Usar maquillaje no es un crimen

Amo usar maquillaje, ¿qué hay de malo con eso?

Supongamos que es un día de semana, donde más son las responsabilidades y diligencias que las rumbas clandestinas y los desfiles de alcohol que suelen protagonizar los fines de semana de cualquier veinteañero. A la mayoría de las mujeres les gusta ahorrar sus mejores looks para utilizarlos solo de viernes a domingo, algunas incluso a partir de los juernes. Yo no. Por mi parte manifiesto mi amor por el maquillaje de lunes a domingo.

No me malinterpreten, no soy una pobre imitadora de las muñecas Barbie o de lo más parecido a una, de Kylie Jenner. De hecho, no soy fan del uso de base ni de las sombras muy llamativas. Pero no veo ninguna razón por la cual no pueda usar rímel y pintura de boca hasta para la diligencia más insignificante. Que yo sepa las fanáticas de la moda nude aún no han contratado a un policía.

Pero hay muchos por ahí que quieren aplicar para el trabajo. Me ha pasado que voy a la universidad con el mismo aspecto al que iría a una salida al cine, y las miradas de reojo son de lo más frecuentes. Como si fuera un alien invadiendo territorio humano. ¿A quién se le ocurre ponerse rímel, labial y colorete a una clase a las 7 de la mañana? Hola, mucho gusto, a mí.

Adivinaré lo que algunos deben pensar sobre mí. “Seguro no le gusta cómo se ve sin maquillaje”, “es insegura”, o “probablemente se maquilla para un tipo”.

Primero que todo, quiero aclarar que no hay mucha diferencia entre la yo sin maquillaje y con maquillaje, es un cuestión de color y retoque, no de cirugía plástica (también aplica a los que quieren obligar a alguien más a usar maquillaje). Segundo, he aprendido a amar mi aspecto, es el único que tengo y tengo muchas razones para ser agradecida (excepto por la parte de ser ciega AF, pero ese ya es otro tema). Y por último, ¿por qué habría de utilizar mi precioso labial color Brownie de Palladio por un niño que no distingue la diferencia entre rojo y fucsia?

Me maquillo para mi propio deleite, porque disfruto de la libertad de decidir mi retrato circunstancial con la misma destreza o ingenio de cualquier pintor. Porque me siento la protagonista de una canción de los Amigos Invisibles. Porque me siento realizada al ver mi reflejo en las vidrieras de las tiendas mientras paso al frente de ellas. Porque cada quien adora y decora su cuerpo como le place y está en todo mi derecho y deber cuidarlo a mi gusto.

Hay quienes se esmeran en escoger un buen outfit cada vez que tengan que cruzar el umbral de su hogar, hay quienes cambian de color de melena cada mes, hay quienes se hacen un tatuaje cada dos semanas, y ciertamente hay personas que hacen ejercicio religiosamente todas las mañanas. ¿Qué los motiva? Nada del otro mundo.

No intentamos escondernos detrás de una máscara como otros pueden manifestar, lo que intentamos es exaltar nuestra personalidad al nivel que más nos complazca espiritualmente. Es una terca declaración de nuestra esencia, de exponer el arte, la belleza y la salud de las personas cool que sabemos que somos. Así de simple.

¿Inseguridad? Lo único de lo que no estoy segura es de si usar mi rímel Colossal de Maybelline o la Ultra-Volume de Revlon.

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