‘2001: A Space Odyssey’ como símbolo de la cultura en la moda

Hay una razón por la que se sigue haciendo referencia a la obra de Stanley Kubrick

En la década de los sesenta, sobre sets giratorios y con Así habló Zaratustra de fondo, Stanley Kubrick hacía historia. El impacto casi inmediato que causó 2001: A Space Odyssey luego de su estreno no solo hizo que la película se convirtiese en la columna vertebral de entusiastas del cine alrededor del mundo sino que la catapultó como un ícono de la cultura americana y de la época.

Tras el asesinato de John F. Kennedy en 1963, en Estados Unidos empezó a evidenciarse el movimiento contracultural que definiría los siguientes años del mundo occidental. En un contexto que incluye la segunda ola del feminismo, la revolución sexual, la invasión británica, el movimiento por los derechos civiles y la guerra de Vietnam, los jóvenes de la época se rebelaban contra el sistema. “Tanto los hombres como las mujeres mostraban rechazo por la generación de sus padres al adoptar las características del sexo opuesto. Las chicas vestían jeans y camisas, y los chicos usaban flores y llevaban el pelo largo”, explica Karina Longworth en su podcast You Must Remember This.

La vestimenta no fue la única vía de escape. En las drogas las personas encontraron otra manera de alzarse contra lo establecido y la experimentación con psicoactivos acabó siendo un elemento que caracterizaría a la contracultura de los sesenta. Aquella juventud que rechazaba el ideal del sueño americano decidió vivir en comunas, aislarse de la sociedad y consumir este tipo de sustancias, todo con el fin de elevar su consciencia y estar por encima del sistema.

Los sesenta fueron un período de expansión cuyos antecedentes se remontan al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando la economía de Estados Unidos mejoró considerablemente y el consumismo se volvió el estilo de vida americano por excelencia. Mientras que la llamada generación silenciosa disfrutó de estos lujos, sus hijos, los baby boomers, les dieron la espalda a las costumbres de sus padres, como menciona Karina Longworth. Al crecer, aquellos nacidos entre 1946 y 1965 optaron no por el sueño americano que los invitaba a comprarse una casa y un carro, sino por la expansión espiritual.

Luego de que salieran las primeras fotos de la superficie de la Tierra en 1946, el planeta contra la oscuridad del espacio pudo verse por primera vez en 1948
Johns Hopkins Applied Physics Laboratory

No limitándose al plano espiritual, la expansión de los años sesenta también fue astronómica. Tal y como el consumismo posguerra fue la semilla de lo que luego se convertiría en un movimiento contracultural, en 1946 las primeras fotos de la Tierra sembraron en la humanidad una curiosidad cada vez más grande por el universo. “El impulso en la exploración del espacio exterior estuvo acompañado de un aumento paralelo en la exploración del espacio psíquico o interno”, escribió Ralph Metzner en Consciousness Expansion and Counterculture in the 1960s and Beyond.

Mientras que el sueño americano era individualista —como lo había descrito William Herberg en Protestant, Catholic, Jew: An Essay in American Religious Sociology—, haber visto el lugar que ocupamos en el espacio exterior hizo sentir a las personas parte de un colectivo desconocido. Este sentimiento se intensificó en los años siguientes, tanto que una etapa de la historia recibiría su nombre en honor a él: la era espacial, época que inició en 1957 con el lanzamiento de Sputnik I por la Unión Soviética y alcanzó su auge con el programa Apolo en la década de los sesenta.

2001 tocó todos los rincones de las interrogantes de la década. Celebraba la maravilla de la ciencia al sugerir las posibilidades parricidas de su progenie. Pero también, en línea con el subjetivo lado visionario de los años sesenta, hizo del universo no solo un país de las maravillas astronómico sino también espiritual; una infinidad no solo de alucinante belleza, potencia y distancias, sino también de posibilidades transformadoras para nosotros, sus hijos, y ni siquiera la muerte limitó su poder. El sueño de los años sesenta de la verdadera transformación humana permanece vivo en esta película de fin de década, pero ahora […] requerirá de algún movimiento fuera de los círculos del espacio y el tiempo ordinarios, seguido del regreso de un niño sabio; todo esto efectivamente lo lleva al reino del mito eterno.

