones de personas a sentarse en los sofás de sus salas para observar la llegada del primer hombre a la luna. Por otro lado, la androginia de sus rasgos físicos y la bisexualidad que anunciaba desvergonzadamente en los medios, además de su inclinación hacia las prendas femeninas, lo acercaban a los valores de una generación que poco a poco abría su mente a la aceptación. Asimismo, estaban el maquillaje y el anhelo por ser visto de Marc Bolan, la ferocidad de Iggy Pop, la perversión de Lou Reed y el camp de la escena drag de Nueva York; todas cualidades y actitudes que encontró en otras figuras y que podían potenciar esta nueva faceta de su carrera. No solo en 1972 Bowie probó la fama por primera vez, sino que fue entonces que demostró cuán efectiva podía ser su habilidad para archivar infinitas referencias.

David Bowie Coco Rocha
David Bowie durante la era de Ziggy Stardust / Coco Rocha en una fotografía inspirada en David Bowie
Masayoshi Sukita / Coco Rocha

Ziggy Stardust pasó a ser uno de los íconos más grandes de su tiempo y el personaje que le permitió a David Bowie dejar en el pasado el fracaso de los años anteriores. Encarnando a este alienígena superestrella, el cantante cumplía con todos los requisitos que tenían las nuevas generaciones para sentir que finalmente un estilo musical era suyo:

Brillo.

Check. 

Bisexualidad. 

Check. 

Cinismo.

Check.

Una escandalosa manifestación de la identidad. 

Check. 

Prendas que lo diferenciaban de todos a su alrededor. 

Check. 

El elemento espacial. 

Check. 

La narrativa de que estaba destinado a convertirse en una estrella de rock. 

Check. 

La diferencia entre el disco The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars y los proyectos anteriores de David Bowie era que el cantante ya no era un artista que luchaba por hacerse un nombre: ahora se vendía como un ser de otra galaxia cuyo destino era el estrellato. No tenía que esforzarse por ser famoso porque lo sería de todos modos.

Ellinore Erichsen luciendo un look inspirado en David Bowie
Ellinore Erichsen luciendo un look inspirado en David Bowie para la edición de mayo 2013 de Elle México
Elle México

Andy Warhol, David Bowie y el dandismo

Algunos de los elementos que fueron clave para la construcción de Ziggy Stardust habían estado presentes en la carrera de David Bowie desde años anteriores. Así como el cantante había jugado ya con la androginia al lucir un vestido en la portada de su álbum The Man Who Sold the World, de 1970, la narrativa espacial también había sido parte de Space Oddity, canción que pertenecía al disco epónimo que lanzó en 1969. Sin embargo, Bowie aún no encontraba la última pieza del rompecabezas que era Ziggy Stardust y no fue sino hasta su visita a Nueva York en 1971 que dio con ella. Esta tenía nombre y apellido, y en los sesenta ya había perfeccionado la técnica de construcción de identidades que luego sería fundamental para el glam rock. Se trataba de Andy Warhol, artista, director de cine y diseñador de moda que no fue ninguna de esas cosas sino hasta que decidió reinventarse.

El propio Warhol era una persona autogenerada que rechazó su estatus de inmigrante, su timidez y su tartamudeo para recrearse como un organizador de arte y acontecimientos moderno, extraño y vacío. 

Stuart Lenig en su libro The Twisted Tale of Glam Rock.
Bianca O'Brien luciendo un look inspirado en David Bowie
Bianca O’Brien luciendo un look inspirado en David Bowie para la edición de febrero 2013 de Amica
Amica

Esta figura a la cual David Bowie le había dedicado una canción en 1971 era también una que no solo creía que cualquiera podía ser famoso, sino que estaba convencida de que todos lo serían en algún punto de sus vidas, al menos por 15 minutos. Concibiéndose a sí mismo como alguien completamente distinto, el artista pasó a ser la prueba de su propia teoría y una de las personas más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Andrew Warhola era ahora Andy Warhol: exótico, misterioso y capaz de transformar a cualquiera en una superestrella. No solo había escrito el papel de una verdadera celebridad, sino que también había decidido interpretarlo, lo que lo llevó rápidamente a ver su existencia y la de los demás desde otra perspectiva, como afirmó luego de que Valerie Solanas intentara asesinarlo en 1968: “Antes de que me dispararan, sospechaba que en lugar de vivir, estaba viendo televisión. Ahora que me dispararon, estoy seguro”.

Haciendo tal reinvención de sí mismo, Andy Warhol inspiró a muchos otros a seguir su camino. Quienes conformaban su entouragedrag queens, actores, modelos, artistas, diseñadores, fotógrafos y demás— actuaban como celebridades en público porque ese era el rol que se habían propuesto interpretar hasta que la actuación dejara de ser una farsa. Todo el mundo podía ser el guionista de su propia vida, construir una identidad y encarnar un nuevo personaje; la fama no estaba fuera del alcance de nadie y el estrellato era ineludible para quienes fuesen lo suficientemente creativos. La vida, como diría David Bowie en su canción Life on Mars?, no era más que el show más extraño de todos.