Robert S. Ellwood
2001: A Space Odyssey
Metro-Goldwyn-Mayer

2001: A Space Odyssey resonó con los espectadores precisamente porque alimentaba dos de los grandes intereses que definieron la cultura de la década. La carrera espacial había transformado la exploración del universo en una necesidad para las personas y el filme de 1968 significó un satisfactorio acercamiento a la ciencia y la tecnología. Tan solo meses después de su estreno, se daría a conocer Salida de la Tierra —una fotografía tomada por el astronauta William Anders en la que se ve el planeta desde la órbita de la Luna— y en 1969, Neil Armstrong sería el primer hombre en pisar la Luna. Haber precedido estos eventos hizo de 2001: A Space Odyssey un experimento innovador y ambicioso que salió extremadamente bien.

No complaciendo solo el afán del mundo por explorar nuestra galaxia y las otras formas de vida que muy probablemente hay en ella, la cinta también saciaba el anhelo de las personas por “la verdadera transformación humana”, como plantea Robert S. Ellwood en The Sixties Spiritual Awakening. El consumo de psicoactivos había generado en la sociedad una elevación de la consciencia, a la cual 2001: A Space Odyssey parecía hacer referencia según múltiples interpretaciones. Para algunos, el final de la película tiene que ver con el renacer del hombre; para otros, con la próxima etapa de la evolución humana. Si bien la obra de Stanley Kubrick se desarrolla en un contexto de astronautas, naves espaciales e inteligencia artificial, esta invitaba también a la expansión del “espacio psíquico o interno”, como lo pone Ralph Metzner.

Al adoptar tan relevantes características de la época, 2001: A Space Odyssey se convirtió en un ícono cultural casi de manera inmediata. Su impacto e influencia pudo verse en las cartas que recibió Kubrick en las que los espectadores le comentaban cómo el largometraje había cambiado sus vidas, puede observarse en las pantallas de cine hoy en día y puede apreciarse, también, en la industria de la moda.

Azafata en 2001: A Space Odyssey
Archivo Stanley Kubrick en la Universidad de las Artes de Londres

Debido a su forma sutil de evocar un aspecto futurista, el vestuario —diseñado por Hardy Amies, el modista de la reina Isabel II desde 1952 hasta 1989— es uno de los puntos más fuertes de la película. A pesar de que la vestimenta de los personajes resultara lo suficientemente llamativa para ser digna de alabanza —tomemos como ejemplo a las azafatas usando uniformes color rosa chicle y a David Bowman vistiendo un traje espacial rojo—, esta no acapara toda la atención del espectador ni le resta importancia a la trama.

El problema es encontrar algo que se vea diferente y que pueda reflejar nuevos desarrollos en telas, pero que no distraiga la atención.

Stanley Kubrick

Crear un vestuario capaz de desconcentrar a la audiencia no era lo único que debía evitarse a toda costa. El objetivo que Kubrick tenía en mente era lograr que la ropa de la película, sin importar el transcurso de los años, se viera moderna siempre. Irónicamente, para conseguirlo, Hardy Amies decidió no alejarse mucho de las tendencias de la época. Según él, luego de hacer una meticulosa investigación previa a la realización del vestuario del filme, se dio cuenta de que la moda realmente no había pasado por ningún cambio demasiado drástico en los años anteriores, por lo que llevó esta visión a la gran pantalla: “Nos enfrentábamos a un período de treinta y tres años en el futuro. Para tratar de obtener una perspectiva sobre esto, observé qué había sucedido en el mundo de la moda en los treinta y tres años anteriores. Para mi sorpresa, me di cuenta de que había cambiado menos de lo que había imaginado inicialmente. No pensé, por lo tanto, que la ropa en el año 2001 sería dramáticamente futurista”.

Kubrick, quien durante la producción de este largometraje se caracterizó por un intenso deseo de apegarse a la realidad en una era en la que los avances tecnológicos lo convertían en una tarea difícil, aceptó la propuesta de Amies. Basándose, entonces, en las tendencias populares de la época, el modista encontró inspiración en el trabajo de diseñadores como Pierre Cardin y André Courrèges, pues ambos eran conocidos en la década de los sesenta por aterrizar la era espacial en la moda a través de trajes futuristas de colores sólidos y cortes cuadrados, características que pueden apreciarse en 2001: A Space Odyssey.

Guy Laroche otoño-invierno 1971
Getty Images

La fascinación de las personas por esta etapa de la historia y posteriormente por la película hizo que el estilo se popularizara y se usara como referencia en productos audiovisuales, en la pasarela y en editoriales de revistas. Así como el color de los trajes que se encuentran en la estación espacial y que usan los astronautas en el filme van desde el rojo y el amarillo hasta el verde y el azul, luego del estreno de la cinta se hizo evidente la aceptación del uso de estas tonalidades sólidas en un contexto galáctico o futurista. Esto pudo verse, por ejemplo, en la colección otoño-invierno 1971 de Guy Laroche, conformada por coloridos trajes de aspecto moderno y líneas rectas acompañados de sombreros y lentes cuyo estilo se asemejaba al espacial.

Austin Mutti-Mewes, curador del Archivo Hardy Amies, expresó que el vestuarista del largometraje tuvo una gran influencia en el look general del filme: “Particularmente con todo el rojo. Hardy siempre dijo que el rojo era el más masculino de los colores”. El rojo, a su vez, por ser el color del traje del astronauta David Bowman, protagonista de la cinta, trascendió las dos horas y 44 minutos de duración de 2001: A Space Odyssey y se convirtió en uno de los colores espaciales por excelencia en los siguientes años.

Publicidad en la edición de agosto de 1968 de Seventeen Magazine
Dave Addey

Tan solo unos meses después del estreno de la película, en agosto de 1968, en las páginas de Seventeen Magazine apareció una publicidad que promocionaba nuevas prendas hechas con “la tela del futuro”. En la campaña, que hacía referencia directa a 2001: A Space Odyssey, aparecían cuatro modelos flotando en el espacio vistiendo atuendos rojos cuyas siluetas compartían ciertas características con la ropa diseñada por Amies.

Más adelante, el uso del color rojo en este tipo de contextos pudo apreciarse en la ropa de Robin Williams en la serie Mork & Mindy (1978-1982), donde el actor interpreta a un extraterrestre. Si la obra de Stanley Kubrick realmente sentó las bases de estos códigos del lenguaje visual, ¿por qué no habríamos de pensar, por ejemplo, que el famoso traje de látex que usa Britney Spears en el video de Oops!… I Did It Again, ambientado en Marte, es rojo porque 2001: A Space Odyssey hizo posible la asociación de este color con el espacio exterior?

Robin Williams en Mork & Mindy
ABC

Como la historia y el final de la película, la moda creada por Hardy Amies está lejos de tener una sola manera de ser interpretada y traducida. La inspiración que Jun Takahashi, director creativo de Undercover, encontró en 2001: A Space Odyssey no solo tomó la forma de ropa futurista o trajes espaciales de colores sólidos y vibrantes como en los casos anteriores, sino que fue procesada y transformada en chaquetas, guantes, suéteres, bolsos, gorras y abrigos apropiados para la época actual.

Takahashi, quien ha demostrado ser un aficionado del cine occidental a través de sus creaciones al referenciar cintas como The Shining (1980) y Suspiria (2018), dedicó su colección de menswear otoño-invierno 2018 al icónico filme de 1968. “Computer Malfunction” y “Human Error” eran algunas de las frases que podían leerse en las prendas que presentó el fundador de Undercover, aludiendo a los mensajes e intervenciones de HAL 9000, una forma de inteligencia artificial, en la película.

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Mensaje de HAL 9000 en 2001: A Space Odyssey
Giphy

Asimismo, los bolsos que llevaban los modelos tomaron prestado el aspecto del lente Nikon que Kubrick usó para construir a HAL 9000 y otras piezas pertenecientes a la colección tenían fotos de los personajes y los famosos monolitos de 2001: A Space Odyssey impresas sobre ellas. Sin embargo, el cierre del desfile probablemente fue lo más significativo de la presentación, pues, como la cinta, buscó hilar la expansión del espacio exterior con la del espacio interior.