David Bowie Paco Rabanne
David Bowie fotografiado por Steve Schapiro en 1974 / Lookbook de Paco Rabanne pre-fall 2018
Steve Schapiro / Paco Rabanne

Si el glam rock fue un movimiento que giraba en torno a la fabricación de personas —y alienígenas—, eso fue, en gran parte, gracias a Andy Warhol. Su influencia fue sumamente significativa para exponentes del género como David Bowie, quien no solo encontró la motivación que necesitaba para reinventarse en la figura del artista de pelo platinado, sino que fueron las llamadas superestrellas de este quienes se encargaron de enseñarle al cantante todo sobre la escena drag de Nueva York, lo cual lo llevó a adoptar un estilo particular y a depilar sus cejas. De pronto el entorno en el que se desenvolvía Warhol permitió que Bowie le diera aun más importancia al modo en que se presentaba ante el mundo a través de una estética, al papel que tiene la ropa en la fabricación de personajes e identidades. Después de todo, el líder de esta movida usaba pelucas blancas, era sumamente consciente de su aspecto y afirmaba ser una persona “profundamente superficial”.

La importancia que le daban a la apariencia les valió la reputación de dandis modernos a figuras como Andy Warhol y David Bowie, así como a otros representantes del glam rock. El dandi, decía Thomas Carlyle en The Dandiacal Body, es “un hombre que viste prendas, un hombre cuyo oficio y cuya existencia consisten en vestir prendas. Cada facultad de su alma, espíritu, bolsillo y persona está heroicamente consagrada a este único fin: el buen y sabio uso de la ropa, de modo que mientras los demás visten para vivir, él vive para vestir”. La autora Deborah Houk, por su lado, plantea que crear una nueva identidad a partir de una serie de actitudes y una especial atención a la ropa es una especie de juego para el dandi, y fue precisamente en esa dinámica que los exponentes del glam rock encontraron una manera de cumplir su objetivo.

David Bowie retratado por Masayoshi Sukita en 1977
David Bowie retratado por Masayoshi Sukita en 1977 / Lookbook de Undercover otoño-invierno 2015 menswear
Masayoshi Sukita / Undercover

El movimiento celebraba la decadencia y, a diferencia del hippismo que lo precedió, no buscaba cambiar el mundo, sino escapar de él. Esta fragmentación de la identidad que se valía de la indumentaria y la estética como herramientas, entonces, parecía ser un método para hacerlo, “creando una rica y escandalosa teatralidad que se desvió emocionantemente hacia el territorio del arte escénico”, como explica Mark Elliott en su artículo Children Of The Revolution: How Glam Rock Changed The World. El dandismo, adoptado también por el escritor Oscar Wilde —a quien Todd Haynes llama la primera estrella de rock en su película Velvet Goldmine (1998)—, pasaría a ser fundamental para los representantes de este movimiento. El aspecto importaba y la moda era un puente hacia otras realidades, una vía de escape.

El legado de David Bowie en la moda

Como una suerte de dandi moderno, David Bowie le concedió un espacio significativo a la moda en su carrera, valiéndose de ella para reinventarse en cada era y con cada disco. Los leotardos asimétricos, los zapatos de plataforma y los coloridos trajes de dos piezas de Ziggy Stardust se transformaron en overoles, bufandas y parches para los ojos cuando el cantante se convirtió en Halloween Jack con el lanzamiento de su álbum Diamond Dogs. Luego, con la llegada de The Thin White Duke, protagonista del disco Station to Station, Bowie optó por la sobriedad de las blusas blancas de botones, los chalecos negros y los pantalones de pinza. La ropa representaba posibilidades infinitas para un hombre que se encontraba siempre en la búsqueda de un nuevo alter ego.

Balmain otoño-invierno 2011
David Bowie como Ziggy Stardust en 1973 / Balmain otoño-invierno 2011
Rex Features / Monica Feudi

Abrió las grandes puertas a nuestro futuro y despertó en nosotros esa creatividad que resulta vital incluso hasta el día de hoy.

El diseñador Dries Van Noten sobre David Bowie.

Su relación con la moda resultó no ser unidireccional, pues los diseñadores encontraron en David Bowie una fuente inagotable de inspiración que los ha llevado, bajo sus propios códigos estéticos, a recrear algunos de los atuendos más icónicos del cantante y a referenciar directamente momentos emblemáticos de su carrera. Sea porque las modelos de Dries Van Noten desfilan al ritmo de Heroes llevando puestas piezas que evocan el estilo de Bowie, porque las de Balmain hacen lo mismo mientras Lady Grinning Soul suena en el fondo o porque un modelo luce las prendas de Undercover recurriendo a las poses más icónicas del artista, David Bowie está en todas partes. No existe forma de escapar de su legado cultural y musical, pero tampoco del estético.