Undercover menswear otoño-invierno 2018
Alessandro Garofalo / Indigital.tv

Los últimos minutos de la presentación de la colección de menswear otoño-invierno 2018 de Undercover parecieron capturar la esencia de 2001: A Space Odyssey. Cinco modelos cuyos trajes se asemejaban a los de un astronauta marcharon por la pasarela antes de que tras ellos caminara una larga fila de hombres descalzos, con el torso descubierto y vistiendo faldas blancas que rozaban el suelo. Basar el cierre de un desfile en una película cuyo final llama a la libre interpretación —“Haz de él lo que quieras”, dijo Kubrick en algún momento— inherentemente hace que este sea igual de ambiguo. Sin embargo, independientemente de que las distintas lecturas de la obra de Kubrick sean acertadas o no, este pequeño performance al finalizar el show parecía evocar una especie de renacimiento o evolución.

Si bien la colección hace uso de imágenes sacadas de la cinta y el desfile podía interpretarse como un acto que buscaba llevar el mensaje del largometraje a la pasarela, lo que lograron Kubrick y Amies con 2001: A Space Odyssey es una hazaña que no muchos pueden recrear. El director, conocido por ser sumamente perfeccionista, cuidó cada detalle para que el resultado fuese lo más realista y acertado posible, y supo integrar el contexto social de la década de los sesenta a su obra, convirtiéndola tanto en una ventana al futuro como en un retrato fiel del presente.

Undercover menswear otoño-invierno 2018
Alessandro Garofalo / Indigital.tv

Por otro lado, Hardy Amies vio en 2001: A Space Odyssey una oportunidad para divertirse demostrando su versatilidad y talento, algo que vestir a la reina, quien no estaba particularmente interesada en la moda, no le permitía hacer. Como Kubrick, el vestuarista era también un perfeccionista: “Si te dedicas a lo que hacemos nosotros, tienes que ser perfeccionista. Y no solo eso, esperas que todos los demás también lo sean […]. Kubrick, Hardy y yo éramos así. Los perfeccionistas somos personas que vuelven locas a otras personas… de una manera agradable”, comentó Frederick Fox, encargado de diseñar los sombreros de la película, en el documental Hardy Amies – When Fashion And Future Collide.

Uniendo sus talentos, Kubrick y Amies crearon lo que algunos llaman el “nacimiento del cine”. Así como el nombre del director jamás dejará de ser asociado con el filme, lo mismo debería hacerse con el del diseñador de vestuario. Esa apariencia moderna de 2001: A Space Odyssey que cincuenta años después sigue dando de qué hablar se le atribuye, también, a Hardy Amies, ya que como dice Adrienne Munich en el libro Fashion in Film, “el arte del vestuario es un aspecto esencial de la película. Los diseñadores trabajan en el centro de la creación del look general de esta”.

La certeza de esta premisa es particularmente notable en la cinta de 1968, en la cual Kubrick y Amies llevaron su trabajo al siguiente nivel: “No se trata solo de un diseñador de vestuario haciendo algo para una película: juntos crearon una era entera, de una manera que se sintió muy auténtica”, explica Adrienne Groen, curadora asistente de Stanley Kubrick: la exhibición, una exposición en el Museo del Diseño en Londres.

La moda adopta símbolos culturales todos los días, pero no siempre se trata de uno de tanto valor como lo es 2001: A Space Odyssey, un “mito eterno” que no solo trascendió las barreras del tiempo y el espacio en la pantalla sino fuera de ella también, colándose en películas, series, videos de música pop y pasarelas. Si el renacimiento de la raza humana realmente es el próximo paso en nuestra evolución, solo nos queda esperar llevarnos esta obra maestra con nosotros para que, como David Bowie, podamos afirmar que aunque no conozcamos el lugar hacia el cual vamos, sabemos que este no será aburrido.

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