La frecuencia con la que David Bowie se reinventaba jugó un papel importante en la tendencia de los diseñadores a asumir la misma actitud camaleónica temporada tras temporada como si de discos del británico las colecciones se trataran. De pronto la forma en que Bowie exploraba diferentes facetas de sí mismo en cada era sin que su esencia se perdiera entre tan contrastantes personajes sirvió de lección para los creativos que hacen oficio en una industria que constantemente está en la búsqueda de nuevas formas de expresión de la identidad. El cantante demostró cuán valioso es redefinirse en cada etapa para combatir la monotonía, acto que diferentes marcas y casas de moda han adoptado como principio y que resulta palpable cada seis meses en las pasarelas alrededor del mundo.

Jean Paul Gaultier primavera-verano 2013
Jean Paul Gaultier primavera-verano 2013 / David Bowie en 1973
Yannis Vlamos / Mick Rock

Una escena de Orlando (1992) en la que el personaje principal entra a un laberinto vistiendo un traje del siglo XVIII y sale de él con un vestido de mediados del siglo XIX fue la responsable de inspirar el tema de la Met Gala 2020, el evento más importante de la industria de la moda, demostrando que la atracción hacia este tipo de transformaciones es una reacción inevitable y natural para quienes hacen oficio en este mundo. David Bowie, el hombre que había encontrado en la indumentaria una poderosa herramienta de transformación y que, en 1980, lanzó una canción titulada Fashion, entraba, con el inicio de cada era de su carrera, en un laberinto como ese en el que se sumergía Lady Orlando en la cinta de Sally Potter, razón por la que los diseñadores encontraron en él una musa que los invita a crear, a reinventarse, a evolucionar. 

En 2019, y también bajo el pretexto de la Met Gala, la moda decidió celebrar la estética camp, esa que gira en torno a la artificialidad, la extravagancia y la ironía, principios que no solo conectan con la naturaleza de la cultura visual del glam rock, sino también con la androginia que se convirtió en sello del movimiento y de la carrera de David Bowie, quien jugando con su aspecto y coqueteando con las prendas femeninas, ayudó a sentar las bases de la ropa sin género que ahora es emblema de nuestros tiempos. “Lo andrógino es ciertamente una de las mejores imágenes de la sensibilidad camp”, escribía Susan Sontag en el ensayo que inspiraría el tema del evento organizado por el Instituto del Vestido del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. En él, distintas personalidades visibilizaron el legado del cantante al desafiar los roles de género o lucir maquillajes inspirados en él, consolidando la influencia de David Bowie en una industria que no puede sino sentirse atraída hacia aquellos temas que resultan cruciales en la carrera del británico.

David Bowie Givenchy
David Bowie en 1973 / Givenchy primavera-verano 2010 / Gucci primavera-verano 2019
Gtresonline / Monica Feudi / Yannis Vlamos

El cantante le dio un nuevo significado a la ropa, a la moda. Su legado invita a pensar sin restricciones, a construir identidades sin límites, a ser quien se quiera ser, a archivar referencias, a crear y a expresarse libremente, sea recurriendo a la extravagancia de un ser de otro planeta o a la austeridad y la opulencia de un duque. David Bowie, magnético, interesante y capaz de hacer de cada una de sus versiones una suerte de zeitgeist, fue y seguirá siendo el ídolo de millones porque a pesar de haberse transformado una y otra vez, de haber cambiado de estilo tan pronto como alguna de sus facetas comenzaba a resultar familiar y de haber adoptado nuevos nombres y actitudes en cada era, son sus enseñanzas las que no pasan de moda.

Es difícil hablar sobre David Bowie sin hacerlo sobre muchas otras cosas más. Su imagen era un collage que nunca se daba por terminado y que con cada nuevo libro que leía, cada canción que escuchaba, cada largometraje que veía y cada obra que admiraba el cantante, adquiría una nueva capa. Resulta complicado, también, expresarse sobre el británico sin hablar un poco sobre uno mismo, sin contar cómo a los 12 años llevábamos una copia de Aladdin Sane con nosotros a cualquier lugar al que íbamos o cómo pasamos años de nuestra infancia tratando de dar con el nombre del cantante cuya voz escuchamos alguna vez en las películas. Bowie era una gran estrella, gigante, pero nunca fue inaccesible, nunca fue distante. Era, en cambio, un mentor, un ídolo, una parte de nosotros.

David Bowie en 1978
David Bowie en 1978 / Dries Van Noten otoño-invierno 2011 menswear
Getty Images / Yannis Vlamos

Puede que el glam rock se haya desvanecido poco tiempo después de su surgimiento y puede que la mayoría de sus exponentes hoy en día no sean más que leyendas musicales que han abandonado este mundo o viven en silencio, pero el caso de David Bowie es diferente y bastante peculiar. Su imagen y todo aquello que la rodea —los artistas de pelucas platinadas, las drag queens de cejas depiladas, las arañas de Marte, el tinte de pelo rojo, la pupila dilatada y los grandes rayos coloridos— representan algo que no tiene fecha de caducidad: su identidad, esa que siempre estuvo ahí, expuesta, a pesar de los brillos y las extravagancias que habrían opacado a cualquiera. Pero no a David Bowie. Él nunca fue cualquiera.

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